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Por: María del Cenáculo, SSVM

 

“Bienaventurados los que están afligidos, porque ellos serán consolados”. (Mt,5,5).

¡Aquí nuevamente! Les sigo contando de mis visitas pastorales a los enfermitos del Hospital, para compartir con ustedes una reflexión que me hizo un gran bien a mi alma.

En esta semana, visitando los enfermos, entré a la habitación donde estaba un joven al que acababan de practicarle una cirugía de reversión de un estoma, es una operación delicada y riesgosa, ya que se trata del intestino, además de ser muy sacrificada la recuperación.

Al entrar a su habitación, me encuentro que quien lo cuidaba era su abuelita. Conversé un rato con ella y en un momento se me acercó y casi en secreto me confió más sus dolores. Ella estaba cuidando a su nieto porque su hija (mamá del joven) había muerto hacía dos años, justo cuando a él le habían hecho la primera operación. Al contarme esto comenzó a emocionarse y con lágrimas en los ojos me miró y me dijo: -“hermana ¿por qué Dios permite que suframos tanto? Hace dos años falleció mi hija de cáncer, al mismo tiempo que estaban operando a mi nieto para realizarle la colostomía. Mi esposo murió apenas unos meses atrás. ¿Por qué Dios permite tanto sufrimiento?”

Me conmovió su dolor y aún sin tener las palabras justas para responderle, intenté consolarla y darle aliento. Ensayé una respuesta a tan difícil pregunta y con la ayuda la Virgen y San José la señora fue calmándose y secando sus lágrimas, mientras hermosamente le aceptaba a Dios su Voluntad con resignación y entrega. Hasta donde pude ver, su alma quedó más serena y consolada.

Pero dentro de mí no quedó cerrado el interrogante, sino que me llevó a pensar y reflexionar sobre el sentido más profundo del dolor, y cómo hacer para ayudar y saber dar una mejor respuesta a quienes se lo preguntan. …¿Cómo no intentar mostrarles la belleza y el provecho del dolor a tantas almas que, si están en un hospital, es porque está sufriendo mucho?

Me volvían las palabras de esta señora, “¿por qué Dios lo permite?, y a mi alma venían tantas verdades ya sabidas y repetidas muchas veces: “el dolor es consecuencia del pecado original”, “Dios no quiere el sufrimiento, pero lo permite para un mayor bien”, “Jesús sufrió en la Cruz por mí, por mis pecados”, “no hay dolor que Él antes no haya padecido”, etc. Pero, ¿por qué ocurre muchas veces que esas verdades parecieran no ser suficientes, o uno no sabe hacerlas llegar a los corazones para que les den paz y consuelo?

Recé, busqué algunos textos para encontrar respuestas más acertadas, y en el libro “El Dolor Salvífico”, encontré algo que me iluminó mucho:

“- Jamás resolverás bien el problema del dolor si lo planteas mal.

 – Jamás plantearás bien el problema del dolor si prescindes de estos dos factores: amor de Dios al hombre y libertad humana.

– Jamás comprenderás cabalmente el amor que Dios te profesa, porque tú eres un misterio viviente de ese amor. Dios te amó primero, aun antes de que tú le pidieras perdón por todos tus pecados. La fe y sólo la fe puede, en parte, descubrir ese velo.

– Jamás entenderás nada de lo humano (del dolor y la miseria de las personas), si olvidas que Cristo crucificado y resucitado, es la única solución de todos los problemas que se le presentan al hombre.

–  Ten presente que la felicidad no es algo que cae del cielo, como la lluvia. No es algo que surge de una fuente fuera de nosotros mismos. La llevamos en nosotros, al igual que un germen puesto por Dios y del cual somos responsables. La felicidad estriba en la paz interior. ¿Y por qué la paz interior?, porque es la floración de la buena conciencia (la conciencia limpia de todo pecado).” [1]

Y mientras lo rezaba me di cuenta que para dar una respuesta más acertada ante el dolor y el sufrimiento, quizás era más atinado modificar esa pregunta e interrogarse primero: ‘¿Para qué Dios permite que sufra?  Si encuentro esta respuesta, podré sin duda responderme mejor el “por qué”. Los bienes que trae el sufrimiento son los que esclarecen “por qué” Dios que es Padre lo permite en nuestras vidas.

El sufrimiento enriquece siempre, como la alegría’Puedo decir que el sufrimiento es una revelación, te lleva a ver más allá de las cosas, te descubre valores esenciales, eternos, de la vida. Sobre todo, te hace sentir que eres nada y que lo que te da realidad es el gran amor de Dios por ti y por toda creatura” [2]

¿Para qué Dios permite el sufrimiento? Dios lo permite para enriquecernos, para que veamos con mejores ojos la realidad, para valorar lo que tenemos de una manera distinta, y valorar sólo lo que realmente vale la pena. Lo permite para que nos demos cuenta que aquí en la tierra estamos sólo de paso, ¡qué gran bien es para un alma el saberlo! ¡Y cuántas lo descubren gracias al dolor! Dios Padre permite el sufrimiento en esta vida para que sepamos que nuestro descanso y nuestro hogar, están allá arriba y que debemos esperarlos, con Esperanza teologal. Gracias al sufrimiento es que Él nos enseña la gran verdad de que estamos hechos para el Cielo.

“El sufrimiento es necesario sobrellevarlo con Cristo y por Cristo. Y eso no significa que no le pidamos que nos alivie o nos lo quite. El mismo Jesús, estando por comenzar su dolorosa Pasión, le descubrió su angustia a sus discípulos diciendo: ‘Mi alma siente gran angustia’ (Mt 26,38). Pidió al Eterno Padre que le librase de ella: ‘Padre mío, si es posible no me hagas beber de este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’ (Mt 26,39). Sin embargo, así como nos mostró que no está mal rogar a Dios por consuelo, nos enseñó que luego, valientemente debemos aceptarle a Dios, con el mayor amor, su Santa Voluntad.”[3]

“Bienaventurados los que están afligidos, porque ellos serán consolados’. (Mt,5,5). Esto significa que todos aquellos que, padeciendo alguna tribulación, la sufren con paciencia; y en medio de las lágrimas y confían en Dios, Ellos serán consolados, pero con la doble consolación de la esperanza y del bálsamo de la tristeza presente y con el anhelo de los goces eternos.”[4]

Unos días después volví a visitar las habitaciones y encontré que la querida señora y su nieto, ya no estaban, les habían dado el alta. Me quedé con la pena de no haber podido hablar con ellos nuevamente y compartir estos pensamientos, entonces ¡se los encomendé a San José!

Y no termina aquí la historia…Una mañana que estaba invitando a los enfermos que pudieran, a participar de la Santa Misa en nuestra Capilla, me encontré de nuevo con la abuela y el joven, que habían vuelto por unas pequeñas complicaciones de la cirugía, nada grave gracias a Dios. Muy contenta por volver a verlos, les llevé agua bendita y una reliquia con un pedacito de la silla que tocó San José. Al dárselas, el joven me dijo su nombre,… ¡se llamaba José! Gracias a Dios y a la intervención de este tan querido Santo, está mucho mejor de salud.

Les encomiendo al joven José y a todos nuestros enfermitos a sus oraciones. Y a nosotras para que seamos instrumentos del amor y consuelo de Dios.

María del Cenáculo


[1] Cf. El Dolor Salvífico. P. Miguel Fuentes. Pagina 24

[2] Cf. Dolor Salvífico. Padre Miguel Fuentes Capitulo 7 pagina 41

[3] Cf. Dolor Salvífico. Padre Miguel Fuentes Capitulo 3 pagina 20

[4] Cf. P. JOSE BOVER, SJ, El evangelio de San Mateo, Volumen I, Ed. Balmes 1946, pg. 106-107