San Francesco di AssisiEn el 1182, la Compañía de Jesús era algo todavía muy lejano, así como en el 1700 la posibilidad de escuchar al Santo Padre en mundovisión y recibir su bendición a kilómetros y kilómetros de distancia.

Sin embargo, en el corazón de la Umbría, nacía ese año quien sería luego el fundador de una orden religiosa que cuenta hoy en día con 29.000 frailes distribuidos en las tres familias, surgidas a partir de la cepa original plantada en la llanura de Asís, en Santa María de los Ángeles, más conocida como la Porciúncula.

Estamos hablando claramente de San Francisco de Asís, glorioso patrono de Italia.

Delante del famoso crucifijo del aquel oratorio semi-abandonado, que acogerá algunos años después a las “Pobres Damas”, se encendió en el corazón del joven Bernardone el alto ideal caballeresco que inflamó, en la gruta de Manresa tres siglos más tarde, al penitente de Loyola.

Ambos habían soñado con el honor y la fama en el campo de batalla, pero la guerra por la cual el Señor de los ejércitos los había elegido no era contra los príncipes de este mundo: ni contra los perusinos o al lado de Gualtiero III de camino a Jerusalén para el primero; ni mucho menos contra el reino de Navarra para el segundo, sino contra los principados y las potestades.

Ambos fueron elegidos para combatir en primera fila en el gran ejército de los santos, que contradice a la sabiduría de este mundo con su aparente necedad.

El primero fue capturado en la guerra entre Asís y Perugia, el otro fue herido en la célebre batalla de Pamplona.

Ambos convalecientes, siguieron la Voz que los llamaba al servicio de la santa Cruz, el primero desposando a la Dama Pobreza, el segundo haciendo experiencia de aquellos espíritus que lo agitaban, tomando nota de ello en el famoso libro tan amado y recomendado por santos y pontífices: “Los Ejercicios Espirituales”.

Seguramente si el enérgico español hubiese tenido delante al pobrecillo de Asís, lo habría alistado entre los “sujetos” aptos para la predicación de sus Ejercicios de treinta días[1].

En efecto, toda la vida de Francisco, fue la práctica viviente de aquel santo librito del cual ya hemos hecho mención, que no representa otra cosa que la historia de la salvación universal y “personalizada”, podríamos decir, para cada uno de los ejercitantes, como personal es el camino de santidad que Dios pinta para cada uno de sus hijos, a imitación del Verbo hecho carne.

Para San Ignacio, después del Evangelio, “la imitación de Cristo” era, haciendo uso de sus mismas palabras, “perdiz de los libros espirituales”[2], y San Francisco lo encarnó perfectamente en su existencia terrena.

SanFrancescoBasilicaAssisiA la edad de 24 años, renuncia a todos sus bienes delante del Obispo y de toda la ciudad reunida, dirigiéndose a su padre con estas palabras: “Hasta ahora te he llamado, padre mío sobre la tierra; de ahora en adelante puedo decir con toda certeza: Padre nuestro que estás en el cielo, porque en Él he puesto todo mi tesoro y he colocado toda mi confianza y esperanza”.

Este evento, y la oración nocturna en casa de Bernardo de Quintavalle: “¡Dios mío, Dios mío!”, que obtuvo la conversión de su primer discípulo, ¿no son tal vez manifestaciones de aquel “Principio y Fundamento” que viene propuesto al comienzo de los Ejercicios?

¿Y qué decir de las principales meditaciones ignacianas, columna de todo el mes de ejercicio?

En San Damiano, lo que sucedió no fue otra cosa que la llamada del Rey Eterno, seguida prontamente por el joven Francisco, que, abandonando todo, hizo su oblación de mayor estima y momento[3], fiel al discurso de la bandera de Cristo capitán[4], y corrió rápidamente sobre los tres escalones de la pobreza, de los desprecios y de la humildad, sin duda alguna, en su tercer grado[5].

La segunda semana, después de la llamada del rey temporal, se abre con la contemplación de la Encarnación y de la Navidad[6], donde se pide al ejercitante que haga su composición de lugar, o sea, que vaya con la vista de la imaginación hacia el misterio a contemplar[7].

En la navidad del 1223, tres años antes de su muerte, nuestro ejercitante sobre el camino de la perfecta imitación de Cristo, reproduce en la gruta de Greccio, la humilde escena del nacimiento del Salvador, “para hacer – dijo él mismo – memoria con mayor naturalidad de aquel divino Niño[8], esencialmente lo mismo que dirá el p. Casanovas, definiendo ese preámbulo: “colocar los hechos históricos y las circunstancias que los rodean en su sitio y con la mayor viveza[9].

Un año más tarde, sobre el monte de La Verna, casi al culmen de su camino espiritual, recibe como don de su amadísimo Capitán, los signos sagrados de su pasión, como respuesta a la oración de aquel día, que era de la exaltación de la santa Cruz: “Señor mío Jesucristo, dos gracias te ruego que me concedas antes de morirme: la primera, que sienta yo en mi cuerpo y en mi alma, en cuanto sea posible, el dolor que Tú, dulcísimo Jesús, sufriste en tu acerbísima pasión; la segunda, que sienta yo en mi corazón, en cuanto sea posible, aquel excesivo amor que a Ti, Hijo de Dios, te llevó a sufrir voluntariamente tantos tormentos por nosotros pecadores”.

Así, logrado el fruto de la tercera semana, estaba listo para la gloria, aunque no antes de dejar a la posteridad  su contemplación para alcanzar amor, que encontramos en el Cántico de las criaturas, en donde con suma alabanza del Creador, se cierra perfectamente el círculo del camino ignaciano que había empezado con el Principio y Fundamento.

Pues bien, los ejercicios espirituales, según el método de San Ignacio, son uno de los apostolados preferenciales, que en la dimensión espiritual, realiza nuestro Instituto[10]. Seguramente, son un elemento muy importante en la misma vida espiritual de sus miembros, los cuales antes de transmitir a otros sus frutos, gustan sus dulzuras en su misma vida. Francisco de Asís, como hemos visto fue ¡ignaciano antes de Ignacio! Tiene que ser para nosotros entonces modelo insigne de ejercitante, o sea, de vida espiritual. Quería tributarle un pequeño homenaje a este heraldo del gran Rey, pidiéndole que desde el Cielo custodie a nuestra familia religiosa e interceda para que busquemos con todas nuestras fuerzas la perfecta imitación de Cristo así como él hizo.

Unidos en la oración,

Sem. Francesco Lucarelli.

[1] Directorio de Ejercicios Espirituales, [57]

[2] Monumenta ignatiana, III, 431, 18; citado en Esercizi spirituali, San Paolo, 2009, a cura di Pietro Schiavone, SJ, p. 187 nota al pie.

[3] EE, [97-98]

[4] EE, [146]

[5] EE, [167]

[6] EE, [101-117]

[7] EE, [47]

[8] Tomás de Celano, Vida primera, lib I, cap 30

[9] P. Ignacio Casanovas, Comentario y explanación de los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, tomo I, cap. III

[10] P. Carlos Miguel Buela, Ejercicios Espirituales y Nueva Evangelización, Roma 2012, 1°parte, 1.

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