Por: P. Diego Cano, IVE

Ushetu, Tanzania, 20 de enero de 2020

Esta es la primera crónica desde que comenzamos el nuevo año, así que aprovecho a saludarlos a todos y desearles un muy buen año con la gracia de Dios. Han pasado varias semanas de la última vez que escribí, y la causa no ha sido que no tenía qué contarles, sino que hemos tenido muchas actividades, y hay demasiado para contar. No he podido relatarles nada de los campamentos de monaguillos y de niñas, ni del año que hemos comenzado, con el inicio de ciclo lectivo de casas de formación, la visita de varios voluntarios, las primeras comuniones en varios centros, etc. Todavía me queda la deuda de la primera misa del P. Pablo Folz, y es lo que haré ahora, aunque sea brevemente.

Primera MisaEl año pasado, por gracia de Dios, recibimos al diácono Pablo Folz, que vino destinado a nuestra misión. Estuvo junto al P. Víctor en el Noviciado, mientras se adentraba poco a poco en la cultura de Tanzania, y sobre todo, en el estudio del swahili. Como siempre, los primeros trabajos apostólicos y los primeros pasos en la lengua, son con los niños. De esta manera el “Diácono” Pablo se hizo muy popular entre los niños de la parroquia, sobre todo gracias al oratorio de los domingos.

Cuando se acercaba el tiempo de su ordenación sacerdotal les avisamos a la gente que el “diácono” debía ir a Argentina, y recuerdo que ante este aviso mucha gente me miró con sorpresa y gestos de tristeza. Inmediatamente les aclaré que iba a ordenarse de sacerdote y regresaría, no ya como “diácono” sino “padre Pablo”. La gente aplaudió y festejó, sabiendo que no sólo lo conservábamos en nuestra misión, sino que además íbamos a ser tres sacerdotes en Ushetu. Durante todo el tiempo de su viaje la gente se acordó de rezar, pero sobre todo el 30 de noviembre, día de la ordenación sacerdotal en la Catedral de San Rafael, Argentina.

A mediados de diciembre regresó a Ushetu, recibido con gran alegría. Los niños lo venían a saludar, y seguían diciéndole por el nombre que habían aprendido: “diácono”. Un novicio se encargó de explicarles que ya no era más diácono, que ahora era “padre”. Entonces les dijo: “ya no es más diácono, es padre… ¿Cómo se llama el padre nuevo?”, a lo que respondieron: “¡Padre diácono!”. Costó un poco el cambio, y ya creo que todos comenzamos a decirle “padre Pablo”.

Hicimos una primera misa aquí en la parroquia de Ushetu, el 26 de diciembre, día de San Esteban. Luego los festejos en la casa de formación. Participó mucha gente de la misa, y sobre todo se alegraron de verlo ya con casulla, celebrando… rezando la misa en swahili. Al final de la misa se hizo el besamanos o saludo… mucha gente no está acostumbrada a esto, pero fue muy bello ver que mucha gente le besaba las manos, entendiendo bien que se trataba de manos consagradas, ungidas, para celebrar el Santo Sacrificio, para bendecir, para absolver… Finalmente el P. Pablo hizo una acción de gracias, ¡en swahili! Que hizo emocionar a toda la gente, por escucharlo hablar en su lengua, pero al escuchar por primera vez una acción de gracias por el don del sacerdocio. Estas cosas hacen valorar mucho la vocación religiosa, sacerdotal y misionera. Hace crecer a nuestros fieles en el conocimiento de estos grandes misterios de nuestra fe, y el amor a nuestra querida Congregación.

Después de la misa nos trasladamos al noviciado para los festejos. Justo antes del almuerzo se desató un aguacero impresionante, como no había llovido todavía en los dos meses de lluvias… la gente decía que era la bendición del nuevo sacerdote. Nos amontonamos como pudimos en el comedor, la cocina y un pequeño alero que habíamos comenzado a construir unos días antes. El agua entraba por todos lados, por las ventanas, por debajo de las puertas, por todas partes. Pero no se interrumpió la fiesta para nada. Hubo fogón y regalos, y torta… que como es tradición en estos lados, se debe cortar siguiendo toda una ceremonia… el P. Pablo la cortó ayudado de sus amigos, un grupo de niños de los que estaban presentes.

Actualmente somos cuatro sacerdotes en la misión, porque ha regresado el P. Jaime, quien estuvo todo este año pasado ayudando en Túnez. Damos gracias a Dios de haber podido colaborar con esa misión, luego de la enfermedad y fallecimiento del Padre Daniel Vitz, y tan necesitados que estaban de otro sacerdote. Y nos alegramos también de que esté de regreso con nosotros, porque podremos atender mejor la misión, las casas de formación, las parroquias.

Les pedimos que recen por nosotros… recen por los misioneros, y sigan rezando para que lleguen más sacerdotes, más misioneros. Porque al ver tantas almas, tantas aldeas, tantos kilómetros que recorrer, tantas obras por hacer… no podemos dejar de recordar las palabras del Maestro: “La mies es mucha y los obreros son pocos”, y ¡cuánto más en las misiones!, donde hay tanta necesidad de operarios, hay necesidad de que muchos más se aventuren por Cristo y las almas que los están esperando.

¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE