Acilia, Roma, Lunes 21 de abril, 2014

JP IIQueridos Hermanos en el Verbo Encarnado,

Con ocasión de la canonización de Juan Pablo II, Padre y Patrono de nuestra Familia Religiosa, me ha parecido bien enviarles esta circular para resaltar un aspecto esencial de su santidad en el cual él debe ser un modelo para cada uno de nuestros religiosos: la perfecta armonía entre la acción y la contemplación, en la que la contemplación ocupaba el primer lugar.

Durante el curso de su mandato, el Papa fue peregrino en 129 países en 104 viajes apostólicos, recorriendo 1.247.613 kilómetros, lo cual equivale a más de treinta veces la vuelta al mondo o tres veces el viaje de la tierra a la luna. El Papa dejó la ciudad de Roma por 822 días durante los cuales visitó 1.022 ciudades y pronunció 3.288 discursos. Su magisterio está contenido en 56 volúmenes grandes que ocupan casi 4 metros de una biblioteca. Juan Pablo II tuvo 1.164 audiencias generales, además de 1.600 encuentros con jefes de estado. Beatificó 1.338 siervos de Dios (incluidos 1.032 mártires)  en el curso de 147 ceremonias de beatificación y canonizó 483 santos (de entre los cuales 402 eran mártires).

Con todo, la profundidad de la grandeza de este Papa no se nos revela solo ni principalmente por su  increíble obra apostólica. El mismo Juan Pablo II dijo una vez, en relación a los tentativos de contar su historia: “Tratan de entenderme desde afuera; pero yo solo puedo ser entendido desde adentro”[1].

A Juan Pablo II se puede aplicar en forma paradigmática la definición que él mismo hizo del sacerdocio en una de sus audiencias generales: “el presbítero debe ser, como el mismo Cristo, hombre de oración”[2]. Juan Pablo II fue un modelo de hombre de oración a pesar de la obra ciclópea que realizó. Según su propia auto definición, se puede decir, más bien, que su obra fue un efecto que puede ser explicado “desde adentro” del Papa. Es decir, se debe principalmente a su espíritu contemplativo. Fue un gran santo; y fue un gran Papa.

En la audiencia mencionada arriba el Papa afirma enfáticamente que “Jesús nos enseña que no es posible un ejercicio fecundo del sacerdocio sin la oración, que protege al presbítero del peligro de descuidar la vida interior dando la primacía a la acción, y de la tentación de lanzarse a la actividad hasta perderse en ella”[3].

Continúa luego diciendo que los sacerdotes “deben entregarse a la contemplación del Verbo de Dios”. Y que no nos debe impresionar la palabra contemplación, ya que “vale para todos la invitación a escuchar y meditar la palabra de Dios con espíritu contemplativo, a fin de alimentar con ella tanto la inteligencia como el corazón. Eso favorece en el sacerdote la formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación”[4].

“En eso estriba la sabiduría sobrenatural, sobre todo como don del Espíritu Santo, que permite juzgar bien a la luz de las razones últimas, de las cosas eternas. La sabiduría se convierte así en la principal ayuda para pensar, juzgar y valorar como Cristo todas las cosas, tanto las grandes como las pequeñas, de forma que el sacerdote —al igual e incluso más que cualquier otro cristiano— refleje en sí la luz, la adhesión al Padre, el celo por el apostolado, el ritmo de oración y de acción, e incluso el aliento espiritual de Cristo”[5].

“Si el sacerdote es asiduo en esa meditación, permanece más fácilmente en un estado de gozo consciente, que brota de la percepción de la íntima realización personal de la palabra de Dios, que él debe enseñar a los demás. En efecto como dice el Concilio, los presbíteros, ‘buscando cómo puedan enseñar más adecuadamente a los otros lo que ellos han contemplado, gustarán más profundamente las insondables riquezas de Cristo (Ef 3,8) y la multiforme sabiduría de Dios’ (Presbyterorum ordinis, 13)”[6].

No por nada ya el P. Castellani señalaba que a la raíz de la decadencia y de los grandes males del mundo moderno, de los cuales participan incluso algunos sectores de la vida religiosa, se encuentra precisamente en una mala inteligencia de la relación entre la contemplación y la acción, o una subordinación de la primera a la segunda, lo cual implica un cierto menosprecio por la sabiduría, entendida como el saber por las causas últimas[7].

En su Carta Apostólica Novo millennio ineunte, hablando de la importancia ineludible de respetar el primado de la gracia, el Papa postula una pastoral que dé a la oración el espacio debido. Señala en forma incisiva que el olvido de esto es causa de grandes males: “La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración?”[8].

Estas verdades tan esenciales que nos recuerda el Santo Papa, válidas para todo sacerdote, lo son aún más para nosotros los religiosos. El Código de Derecho Canónico, haciéndose eco de las enseñanzas del Concilio, establece la primacía absoluta e impostergable de la oración para todo religioso: “La contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración debe ser primer y principal deber de todos los religiosos”[9]. Esta necesidad esencial de la oración está señalada todo a lo largo de nuestras Constituciones, teniendo incluso un artículo entero dedicado en forma explícita a este tema (nn. 136-141).

“La razón primera por la que un cristiano se hace religioso no es para adquirir un puesto en la Iglesia, una responsabilidad o una tarea, sino para santificarse”, decía Juan Pablo II a los religiosos en una visita pastoral. “Esta consagración total trae consigo, como consecuencia, una disponibilidad total. La Iglesia siempre ha comprobado, en el curso de su historia, que podía contar con los religiosos para las misiones más delicadas. De todo lo anterior se deduce que un religioso no podría no ser un hombre de oración, un gran orante”[10].

Trece días después de su elección, el Papa se dirigió con algunos de sus colaboradores cerca de Roma a la Mentorella, donde está el santuario de la Madre de las Gracias. Preguntó a sus compañeros de viaje: “¿Qué es más importante para el Papa en su vida, en su trabajo?”. Le sugirieron: “¿Tal vez la unidad de los cristianos, la paz en Oriente Medio, la destrucción de la cortina de hierro…?”. Pero él respondió: “Para el Papa lo más importante es la oración”[11].

Esto es lo que Juan Pablo II nos enseñó con su magisterio papal. Más aún, es lo que aprendemos de su ejemplo personal.

Que, a ejemplo de Juan Pablo II, ¡el Papa Magno y ahora también un gran Santo!, nos entreguemos a lo que es primero y principal, aquello para lo cual nos hemos hecho religiosos: a la contemplación del Verbo de Dios.

En el Verbo Encarnado y su Santísima Madre,

 

P. Carlos Walker, IVE

Superior General

 

[1] George Weigel, Witness to Hope, New York, 1999, p. 7.

[2] Juan Pablo II, Audiencia general, 2 de junio de 1993.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Ibid.

[6] Ibid.

[7] Cf. Leonardo Castellani, Un país de Jauja, Mendoza, 1999, Pp. 43-44.

[8] Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 38.

[9] Canon 663 § 1.

[10] Juan Pablo II, Visita pastoral a Brasil,  Alocución a los religiosos, 3 de julio de 1980.

[11]Konrad Krajewski, Ricordo di Giovanni Paolo II a sei anni dalla morte, Dove sta il centro del mondo, L’Osservatore Romano, 2 de abril de 2011, citado en P. Carlos M. Buela, Juan Pablo Magno, p. 605.

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