S.E.R. Monseñor Andrea Maria Erba
(1/1/1930-21/5/2016)

Es preciosa a los ojos del Señor la muerte de sus santos (Ps 116, 15)

Monseñor Andrea Maria Erba  servidor bueno y fiel (Mt 25, 21) ha volado el sábado 21 de mayo a las 22.00 horas a la Casa del Padre, vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Combatió la buena batalla y conservó la fe (Cf. 2 Tim 4, 7). Acompañado de cuatro hermanas Servidoras y del hermano barnabita Gianfranco Vicini, luego del canto solemne de las Vísperas y de la Salve Regina, mientras recibía la última Unción de manos de S.E.R. Mons. Vincenzo Apicella, obispo de Velletri-Segni, entregó su alma serenamente a Dios.

Después de una vida de entrega total y confiada a Dios durante sus 86 años, ahora goza de la recompensa por su servicio fiel a Cristo y a su Iglesia. Monseñor Erba entró a la edad de doce años como seminarista menor de la Orden de los Clérigos Regulares de San Pablo, llamados Barnabitas. Fiel religioso, se dedicó con seriedad a una intensa vida espiritual y de estudio, desempeñándose como profesor de historia eclesiástica y formador del estudiantado barnabita en Roma. Fue consejero general de su Congregación por dos períodos y posteriormente Párroco celoso de la Parroquia romana de San Carlo ai Catinari, recordando frecuentemente este período de su vida con las palabras: «era un párroco feliz». Fue un religioso ejemplar de su Congregación e hijo fiel de San Antonio María Zacarías. Se preocupó por transmitir el espíritu de su Fundador en su Congregación, publicando libros y escribiendo la Misa propia del Santo Fundador, además de otras numerosas publicaciones.

El 6 de enero de 1989, fue consagrado Obispo titular de la diócesis de Velletri-Segni por manos de San Juan Pablo II. Colaboró con el Dicasterio para la Canonización de los Santos, llevando adelante muchas ponencias, entre otras, las tres etapas de la causa de San Pío de Pietrelcina.

Durante los años como obispo de Velletri-Segni, se destacó de modo particular por su mansedumbre y caridad paternal.

Para nuestra Familia Religiosa, ha sido verdadero Padre, Pastor y amigo, acogiendo en el año 1999 a nuestras hermanas contemplativas con la fundación del Monasterio «Madonna delle Grazie», con la intención particular de rezar por la santificación del clero. En el año 2001 recibió a las Casas Generalicias del IVE y de las SSVM y en el año 2004 nos concedió la aprobación como Institutos religiosos de derecho diocesano.

Por gracia de Dios pudimos ser testigo de la predilección de Dios por las almas que confían plenamente en Él, es por esto que hoy quisiera relatar brevemente no sólo la muerte de un «justo», sino los signos singulares de la Providencia que se manifestaron de un modo maravilloso en estas últimas cinco semanas que Monseñor Erba estuvo internado en Velletri.

Monseñor se enfermó gravemente el pasado viernes 15 de abril, estando en la Casa Generalicia de los Padres Barnabitas, en donde vivía desde que había terminado sus funciones como Obispo diocesano de Velletri-Segni.

Fue llevado a la clínica «Madonna delle Grazie», en Velletri, en lo cual veo también un signo providencial pues Dios le concedería morir en el lugar de su Iglesia-Esposa en el que había ejercido con tanta caridad y entrega su ministerio apostólico.

Durante este casi mes y medio estuvo especialmente asistido por sus dos servidores fieles: el hermano barnabita Gianfranco Vicini y la hermana María Zell, SSVM, quienes lo asistieron en estos últimos años en su residencia en Roma.

El avanzar de sus últimos sufrimientos fue paulatino, perdiendo prácticamente el habla desde el inicio de su internación, imposibilitado para deglutir, pero conservando lúcida su mente y vivo su espíritu y amor ardiente a Dios hasta último momento.

Tuve la gracia de poder acompañar a quien fue para nuestra Congregación un verdadero Padre y para mí, de una manera especial, un consejero y confidente inigualable. Numerosas veces acudí a Velletri, con el deseo de acompañarlo y de hacerle sentir nuestra cercanía en estos momentos de duro Calvario. Monseñor amaba mucho a sus dos sobrinas, Cristina y Anna y a sus otros familiares así como también al Obispo y Sacerdotes de la Diócesis, varios amigos laicos y a todos los miembros de la Familia Religiosa. Cada vez que recibía una visita, lo hacía con su sonrisa característica, expresando de algún modo que para él la cercanía en su lecho de dolor, era un suave conforto.

Hace diez días, antes que él comenzase la fase más dura de sus sufrimientos, me ofrecí para ayudarlo a escribir algunas cartas. Se le iluminó el rostro e inmediatamente me indicó que quería escribirle al Papa emérito Benedicto XVI. Después me dijo también de escribir al Papa Francisco y finalmente al P. Buela. Se mostró particularmente entusiasmado, haciendo enormes esfuerzos por hacerse entender en lo que quería expresar a personas tan importantes para su vida y por medio de gestos, señas e inclusive de algunas palabras que pronunció con gran esfuerzo, llegamos a redactar tres preciosas y sencillas cartas. En ellas Monseñor declaró de un modo solemne el ofrecimiento que hacía a Dios de sus dolores y sufrimientos físicos y espirituales por la Iglesia y por la perseverancia de cada uno de ellos.

Rápidamente enviamos las cartas y recibimos unas hermosas respuestas y precisamente quisiera referirme al gesto de inmensa confianza que le enviara el Papa emérito Benedicto XVI y que recibí en la Procura el jueves pasado por la noche. Simplemente le envió un sobre que contenía un libro con sus homilías y en la primera página estas sencillas palabras escritas a mano: «A Sua Eccellenza Monsignore Andrea Maria Erba, in fedele amicizia». «A Su Excelencia Monseñor Andrea Maria Erba en fiel amistad».

Al día siguiente, viernes 20 de mayo, me dirigí muy temprano al Santuario della Madonna del Divino Amore en Roma y le pedí a la Virgen que tuviera piedad de este hijo suyo tan querido y que lo acompañase y le hiciera dulces sus últimas horas en esta tierra. De allí me fui a la clínica en donde me encontré a Monseñor extremamente debilitado pero muy consciente. Le entregué el sobre, le leí la dedicatoria y entendí la armonía profunda que existía entre estas dos almas. Estas palabras infundieron paz y consuelo en su corazón. Nos pidió que le leyéramos una parte del libro y escuchó con atención.

La amistad verdadera se consuma en el amor a Cristo y esa es la amistad fiel: la que suplica para sus amigos el don más precioso que es el de perseverar hasta el fin en el servicio fiel a Él.

Esta característica sobresalió a lo largo de toda la vida de Monseñor y particularmente en estos últimos días: la perseverancia fiel, buscando hasta el último detalle cumplir con la Voluntad divina. Esta fidelidad en lo pequeño, en lo cotidiano, lo llevó a escuchar aquellas palabras de Nuestro Señor, que seguramente resonaron en el Cielo en la noche de ayer: servidor bueno y fiel entra a tomar parte del gozo de tu Señor (Mt 25, 21).

Ahora intercede por nosotros desde el Cielo. En estos momentos importantes para la vida de nuestra Familia Religiosa y su crecimiento, continuará cuidando del rebaño que el Señor le encomendó.

Madre Maria de Anima Christi
Roma, 22/5/2016

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