Mazirayo, Parroquia de Kangeme, Kahama, Tanzania. 6 de junio de 2020.

Una semana en Nyasa, donde tenemos la otra “casa para misioneros”. Otro punto estratégico, para poder mejorar el apostolado en esa zona, el sur de la parroquia de Ushetu. Allí tenemos nueve aldeas del otro lado del río. En tiempo de lluvias ya no se puede cruzar, definitivamente. En una época, cuando ya ha subido mucho el nivel del agua, ofrecen el servicio de “canoas caseras” (hechas con corteza de árbol) para cruzar a la gente, y cobrar el servicio. Están tan bien hechas que hasta pueden llevar unas seis personas, y también cruzan las motos. En tiempo de sequía, luego de un mes o dos, el río se seca totalmente, y se puede cruzar con la camioneta sin ninguna dificultad.

Nosotros, al saber que el río lleva agua en estos meses finales de las lluvias, damos una vuelta para poder llegar, saliendo a la diócesis vecina de Tabora, por la parroquia de Kasheshe, donde hay un puente sobre el río, y vuelta a ingresar a nuestra parroquia. Los caminos desde Kasheshe son muy malos, y a la vez no los conocemos tanto. Pasamos por aldeas y pequeñísimos poblados que nos miran admirados, no nos conocen, y muchos ni siquiera saben que somos sacerdotes, aunque vamos siempre con el hábito religioso. Cuando viajo por esta zona siempre pienso en lo alejado y olvidado que están estos lugares, aún en nuestra zona. Hay una gran pobreza, se ven los niños pastoreando, llenos de tierra, las ropas desgarradas, descalzos… y miran asombrados cuando pasa el auto. Algunos salen corriendo a esconderse. Tengo en la memoria grabada las imágenes que me gustaría describirles, porque no me parece correcto frenarme a sacarles fotos… los chicos apenas asomando por sobre los pastos amarillos y secos, los niños saliendo de la casa de barro y techo de paja para ver pasar la camioneta. Algunos de ellos saludando desde lejos… Pienso que en estos lugares, la mayoría no conoce a Cristo, o simplemente han escuchado algo, pero continúan viviendo en un mundo pagano.

Llegamos a Nyasa y se vive una gran tranquilidad. Esta aldea es mucho más chica que Mazirayo. Hay mucha gente, pero esparcida por el campo, en el “centro”, viven pocas personas. Podemos contar un grupo de unas treinta casas, mas o menos. Después, hay mucha gente en el campo. De hecho, en la escuela primaria del lugar asisten unos 900 niños. Hay una pequeña salita de salud, que parece contar con dos habitaciones, para todo lo que se ofrezca. En este lugar hemos podido ayudar a techar dos aulas y una oficina para el maestro, porque los niños tenían clases en las aulas pero sin techo, y en la época de lluvias, no podían tener clases. Para que se den una idea, en una de las aulas, la de segundo grado, estudian 220 niños. Gracias a la ayuda de unos amigos de Italia, se pudo ayudarles a terminar de edificar y techar, aunque faltarían las terminaciones: piso y enlucidos en las paredes, ventanas y puertas.

En esa semana pude visitar y hacer los bautismos en cinco aldeas: Makondeko, Bulela, Itumbo, Mwendakulima y Nyasa mismo. Un día para cada aldea, y de esta forma se puede llegar, tener tiempo para hablar con el catequista y los líderes mientras se toma el té, luego rosario y oraciones de la mañana mientras confieso, después la misa con los bautismos, y festejos tranquilos, con música y regalos. No vamos muy seguido a esos lugares, así que es bueno ir sin apuro, para aprovechar la visita.

Makondeko es una aldea muy pobre y muy llena de paganos, y no hago más que repetir esto a cada rato. Pero bueno, es la realidad, y creo que es la manera de que podamos darnos cuenta de lo que trato de contarles. Yo hacía muchos años que no iba a celebrarles misa, pues habían ido en otras oportunidades los otros padres. Recuerdo que en el 2013 fui, y celebré misa en una capilla de barro y techo de paja, que ya no existe. Después les compramos un terreno en un lugar mejor, no al lado de la iglesia protestante y del mercado, sino un poco más apartado y tranquilo. Ellos siguieron rezando debajo de un árbol del mangos que estaba en el terreno. El problema siempre era el catequista, que no tenía la capacidad de mover a la gente. Ahora los ayuda un catequista de la aldea vecina, y las cosas van mejor. Levantaron las paredes como pudieron, hicieron los ladrillos y los han pegado con barro. Para que no se les caiga todo en la época de lluvias. Les ayudamos para que hagan una viga con hierro y cemento, y luego techar con chapas de cinc. Hasta allí hemos llegado, sería muy bueno que puedan seguir y tratemos de que quede más firme. Las paredes de un lado dan desconfianza, tiene mucha inclinación… me sorprende que ni siquiera eso puedan prestar atención al construir. Pero es así en estas zonas. Allí llegué para hacer los bautismos, estuvo muy lindo, aunque muy sencillo. Una persona dirigía los cantos, no se sabían las partes de la misa, yo les iba diciendo que se arrodillen, que se paren, y qué cantos había que cantar. Había mucho viento que entraba por las ventanas y por todas partes, señal de que ya comenzamos el tiempo de sequía. Costaba que entraran en confianza, todos estaban muy tímidos. Se rezó el rosario, que comenzaron a mezclar misterios del rosario de la Misericordia y del rosario de la Virgen. Les expliqué que mejor era rezar o de la Virgen o de la Misericordia, pero sin mezclar. Confesé unas seis personas. Y luego la misa con los bautismos. Cuando en los festejos posteriores a la celebración ponemos el parlante con música, ya comienzan todos a animarse más, y si nos ven a nosotros haciendo alguna “pavada”, bailando torpemente, se matan de risa… y entienden que no hay formalidades. En esta aldea me he reído mucho con los niños, y de verdad que el clima de familia y festejo parecía increíble si comparamos con las caras y la seriedad al llegar. Nos despedimos entre cantos y bocinazos. Allí quedaron ocho nuevos cristianos.

Por la tarde, estando en Nyasa, me pidieron que vayamos a ver un abuelo, que pedía el bautismo y su salud no es muy estable, algunos días está bien, lúcido y consciente, y otros días parece que se muere. Salimos caminando a la tardecita, acompañado por el catequista y un vecino. Caminamos un rato y pasamos por algunas casas, en una de ellas una señora estaba trabajando la arcilla haciendo una gran vasija de barro, que a veces usan para cocinar, otras veces usan para conservar el agua fresca dentro de la casa. Uno cinco minutos más, ya habíamos llegado a la casa del enfermo. Como el tiempo de luz que nos quedaba era poco, comenzamos inmediatamente. Le ayudaron a salir de su habitación y nos sentamos todos afuera. Cuando en el inicio del bautismo le pregunto qué pide a la Iglesia de Dios, y le ayudo diciéndole: ¿Quiere recibir el bautismo? Respondió en sukuma, mirando fijo al que le estaba traduciendo, y con el dedo índice en alto: “Lo pido con todo mi corazón”. Les pregunto cuántos años tiene el abuelo, y nadie sabe a ciencia cierta, como sucede en el campo, tal tenga vez unos “noventa o cien”. Procedimos al bautismo, y en el momento de bautizarlo pronuncio el nombre que él mismo había elegido, lo digo en Swahili: “Yohane”. A lo que replicó con firmeza: “¡No! ¡John!” (en inlgés). Nos causó gracia, y le dí en el gusto… “John, yo te bautizo…”. Después recibió la confirmación y la unción de los enfermos. Ya era de noche y nos alumbrábamos con las linternas de los celulares. Le dije que el domingo le traería la comunión, luego de la misa en la capillita del lugar, porque en esos días yo estaba celebrando misa en otras aldeas. Además que lo vi bien de salud, y no me parecía de urgencia. Así fue, el domingo por la tarde le llevamos a Cristo Eucaristía. Al volver ya de noche, pensaba en lo grandioso del día que me había tocado vivir, una jornada completa, llena de bendiciones. Gozando de poder tener la casa en un lugar tan simple, en plena tierra de misión.

Antes de terminar el relato de este día, me gustaría contarles de un insecto que existe por estas tierras y que le llaman “siafu”. Como no merece dedicar una crónica al asunto, lo agrego aquí a modo de apéndice, y como es algo sin importancia, pueden también obviar su lectura. Se me viene a la mente esto, porque cuando íbamos caminando hacia la casa de “John”, en un lugar del camino había un sendero bien negro de estas “hormigas”, y el catequista me advirtió para que no las pisara. Ya hemos tenido varias anécdotas con esta especie de hormigas, que son muy agresivas. Apenas uno toca el caminito por donde están pasando, se te sube una cantidad y en pocos segundos ya sientes las picaduras por todo el cuerpo, ¡hasta en el cuello! La vez pasada, cuando hicimos la procesión eucarística a la montaña, al regreso pasamos por encima de un “siafu”… yo traté de no pisar, pero se ve que la capa pluvial sí pasó por el caminito, y al rato estaba lleno de estar hormigas, pero a la vez portando la custodia con el Santísimo. Los padres que iban cerca de mí me ayudaron a sacar todas las que se veían por la capa pluvial. Me decían que bajo la capucha de la capa estaba lleno de estas.

Recuerdo también que una noche, providencialmente, había dejado el portón abierto, y antes de acostarme fui a cerrarlo. Cuando llego al portón, en el medio de la oscuridad, siento algunas hormigas en la pierna, alumbro con la linterna y veo que estaba parado arriba de un manto de hormigas. Termino de cerrar y en medio de la desesperación de salir del lugar y sacarme las hormigas, veo que el patio estaba lleno, y no miento si les digo que era un manto negro que lo cubría, y se dirigían a todas partes invadiendo todo. Luego de sacudirme las hormigas que veía o sentía, pasé por sobre esa manta dando brincos hasta un depósito en el que tenía, providencialmente también, un veneno que habíamos preparado un par de días antes para las arañas e insectos. Habían sobrado varios litros, así que de inmediato me puse a esparcir por todas partes, especialmente en la puerta de la casa… por donde estaban ya entrando en formación bien armada hasta el pasillo de las habitaciones. Me contaron los padres de la casa de formación, que una noche pasaron estas hormigas, como una legión romana, y terminaron con todos los pollitos de la granja de los que quedaron sólo los huesos. Las otras noches fueron a liberar a los chanchos que estaban siendo atacados por estas hormigas, que ya los tenían jaque mate, subidos por todo el cuerpo y el chiquero repleto de hormigas. Ahora nos damos cuenta de lo peligrosas que son, y tratamos de evitarlas como lo hacen la gente de aquí, con gran respeto.

En la próxima terminaré de contarles lo que Dios nos tenía preparado en las restantes aldeas de Nyasa.

Que Dios los bendiga.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE

PD: me pidieron que agregara algunas fotos de las «siafu», ahí van. Las saqué de internet, de las que hay en nuestra zona.