La idea era aprovechar la obligación de ir a la Beatificación para peregrinar a Córdoba Capital para visitar las Estancias Jesuíticas, la Beata María del Tránsito Cabanillas, las Iglesias y el Cabildo en el centro de la ciudad y poder hacer apostolado con la gente de la Tercera Orden.

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Padre Gonzalo Gelonch, IVE y seminaristas menores del Instituto del Verbo Encarnado en Argentina.

Desde 15 días antes de la Beatificación estuvimos estudiando entre todos, divididos en grupos, los distintos temas que encontraríamos: historia del beato, el contexto político; historia de la beata cordobesa; la obra de los jesuitas; las fundaciones de la corriente fundacional que bajaba del Alto Perú; los indios del lugar y sus costumbres más o menos caníbales; las guerras de la independencia; las guerras entre unitarios y federales; etc. Hicimos un puesta en común justo antes de salir, que tuvimos que cortar porque los chicos querían seguir por más de dos horas discutiendo y comentando sobre lo que habían leído.

Llegamos a Cura Brochero un día antes de la beatificación, aprovechamos a recorrer el pueblo, conocimos la casa de ejercicios que él levanto (actualmente  museo) y rezar delante de los restos del Beato. A la noche fuimos con los chicos al lugar donde se realizaría la misa para tener un buen lugar para el día siguiente. Varios de los chicos se quedaron en vela, ya que a las tres de la mañana comenzaron con cantos, el rezo del rosario y presentaron brevemente la vida del “Santo Cura Gaucho”. Realmente se vivió un clima de recogimiento y oración (los padres, por ejemplo, pudimos confesar a la vista de los chicos durante 8hs). La santa Misa fue a las diez de la mañana, presidida por el cardenal Amato, al finalizar la ceremonia se leyó una carta del Papa Francisco dirigida a todos los presentes y especialmente exhortaba a los sacerdotes a seguir el ejemplo del cura Brochero; también se paso un video de la bendición que hizo el Papa en Roma, de la campana que luego regaló a la parroquia de cura Brochero. Era notable la alegría de toda la gente que pudo participar con fe de tan hermosa beatificación.

Además de poder disfrutar   ampliamente la beatificación (los padres, por ejemplo, pudimos confesar a la vista de los chicos durante 8hs), fuimos –con mi papá, Edmundo, como guía- el domingo a visitar las Estancias de Colonia Caroya, Jesús María y Santa Catalina: primicias de la obra de los jesuitas, ya a partir de 1616. Son ejemplo de civilización, evangelización (algunas reducían a 4000 aborígenes) y de bellas artes (especialmente Santa Catalina, en donde pudimos celebrar Misa). Tuvimos después una cena con jóvenes amigos de un menor cordobés. El lunes –también con mi papá- fuimos a tener Misa sobre los restos de la beata M. del Tránsito y pudimos aprender mucho de boca de la H’na Cecilia, hermana del P. Guerra. Luego visitamos el centro de la ciudad: Monserrat, Cabildo, Monasterio de Santa Catalina, Iglesia de Santo Domingo en donde está la Virgen del Rosario del Milagro que es la patrona de Córdoba, La Compañía de Jesús y la Catedral. Mi papá fue explicándonos todo y más… los chicos, con mucha confianza y soltura, le hicieron mil preguntas y lo exprimieron como es debido. Luego fuimos a cenar con la Tercera Orden y los menores hicieron un apostolado notable con sus cantos, recitados del Cura Brochero y su alegría. El martes, luego de visitar la Estancia de Alta Gracia (que es ya del 1588), de nuevo junto con mi papá, y habiendo aprendido mucho de la genialidad misional de los jesuitas; emprendimos la vuelta por las Altas Cumbres.

Tuvimos varios desperfectos con el colectivo, pero finalmente llegamos el miércoles a la tarde.

La frutilla del postre: durante la rotura del colectivo, mientras esperábamos las camionetas que nos rescataran, en Beazley (San Luis) pudimos hacer un paseo en locomotora y entrar en un montón de vagones abandonados. Los encargados de los trenes nos explicaron cómo funcionaban y para qué se usaban ahora. ¡Los chicos, felices!

Antes de salir, en la Misa, les hablé del espíritu de peregrinos que debemos tener. Destaqué tres cosas que considero que los chicos asumieron y cumplieron colmando sobradamente nuestras expectativas: el peregrino debe tener, primeramente, espíritu de abnegación y confianza en la Providencia, pues va a una gran aventura y con medios escasos. Doy fe que esto lo cumplieron pues no escuchamos quejas e incluso las dificultades fueron enfrentadas con mucha fe y la alegría que le sigue (hicieron, por ejemplo, un cantito con el “te fregaste, diablo”). En segundo lugar, es necesaria la caridad entre los peregrinos: soportarse, ayudarse, sostenerse. No imaginé que la vivieran tan bien; pues no hubo peleas o discusiones notorias, e incluso se vieron gestos notables de sacrificio de unos por otros. Además fueron ejemplares en tratar con caridad y agradecimiento a cada una de las personas que nos ayudaban o recibían: creo que impresionaron a todos muy bien. La última cualidad debía ser el espíritu de Piedad, de hijos de Dios y de la Patria, lo cual implica conocer mejor a Dios, sus santos y a los patriotas; y amarlos creando un verdadero arraigo, asumir a los padres de la Patria católica como parte de la propia existencia. Esto creo que fue lo mejor: nunca se resistieron a ninguna explicación, por más ardua que haya sido, y no dejaron de interrogar con verdadera sed a los guías (que fueron óptimos). Luego de haber aprendido no dejaban de meditar comunitariamente lo visto y no tardaban en ponerse en oración, muy naturalmente.

 No puedo callar lo que he visto: tantas gracias de Dios. Ahora debemos ser fieles.

En Cristo y María,

P. Gonzalo Gelonch, IVE 

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