A la primera en enseñármelo con su ejemplo, mi Mamá

 

“…Es menester estar siempre templado, porque no halle el niño alguna respuesta menos amorosa; y está algunas veces el corazón de padre atormentado con mil cuidados, y tendría por gran descanso soltar las riendas de su tristeza y hartarse de llorar, y si viene el hijito, ha de jugar con él y reír, como si ninguna otra cosa tuviera que hacer” (San Juan de Ávila).

Escribo esta pequeña historia especialmente para todas las mamás y religiosas, en su día; esperando les sea de provecho como lo fue para mí.

hogar

Un cachetazo:

Había tenido un día de esos que solemos definir como muy largos y reconozco con pesar que no estuve con el mejor de los ánimos. Llegada la noche fui a darles el saludo y la bendición a las niñas. Cuando las saludaba, una de ellas sin ningún preámbulo, como suelen ser los chicos con sus salidas, me preguntó: – “¿Por qué usted está siempre feliz?” Yo no pude responderle y disimulé con una sonrisa el cachetazo que acababa de recibir.

Mientras la nena seguía argumentando su afirmación, yo reflexionaba en cómo Dios me estaba “refrescando” lo que yo debía ser como madre. Como Buen Padre, en vez de decirme “¿Cómo puede ser que estés triste?”, me enviaba el mismo mensaje con palabras más agudas pero a la vez más dulces: “¿te acordás que tenés que estar siempre feliz?”

Esa nena podría habérmelo dicho en otras ocasiones, donde estando mejor de ánimo, yo podría haberme adueñado del supuesto mérito. ¡Pero justo ese día en el que lo último destacable en mí era la alegría! Me asombré nuevamente en cómo Dios, de manera tan hermosa, cubría mis miserias para que éstas no hagan daño a los niños. Pero a su vez, y de modo más profundo, comprendí que me invitaba a seguir su ejemplo de Padre que oculta las propias dolencias para no desanimar a sus hijos.

¡Claro! ¡Eso es lo que hace una buena madre! En ese momento recordé que prácticamente nunca, o apenas contadas veces, había visto triste a mi mamá. Ahora que pasó el tiempo conozco todo lo que ha sufrido. Y sin embargo… ¡no se le notaba! ¡En mi infancia nunca habría pensado que estaba triste! Y creo que si la hubiese visto así me hubiera hecho mucho daño. Era yo la que iba a contarle mis penas y problemas sin pensar un segundo en que ella también los tendría… ¡y mayores!

Mi mamá me enseñó con su ejemplo a estar siempre feliz para los hijos, y ahora que soy madre entiendo por qué: porque ellos necesitan ver nuestra alegría para crecer sanos y fuertes.

Esto mismo lo vi y veo en mis madres espirituales; tantas veces fui a contarle mis preocupaciones y ellas parecen estar siempre bien. Como si no les pasara nada, mientras que a uno le consta que tienen mucho más que sufrir. ¿Por qué será que todas las madres, por el sólo hecho de serlo, poseen una belleza especial? Parte de la respuesta la dio esta niñita: “es que están siempre felices”.

Es verdad, son hermosas porque son felices, pero son felices porque son fuertes… y pueden ser fuertes, ¡porque son madres!

Dios y María nos hagan a todas buenas madres, siempre felices para los demás; hasta el día en que lleguemos a ser felices para siempre.

 

Madre María Madre Virgen

Hogar de niños “Santa Gianna Beretta Molla”

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