Hace 33 años nació en San Rafael nuestra amada Congregación, la Familia Religiosa del Verbo Encarnado, aquella que hace que seamos quienes somos, que cumplamos la voluntad de Dios en nuestras vidas.

Después de muchas treintenas a San José, ventas de rifas, habiendo recibido ayuda de nuestros bienhechores y oraciones de toda la Provincia de las SSVM en Brasil, hemos podido realizar el sueño de toda Servidora, conocer la cuna de nuestra Congregación, el lugar donde nacimos, de donde – como una minúscula gota de agua en el océano – florecieran en los cinco continentes misioneros para la Santa Iglesia, que cumplen el mandato de Cristo: “Id por el mundo entero, predicad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15).

El 26 de abril salimos desde Brasil hacia Argentina, más específicamente hacia la pequeña ciudad de San Rafael. San Rafael… hermosa en paisajes, los cuales nos ayudaron a contemplar la belleza del Criador, las maravillas que Él hace por nosotros y también ver que realmente, como dice la canción: “derrama Dios en sus aires su pincel de enamorado…”.

Fueron días de inmenso gozo, donde pudimos experimentar un verdadero clima de familia, ese espíritu de alegría y caridad que nos debe destacar, buscando vivir como los primeros cristianos, para que la gente, al mirarnos, pueda decir: “¡mirad cómo se aman y son capaces de morir los unos por los otros!”. Hemos tenido la gracia de convivir, en San Rafael, con hermanas de otros dos estudiantados de nuestro Instituto: Argentina y Perú, ya que justo en esta época también las peruanas estaban pasando algunos días allí. Culturas distintas, pero todas unidas en el mismo carisma e intentando unirnos también en las canciones, bailes e idiomas, lo que fue causa de mucha risa y de alegría, que, como dice Chesterton, “es el secreto gigantesco del cristiano”. Motivo de grande gozo fue el poder celebrar juntas los 25 años de nuestro primer Estudiantado y pedir por intercesión de Santa Catalina de Siena, la gracia de ser llamas que ardan en el deseo de consumirse en el anuncio del Evangelio y la práctica de la caridad.

“Deseamos vivir en un estado que imita más de cerca y representa perpetuamente en la Iglesia aquella forma de vida que el Hijo de Dios escogió al venir al mundo”[1]. En este espíritu hemos sido fundadas como Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, y en esta peregrinación hemos tenido la gracia de conocer a las primeras de nuestras hermanas que fueran fieles al Espíritu Santo, respondiendo a nuestro carisma, entre ellas la M. Itatí, la M. Carrodilla, la Hna. Pompeya y la Hna. Nazarena. Ellas nos han contado muchas cosas de los inicios: la elección del nombre del Instituto, las reuniones, el cambio de nombre, así como la rama contemplativa, con las primeras hermanas que como “huerto cerrado” se entregaran a Dios con distintas intenciones de oración, pero unidas en la prolongación del Verbo. Escuchar todo esto ha sido una grande gracia, ya que cuanto más conocemos, más podemos amar.

También hemos conocido la ciudad de la caridad, y aprendimos muchas cosas, de las cuales nos gustaría destacar:

  • En los hogares de misericordia, que los discapacitados son los pararrayos de la ira divina, que Dios confía a nuestros cuidados para ayudarnos en nuestra santificación;
  • En los hogares de niños y adolescentes, la maternidad espiritual, que nos enseña que debemos ser como María, dejar obrar en nosotras el Espíritu Santo;
  • En los hospitales, a ver a Cristo sufriente en cada enfermo, y a enseñarles a unir sus sufrimientos al del Señor en su Pasión;
  • En los colegios: a seguir a Cristo siendo formadoras y maestras de la Verdad, que es el mismo Verbo.

Es un gran ejemplo ver a estas religiosas, nuestras hermanas, que como nosotras pronunciaron la promesa a Cristo de nunca ser esquivas a la aventura misionera. Realmente, como dice el P. Buela, para un misionero lo único necesario es un sagrario donde esté Jesús Eucarístico y la imagen de la Virgen, todo lo demás viene por añadidura.

Otra gracia que hemos tenido fue conocer las reducciones jesuíticas de San Ignacio Miní, obra de los misioneros que nos precedieran, religiosos que, deseosos de inculturar el Evangelio, con espíritu de obediencia y sacrificio dieron su sangre por la misión. En estos significativos lugares alimentamos nuestro espíritu al ver las ruinas, testigos de almas magnánimas, que supieron construir verdaderos edificios espirituales.

Hemos conocido también otra gigantesca obra, pero no construida por manos humanas, sino por las del mismo Criador: las Cataratas del Iguazú. El contacto con la belleza de la naturaleza nos brindó la oportunidad de formar nuestras almas en la contemplación de lo bello y principalmente de Aquél que es el autor de toda Belleza.

Visitamos también, en San Luis, el Cristo de la Quebrada, donde pedimos por nuestra fidelidad al carisma.

La gracia de las gracias, sin embargo, es la que podemos recibir diariamente en Argentina, Brasil o en cualquier sitio de nuestras misiones: la Santa Misa, el primer elemento no-negociable de nuestro carisma. Jesús en la Eucaristía es la certeza de que no estamos solos en nuestro camino.

Hemos podido agradecer la presencia de Jesucristo en nuestros altares, en el sacramento de la penitencia y en todas las gracias interiores. Principalmente junto a nuestra Madre de Luján en su Santuario. Estar en su casa ha sido el más grande de los regalos: poder estar allí a sus pies, agradeciendo por todos los beneficios recibidos, por todo lo que somos y por pertenecer a su amada Congregación, y también pedir la gracia de ser eternamente suyas, pudiendo decir “ayer, hoy y siempre: totus tuus, Maria”.

Muchísimas gracias a todas las hermanas que nos han recibido con tanta caridad, a todos los sacerdotes y a todos los que nos ayudaron espiritual y materialmente para poder realizar este hermoso viaje. Dios ha puesto muchos ángeles en nuestro camino, y a cada uno de ellos encomendamos al Señor en nuestras oraciones.

Marcelo Morsella decía que, por ser los primeros miembros de la Congregación, tenemos que ser santos. Que esto nos anime en el camino de la santidad y digamos juntos: Ave María y adelante, ¡siempre adelante!

Hna. Maria Glória da Igreja

Estudiantado Santa Gemma Galgani, Brasil

[1] Const. 2, citando la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, 44.

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