Peregrinacion_Loreto_Servidoras_

«La Santísima Virgen María … antecede con su luz al Pueblo de Dios peregrinante, come signo de esperanza segura y de consuelo»[1]. Es exactamente esto lo que unos cien religiosos de nuestra querida familia religiosa hemos vivido en la noche de Pentecostés. Como familia religiosa hemos participado junto con más de 80.000 (SIC!) jóvenes, adultos y ancianos a la 41º peregrinación de Macerata – Loreto.

Esta peregrinación tuvo su origen en 1977, a partir de una experiencia que tuvieron algunos jóvenes al peregrinar a Czestochowa – la otra Madonna Nera. Ellos propusieron a su profesor de religión, Don Giancarlo Vecerrica, actual administrador apostólico de la diócesis de Fabriano-Matelica, de hacer algo parecido acá en Italia. El sacerdote exhortó a sus estudiantes de ponerse en camino hacia la Santa Casa de Loreto, al igual que los peregrinos tradicionales, haciendo un gesto de fe y de sacrificio. Fue así que al año siguiente en la noche del 17 al 18 de junio de ese año peregrinaron 300 estudiantes, bajo una lluvia y bajo la protección de la Santísima Virgen María, a la Santa Casa de Loreto, en acción de gracias y de súplica al final del año escolar.

El punto de llegada de esta peregrinación es particularmente significativo. Para nuestra provincia, por estar bajo el patrocinio de Nuestra Señora de Loreto y para nuestra familia religiosa, porque el Santuario custodia gran parte de la casa donde vivió la Virgen en Nazaret. De hecho, al entrar en esta casa, está escrito con letra grande Hic Verbum Caro Factum Est, aquí el Verbo se hizo carne. Creo que cada uno de nosotros ahí ha elevado súplicas al Eterno Padre para nuestra familia religiosa y la ha llevado como intención particular durante todo el peregrinaje. Fuera de la otra parte de la casa, que está en Nazaret, no puedo imaginarme mejor lugar para pedir «el don de hacer que cada hombre sea “como una nueva Encarnación del Verbo”»[2] . Creo también que no haya mejor oportunidad para pedir a Dios de ser fieles a nuestro carisma, de poder «trabajar, en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María, a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano, aún en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas»[3]. Por la amorosa providencia de Dios en esta peregrinación se dieron todos estos cuatro elementos. Empezamos la peregrinación con la Santa Misa de las primeras vísperas de Pentecostés vigilando toda la noche para la pronta venida del Espíritu Santo, nos dirigimos hacia uno de los Santuarios Marianos más importantes, hacia la casa donde el Señor asumió – y con eso enseñoreó – todo lo auténticamente humano, y no faltaron situaciones difíciles, porque luchamos contra el sueño, el dolor de las piernas, los pies etc.

Muy edificante fue ver como muchos de nuestros religiosos respondieron con gran caridad a la pregunta ¿De qué orden religiosa sois? A las cuatro en la mañana, con las piernas, los pies y la espalda que duelen, responder con una sonrisa y emprender un diálogo apostólico no es poca cosa. Lo mismo que ver como varios de los seminaristas quedaban atrás, para ayudar a los peregrinos que tenían más dificultad y cómo los sacerdotes estaban disponibles para escuchar las confesiones de los peregrinos. No podemos dudar de los frutos que ha traído y traerá este apostolado hecho con sacrificio, porque como dicen nuestras constituciones: «Para nosotros el trabajo pastoral es cruz»[4] y más aún, «Los religiosos… han de estar convencidos que la mejor forma de desarrollar un apostolado eficaz es la unión más estrecha con el Verbo Encarnado y el amor a las almas hasta el heroísmo de la entrega sin reservas»[5]

Hubo muchos jóvenes, y jóvenes con “pasta”. Seguramente entre estas jóvenes hubo varios que tenían vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. Porque cómo dice nuestro querido fundador «El que tiene vocación está dispuesto a hacer cosas grandes, heroicas, incluso épicas por Cristo y su Iglesia»[6]. Y aunque la peregrinación tuvo su cuota de sacrificio, principalmente estuvo marcada por una gran alegría. Esta «alegría, que es el secreto gigantesco del cristiano, [que] es espiritual y sobrenatural, y nace de considerar el misterio del Verbo Encarnado. Alégrate, regocíjate, le dijo el ángel Gabriel a María»[7]. Hubo una verdadera caridad entre los peregrinos, hubo un clima de oración en donde elevábamos súplicas al Señor por muchísimas intenciones, hemos rezado los 20 misterios del rosario, las Letanías de los Santos, las Letanías Lauretanas, cantamos durante todo el camino himnos a la Virgen y cuando llegó el cansancio estaban preparadas pequeñas o grandes consolaciones, como las velitas que llevamos en procesión y que nos hicieron olvidarnos por un buen rato los dolores físicos, fuegos artificiales cuando casi estábamos por llegar a Loreto, y en un lugar hasta estaba expuesto el Santísimo Sacramento, para quien cantamos el Tantum Ergo y las correspondientes Letanías. Al llegar a Loreto tuvimos la gran alegría de ser recibidos por nuestra Señora, que nos esperaba adornada con centenares de flores.

Pero la alegría más grande ha sido que este año hemos ido cómo Familia Religiosa, y por eso no sólo hemos empezado esta peregrinación con una Misa, pero también terminamos el peregrinaje con una Misa. Porque ahí pudimos unir nuestro sacrificio al Sacrificio por excelencia y alegrarnos y dar gracias a Dios por todo lo que Él nos dio en este peregrinaje, que como decía  el P. Jesús Segura IVE, en su homilía: Dios no se deja ganar, nosotros hemos dado algo a Dios, pero Él nos ha dado mucho más.

Al final de esta noche heroica teníamos que cargar combustible para volver a casa. El señor que nos sirvió me preguntó si había hecho la peregrinación. Pensando que lo había visto porque caminaba un poquito chueco, le contesté que sí, con una sonrisa un poco forzada por el cansancio. Para mi sorpresa el señor me dijo que reconoció nuestra «devisa» (el hábito) y contó que él solía participar a la peregrinación, pero que ahora ya varios años ayudaba cómo voluntario, estando con los altoparlantes a lado del camino. Ahí me di cuenta que el Padre Jesús tenía razón: Hemos dado poco, hemos hecho solamente un pequeño sacrificio. Este amante de la Virgen, que estuvo toda la noche parada bajo el volumen bastante fuerte de los altoparlantes, para servir y animar a miles y miles de amantes de la Virgen, ahora mientras nosotras ya estábamos heroicamente durmiendo en el auto, estuvo de pie para servirnos nuevamente. No le pregunté cómo se llamaba, pero en este peregrinaje a la casa de la Virgen no podía faltar un San José.

En Cristo y María

Hna. Maria Foederis Arca

[1] Directorio de Espíritualidad (DE) 304. [2] Constituciones (Const.) 31. [3] Const. 30. [4] Const. 156. [5] Const. 182. [6] Carlos Buela, Jovenes en el tercer milenio, IVE Press, New York, 2006, 185. [7] DE 204.