Querida Familia:

Les agradezco a todos sus saludos, y especialmente sus oraciones. Muchos me preguntaban si ya estaba en mi nuevo destino, recordando mas o menos la fecha en que les había dicho que viajaba.

Me parece que lo mejor será contar algo de estos primeros días de misión… y mi primer contacto con África, y especialmente con nuestra misión aquí en Ushetu.

Misión en Tanzania
Misión en Tanzania

En estos momentos es la hora de la siesta… pero digamos, de la siesta Argentina, porque aquí no duermen la siesta. Hace calor, pero no es tan agobiante como uno podría creer, al menos en esta época del año. Tal vez para estar afuera, o estar trabajando, sería un verdadero calor. Ahora aquí en la casa tenemos unos 31º mas o menos. Estamos en la estación de las lluvias, pero se el agua se está haciendo rogar. Uno espera una de esas lluvias que ha visto en los documentales de Serengeti, por ejemplo, pero por ahora no ha sido así. La primera noche que dormí en Tanzania, en la parroquia de Isaka, donde nos alojaron muy gentilmente unos sacerdotes de la India, cayó en verdadero aguacero. Desde entonces, hace cinco días, no ha llovido. La gente lo espera ansiosamente, porque el tema es que es el momento de que todo lo plantado crezca y se lo pueda cosechar. Después vienen los seis meses de sequía, donde todo queda amarillo, y no sobrevive nada, salvo los árboles. Hoy rezamos la misa para pedir esta bendición de Dios. Ahora se están amontonando algunas nubes cargaditas… Dios quiera.

No quiero cansarlos con descripciones que no son tan importantes, sin embargo satisfacen la curiosidad de muchos que preguntan por el clima y otras cosas. Tal vez en otras cartas les cuente algo mas de eso. Ahora recuerdo un par de crónicas del P. Segundo Llorente en que lo describía con detalle todo, pero que luego, cuando le volvían a preguntar, simplemente los remitía a la lectura de lo ya escrito. Creo que algunas vez podré contarles algo mas sobre el clima, las comidas, los animales, el paisaje, el idioma, nuestra casa, etc. Hay tiempo.

Para llegar a la parroquia de Ushetu, donde está nuestra misión y de las hermanas Servidoras, el viaje es mas o menos así: el vuelo de cabotaje sale de la capital, Dar El Salaam, hacia Mwanza. No piensen en aeropuertos internacionales como los de otros lados… uno antes de hacer el check in debe esperar en una parte del aeropuerto que es al aire libre… es decir, a la sombra, pero abierto… algo realmente nuevo para mi. Y si así era el aeropuerto de la capital… imaginen el de Mwanza. Sin exagerar, es como la terminal vieja de San Rafael… y la gente se amontona en una pequeñísima habitación para retirar el equipaje.

Allí me esperaba el P. Johntin, con su característica risa contagiosa, y efusivos saludos. Realmente fue una alegría muy grande encontrarlo allí… Sobre todo porque hacía un día que venía viajando solo por lugares de lengua incomprensible. En estos lugares uno valora tanto a los amigos y conocidos.

La ciudad de Mwanza está a orillas del Lago Victoria, así que cuando nos dirigimos hacia la ciudad íbamos bordeando este hermoso e inmenso lago. Hicimos un paso muy breve por Mwanza para almorzar y seguir viaje. La ruta desde Mwanza a Kahama es asfaltada y está bastante buena, pero hay que manejar con muchísimo cuidado porque siempre hay gente, bicicletas, motos y animales junto a la ruta, y a veces, en la ruta. El paisaje siempre muy lindo y muy verde en esta época. Por los que me preguntaron si había visto algún elefante o algo así, les digo que no. Soy sincero, es verdad que hubiera sido lindo poder poner en una crónica algo así de extravagante, y agregarle un color de aventura. Pero no, para hacer Safaris, hay que ir a los parques nacionales o campo adentro. Esos animales no andan en los lugares tan poblados como estos. ¡Se imaginan! Si se te para uno en la ruta, no habría como moverlo… ni esquivarlo. Menos mal que están en los parques nacionales. No hay lugar donde no hayan casas y gente, o cultivos y animales… al menos por donde nosotros hemos andado.

Luego de cuatro horas de viaje en camioneta llegamos a la parroquia donde dormimos esa noche, y al otro día salimos hacia Kahama, que es la ciudad mas importante que tenemos cerca de la misión, y donde reside el obispo de nuestra Diócesis. Fuimos a visitarlo y a presentarme. Mons. Josef Minde nos recibió muy gentil y muy brevemente. Le pude obsequiar un vino que traje de Argentina… o mejor dicho, un “vinazo”… que me regaló un tío que sabe mucho del tema; también le di una imagen artesanal de la Virgen, hecha en mármol ónix de San Luis; y finalmente un CD grabado por las hermanas del Monasterio de Argentina. Agradeció mucho y nos despedimos con la promesa de vernos después de dos días, porque él tenía que venir a nuestra misión tres días después, a la inauguración del jardín de infantes de las hermanas.

Podemos decir que entonces comenzó la aventura… Desde Kahama a Ushetu se recorren dos horas de camino de tierra, muy malo… y no exagero al decir que veníamos a los saltos. Pasamos por algunas iglesias de parroquias vecinas que estaban junto al camino, hasta ingresar en el territorio de nuestra misión. El obispo mismo dijo en la misa cuando estuvo aquí, que “es la parroquia más alejada de su diócesis”. Nuevamente repito que los paisajes en esta época son muy bonitos, muy verdes, muchos cultivos (arroz, maíz, tabaco, girasol, maní, etc.), muchos árboles y palmeras. De vez en cuando aparecían esas rocas grandes y anaranjadas para agregar más diversidad y belleza.

Al llegar a la parroquia, el P. Johntin comenzó a dar bocinazos, que atrajeron las miradas de todos los que estaban por allí y se acercaron a saludar. Ahí ya comencé a sentirme completamente mudo… se me trababa hasta el saludo tan practicado… pero es verdad que uno comienza a tartamudear desde el primer día… Por gracia de Dios ellos son muy buenos, y se alegran mucho de ver al sacerdote, de recibir un nuevo misionero. Todos se acercan a saludar y dar la mano. Los niños son muy simpáticos y buenos… y no tienen vergüenza de saludar… salvo algún que otro pequeño que al ver a un blanco se pone a llorar como si viera un fantasma, pero no son tantos.

 

Y bien, aquí estamos, en casa… mi nueva casa. Espaciosa, grande… Pero sobre todo, mi nueva casa… con nuevos hermanos… con nuevos hijos. Hijos que espero poder ir conociendo y amando cada vez mas. De todos modos me basta con saber que Cristo murió por ellos para que yo trate con todas mis fuerzas de hacer lo mismo.

Pensando en esto fue tal vez que me emocioné mucho en la misa del Domingo 20, en la que el P. Johntin me presentó a los feligreses. Venía emocionado desde el principio, al verlos cantar con tantas ganas y participando con tanta devoción, a su manera, con muchos cantos y mucho ritmo… algo tan nuevo para mí. Tal vez se suma que la despedida de los seres queridos estaba tan cercana, junto al hecho de que uno escucha hablar alrededor de uno y no puede entender ni una sola palabra… o mejor dicho no distingue palabras sino sólo sonidos. En el momento de la doxología (“Por Cristo, con Él, y en Él…”) se me vinieron a la mente las palabras de San Agustín: “Mira bien el banquete que se te ofrece, porque tú tendrás que preparar algo semejante”. Cristo se dio todo, se sigue dando, en cada Misa, en cada Sacrificio del altar, nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre… tengo que estar atento de preparar yo lo mismo, debo imitarlo en todo, preparar un banquete similar… darme cada día como alimento a los demás, como decía del Beato Chevrier, “el sacerdote es un hombre que se da como alimento”. Le pedí esa gracia a Dios y a la Virgen en la primera misa en la misión… concelebrada por supuesto. Cuando celebre mi primera misa en Swahili, les cuento para que se unan a mi Te Deum.

El P. Johntin me había pedido que les dirigiera unas palabras a los fieles al final de la misa, y él traducía. Yo estaba realmente emocionado, y casi que no pude.  Los que me conocen, saben a qué me refiero… lo que les dije fue más o menos esto: “No hablo nada de Swahili, y espero poder aprenderlo pronto. Haré todo el esfuerzo y les pido que me tengan paciencia. Es mi deseo quedarme para siempre con ustedes. Cristo una vez que lo buscaban su Madre y parientes, preguntó: ¿Quiénes son mi Madre y mis hermanos?… Lo mismo me pregunto yo ahora, y respondo que ustedes son mi padre, mi madre, mis hermanos y mis hijos”. Después de la traducción que hizo el padre, la gente respondió con aplausos y sus gritos típicos de alegría.

Fue un gran gozo poder saludaros a la salida de la misa ese día. Mi primer misa en la misión. Ponemos todo en manos de Dios. Bueno, no sé para qué les cuento todo esto, porque me vuelvo a emocionar. Pero ustedes me obligan. Que les sirva… siervos inútiles somos, no hemos hecho mas que los que teníamos que hacer. Y además que nosotros no somos los que lo elegimos a Cristo, sino Él que nos elige, y por lo tanto no hay tanto mérito de nuestra parte. Pero bueno, no voy a entrar después en discusiones con los que digan que nosotros también tenemos mérito, y todo eso… ya se sabe.

Queda para otra el contarles lo que vivimos en ese día y sobre todo el lunes 21, porque esto se pone demasiado largo, y además porque ya se termina la “siesta”, tengo que cumplir con mi palabra y ponerme a estudiar… y esa lluvia que amaga y no quiere llegar.

Me despido de ustedes con las palabras del P. Llorente: “Nadie ha visto jamás en mí por aquí más que un misionero de tantos que tartamudea al hablar, tiene joroba, es extranjero, se ríe de su sombra y cuenta chistes. Eso soy por aquí”… “Yo no soy nadie, nunca lo he sido, vivo escondido en el último lugar de la tierra, nadie me conoce, ni falta que me hace, no aspiro a más que a sufrir y morir por Cristo, y eso es todo”.

Gracias por acompañarme este rato tan agradable.

Hasta la próxima, y ¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE

23 de enero de 2013.

 

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