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Querida familia religiosa:

Este año, la convivencia de las servidoras de España – Francia, fue del todo particular. Estuvimos 20 días en las sierras de Madrid y uno podrá preguntarse ¿qué tuvo de particular esto? Y es que pudimos consagrarnos al Sagrado Corazón de Jesús y con nuestras personas, nuestra provincia “Nuestra Señora del Pilar.”

Tuvimos cinco días de preparación, en los cuales, el Padre Martín Feliciosi, nos predicó sobre la carta encíclica “Haurietis Aquas” sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús de Pio XII (15 de mayo de 1956) Esta encíclica revela los latidos del corazón de Jesús, en los que se manifiesta su “triple amor”: amor divino, humano espiritual y humano sensible.

El jueves 25 de agosto, viajamos a Valladolid, para consagrarnos, en la Basílica de la Gran Promesa. Tuvimos el acto de consagración al terminar la Santa Misa. En este templo, concretamente en el presbiterio, sucedieron algunas de las revelaciones del Corazón de Jesús al P. Bernardo de Hoyos.

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Esta Basílica surgió para promover el reinado de Cristo en la sociedad de inicios del s. XX. El Arzobispo Gandásegui llega a Valladolid en octubre de 1920, ya ha concluido la Primera Guerra Mundial; el rey Alfonso XIII ha consagrado España al Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles; Pío XI instituye la fiesta de Cristo Rey en 1925; el 14 de abril de 1931 se proclama en Madrid la 2ª República Española; en 1933 se conmemora el segundo centenario de la Gran Promesa al P. Hoyos.

Ante estas circunstancias el Dr. Gandásegui va centrando toda su acción pastoral en promover la espiritualidad del Corazón de Jesús y extender su reinado en la sociedad. El 24 de junio de 1923 inaugura la imagen que corona la torre de la catedral y consagra la diócesis al Corazón de Jesús.

En 1933 Pío XI, a petición del Arzobispo, concede que la iglesia sea dedicada al Corazón de Jesús como templo expiatorio. Pero todo queda en suspenso con la Guerra Civil Española (1936) y la muerte del Dr. Gandásegui. Su sucesor, Antonio García, retoma con todo interés la obra comenzada por Gandásegui y en junio de 1941 inaugura solemnemente el Santuario de la Gran Promesa, que, en palabras del Papa Pío XII, representa en Valladolid “un foco de luz y de amor del Corazón del Rey Divino”.

El 27 de junio de 1948 se pone la primera piedra y el 12 de mayo de 1964, Pablo VI concede al santuario, el título de Basílica Menor.

¿Cuál es la gran promesa?

En septiembre de 1731 comenzaba Bernardo de Hoyos, con 20 años, el estudio de la teología. Terminando su 2do curso, conoce por primera vez el culto al Corazón de Jesús. El P. Cardaveraz, le pide desde Bilbao un favor que le brinda la oportunidad de leer el libro del jesuita francés P. Gallifet sobre este culto. Su lectura impacta profundamente a Hoyos, que se ofrece ante el Santísimo a cooperar cuanto le sea posible a la extensión de dicho culto.

Unos días después, el 14 de mayo de 1733, fiesta aquel año de la Ascensión del Señor, acude Bernardo con los demás estudiantes al templo donde celebraba el Colegio la Eucaristía los días festivos, hoy Basílica de la Gran Promesa; los estudiantes se situaban en el presbiterio, a los lados del altar.

“Después de comulgar, refiere Bernardo, tuve la misma visión del Corazón… rodeado con la corona de espinas y con una cruz en la extremidad de arriba… Dióme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí solo, sino que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos. Y pidiendo esta fiesta (del Corazón de Jesús) en especial para España, en que ni aun memoria parece que hay de ella, me dijo Jesús: REINARÉ EN ESPAÑA Y CON MÁS VENERACIÓN QUE EN OTRAS PARTES”

El día 25 de septiembre de ese mismo año, recibe Bernardo del Señor una ratificación de la Gran Promesa:

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“Aquí, después de comulgar, oí una voz suavísima que me dijo: Pídeme lo que quieras por el Corazón Santísimo de mi Hijo, y te oiré y te concederé lo que me pidas, y, sin libertad pedí la extensión del reino del mismo Corazón de Jesús en España, y entendí se me otorgaba. Deseos de extender hasta el Nuevo Mundo el amor de su amado Corazón de Jesús”.

Cuánta necesidad debemos de tener cada uno de nosotros, especialmente los consagrados, de rendirle culto a ese Sagrado Corazón, al ser tan íntimo participante de la Vida del Verbo Encarnado, es el símbolo legítimo de aquella inmensa caridad que movió a nuestro Salvador a dar su sangre por nosotros. Cuánto más debemos adorar ese corazón, es el símbolo natural, el más expresivo de aquel amor inagotable que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano.

En Cristo y Maria
Madre Meryem Ana

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