Por: Sem. Alonso Arce, IVE

 

La presencia del sufrimiento en nuestros días a causa de la epidemia se manifiesta como presencia de la Cruz de Cristo en el Calvario, y por qué no decirlo, parece remontarnos hacia el mismo padecimiento. El sentimiento de la ausencia divina, que ha expirado dulcemente en la Cruz, se ha tornado en debilidad del alma frente a tan grande prueba. Mas, la fe verdadera, figurada en María Santísima, estaba en pie (stabat Mater); y junto a Ella, hoy nos vemos a nosotros mismos, suplicando el conocer y amar cada día más este misterio, en donde la Pasión y Crucifixión de Cristo, incomparable por su sufrimiento se ve superada por el amor que oculta tras de sí.

Sin embargo, Cristo, consciente de nuestra debilidad, ardiendo su Sagrado Corazón de amor por nosotros, antes de entregarse a la Pasión, nos prometió “no os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (Jn 14, 18), así “el Señor Jesús, la misma noche en que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Esto es mi Cuerpo, el entregado por vosotros. Esto haced en memoria mía. Y de la misma manera, tomó el cáliz, después de cenar, y dijo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; esto haced cuantas veces bebáis, en memoria mía” (1 Cor 11, 23-25). Manifestando de esta manera su compañía desde ahora velada bajo su Presencia Sacramental: “y mirad que Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación del siglo” (Mt 28, 20).

Consecuentes a ello, el día de ayer, sábado 21 de marzo, elevamos nuestras oraciones realizando la procesión del Corpus Christi por el interior del Seminario. Procesión que acompañamos contemplando los misterios dolorosos del Santo Rosario, considerando algunas reflexiones de la encíclica “Dives in misericordia” de San Juan Pablo II, Padre Espiritual de nuestra Familia Religiosa. Durante la procesión, que tuvo como inicio y término la Iglesia pasando por nuestro cementerio, se realizó la Bendición Eucarística hacia los cuatro puntos cardinales, distribuyendo los cuatro altares a lo largo del camino. En cada una de las estaciones elevamos nuestras súplicas a Jesús por María, pidiendo el socorro de la Santísima Virgen frente a la epidemia actual.

Pequeño signo, que realizado en un clima especial de oración y, por sobre todo de fe, esperanza y caridad, recuerda la historia de la Iglesia primitiva, donde los apóstoles y discípulos, tras la ascensión de Jesús, “perseveraban unánimes en oración, con las mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de Éste” (Hechos 1, 14), a la espera del Espíritu Consolador.

Es pues, la fuerza de la oración, que nos permite crecer en las virtudes teologales y ver con los ojos del alma la realidad actual, de modo que, aun en medio de los padecimientos del Calvario, descubrimos los maravillosos frutos de la Cruz. Como aquel buen ladrón arrepentido que se robaría el cielo diciendo: “Jesús, acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino”. Jesús “le respondió: En verdad, te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 42-43). O aquel centurión que “al ver lo ocurrido, dio gloria a Dios, diciendo: ¡Verdaderamente, este hombre era un justo!” (Lc 23,47). O a todas las personas que, “habiendo contemplado las cosas que pasaban, se volvían golpeándose los pechos” (Lc 23, 48).

De este modo, confiados en la Providencia Divina, “sabemos, además, que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios… Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?… Pues Cristo Jesús, el mismo que murió, más aún, el que fue resucitado, está a la diestra de Dios. Ése es el que intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… Mas en todas las cosas triunfamos gracias a Aquél que nos amó” (Rm 8, 31-35).

Es este el espíritu que queremos transmitir y manifestar en medio de las dificultades actuales de la epidemia. Un espíritu de fe, esperanza y caridad; espíritu de justicia, de alegría y de paz. Y de esta manera, hacer vivas las palabras de Jesús: “buscad, pues primero el Reino de Dios y su justicia, y todo se os dará por añadidura” (Mt 6, 33), “pues todo es vuestro, más vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 22-23).

Que María Santísima, nos ayude a conformarnos cada día más a la voluntad del Padre, para que, por su Divino Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y en docilidad al Espíritu Santo sepamos alcanzar por medio de la Cruz, la alegría de la Resurrección.

Sem. Alonso Arce