Por: P. Diego Cano, IVE

 

Kangeme, Kahama, Tanzania, 2 de julio de 2020.

Finalmente llegamos a la última semana de visita a las aldeas para hacer los bautismos. Nos faltaban tres aldeas de la zona de Mazirayo y para allí regresé, esta vez sin mayor dificultad, pues el camino ya se podía recorrer sin problemas. Estaban trabajando en algunas partes, haciendo algunos puentes y había unos desvíos que no traían mucha dificultad.

La aldea para visitar en estos tres días era Salawe. Nuevamente retomo la historia de esta aldea, porque creo que es una gran noticia. Esta aldea está en uno de los extremos de la parroquia, y el camino de acceso es complicado, casi 40 km desde Ushetu. Conocí esta aldea en el año 2013 o 2014. Se trataba de una pequeña capillita de barro con techo de pajas. Me gustaría poder compartirles algunas fotos de aquella época. Varias veces estuve allí, y nunca encontré más de quince o veinte adultos. Es una comunidad que está en un pueblo lleno de paganos. Los niños siempre estaban muy tímidos y un poco distantes, un poco por no vernos casi nunca, una o dos veces al año, y otra causa, pienso, debido a estar realmente en un lugar tan apartado y agreste.

En esta aldea tuvimos mala experiencia con dos catequistas que debimos pedirles que dejen el oficio, porque realmente no llevaban bien la comunidad, y habían algunos malos ejemplos que tiraban todo el esfuerzo abajo. Gracias a Dios un catequista, de quien ya les he hablado en años anteriores, se ofreció para venir hasta esta aldea. Se llama Paul Jidai y vive en una aldea vecina. Está casado hace cuatro años. Se esfuerza mucho para venir cada domingo desde su aldea en bicicleta, luego de dirigir la liturgia de la palabra en Namba 11, viene hasta Salawe para hacer otra celebración. Este catequista también es miembro de nuestra Tercera Orden, junto con su familia, algunas veces iban en bicicleta y otras en moto desde Namba 11 hasta Ushetu, recorriendo 40 kilómetros de caminos muy malos, para participar de algunas reuniones y fiestas de la Congregación.

El catequista Paul ayudó a que la comunidad siguiera adelante. Al poco tiempo comenzaron la construcción de una capilla nueva y más grande. Hicieron los cimientos rodeando la anterior. Cuando les pregunté cuál era el patrono, nadie sabía responder… ¡no tenían patrono! Para aquellos días, en el año 2018, un grupo de familias amigas de San Luis, Argentina (de donde soy oriundo), se ofrecieron a buscar colaboración para ayudarles de a poco. Realmente fue una gran ayuda. La gente se animó mucho, y de a poco se fue levantando una iglesia admirable, que le pusimos como patrono: “San Luis, Rey de Francia”, en homenaje a los amigos “puntanos”.

Lo mejor fue que no sólo se ha levantado la iglesia material, sino que la comunidad ha tomado muchísima fuerza. Hay un coro de unas veinte personas, en su mayoría jóvenes, un gran grupo de niños, y los líderes están trabajando mucho. Tanto que para esta ocasión ellos mismos habían aportado, todas las familias un poco, y compraron la pintura para la iglesia. La pintaron totalmente por dentro y por fuera con sus aportes locales. Eso es algo muy bueno, porque toman el buen ejemplo de la gente que les ayuda y buscan ellos mismos seguir adelante, y ven que se puede.

Ese día se bautizaron 23 catecúmenos, algunos adultos, la mayoría niños y niñas, y un par de bebés. Cuando llegué, la iglesia realmente resplandecía y destacaba en medio de las demás construcciones del pueblo. Salieron a recibir al padre todos los niños, las Watoto wa Yesu (infaltables), y los niños que se iban a bautizar. Un lujo todo. Mientras esperábamos a que llegara la gente, nos sirvieron un té al costado de la capilla, y luego durante el rezo del rosario estuve confesando. La iglesia, que ahora es muy grande, se llenó de fieles, pienso que habían más de 200 personas. Les propuse, ya que era la primera vez que celebrábamos la misa con la iglesia “terminada”, que hiciéramos otra bendición, y que la abriéramos oficialmente. Ni lerdos ni perezosos, trajeron una cuerda y una tijera, adornaron la cuerda con flores, y realizamos el “corte de cintas”, con aplausos y vigelegeles (gritos de alegría)… y luego de unas palabras abrí oficialmente la puerta y le entregué las llaves al catequista, como responsable de la iglesia en nombre del párroco.

Luego entramos todos en medio de cantos y algarabía, mientras yo rociaba el templo con agua bendita por dentro y por fuera. Acto seguido tuvimos la Santa Misa, con los bautismos y confirmación de los adultos. Los festejos fueron fantásticos. Había una alegría impresionante. Comimos todos juntos afuera de la capilla, como una gran familia. Todos cantaban y bailaban, y nadie quería que se terminaran los festejos.

Quiero con esta crónica agradecer a todas las familias amigas de San Luis, grandes amigos de verdad, que con mucho sacrificio, lo sé y lo reconozco, fueron aportando la ayuda, no sólo para esta capilla, sino también para la de Itobora (de la que ya les he contado), y para ayudar a muchos campamentos de niños de catequesis. Dios les pague tanta generosidad. Y nunca nos olvidaremos de ellos… imagínense que cada vez que veamos la capilla con el nombre de “San Luis, Rey de Francia” en Tanzania, nos evocará a nuestro amigos puntanos. He tenido gran alegría de poder enviarles estas fotos a ellos, para que vean cómo la semilla del evangelio crece en los extremos de la misión, ¡y ellos son parte de esto!.

¡Dios les pague tanto bien! Las oraciones de los humildes penetran los cielos… ellos rezan por ustedes.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano IVE.

PD: en las próximas crónicas les contaré de las dos aldeas que faltan, Namba 11 y Mazirayo.