Hace ya un año y un poco más que iniciamos la misión en el Hospital “Dr. Noel Sbarra”, lugar también conocido como ex “Casa Cuna”. Queremos recoger aquí algunas “perlitas” que, en su inocencia, los niños en su más tierna infancia le ofrecen al Buen Dios.

“…de la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza”

Todas las noches antes de dormir los “más grandecitos” de los niños (estamos hablando de quienes tienen entre uno y tres años), luego de ser bañados, cambiados y puestos en sus cunas, se asoman curiosos, como esperando jugar un poco más. Su intención, que no es precisamente dormir todavía, se envalentona cuando escuchan la voz de la hermana que los invita a “tirarle besos a Jesús” y a la “mamita del Cielo”, la Virgen María. Y su emoción es aún mayor, cuando se les acerca el crucifijo para que lo besen (o para que aprendan a hacerlo…).

servidoras-la-plata-argentina-hospitalEste besito a Jesús, se va repitiendo a lo largo del día, cada vez que la hermana les muestra su crucifijo, o cuando ellos descubren que pueden encontrarlo escondido debajo del delantal con sólo tirar de la cadena que lo lleva; siempre acompañados por la aclaración de que la cruz no se mete en la boca sino que se le da “besito a Jesús”, “Jeee-sús”. 

 Cierto día soleado, llevaba en mis brazos a Rosario[1], una pequeña niña de un año y medio, para que aprovechara a jugar en el parque del hospital junto con los otros niños. En el camino, ella toma, como ya se había hecho costumbre, la cadena para buscar la cruz y observarla entre sus manitos. Yo le pregunto, sin esperar respuesta, pues aún no había aprendido a hablar, “¿quién es?”. Grande fue mi sorpresa escuchar susurrar de sus labios un tímido “Eee-sús”.

Naturalmente, la primera palabra de un niño suele ser “mamá” o a lo sumo “papá”, en cambio, quiso Dios en su Providencia que para esta niña, naturalmente o “sobrenaturalmente”, su primera palabra fuera el dulcísimo nombre de “E-sús”.

La “Petko”

Muchos de los bebés que viven en Casa Cuna, esperan del juzgado el veredicto de “adoptabilidad”, es decir, declarar que ya determinado niño entra en la lista para ser adoptado. Hasta lo que podemos entender y ver, es el paso más complejo y arduo del proceso que podría llevar a que un chico se vaya con una familia.

El 9 de julio, día en el que conmemoramos a la patrona de nuestra comunidad, la Beata María de Jesús Crucificado Petkovic, fundadora de una congregación de hermanas que se dedican a la atención de los niños, especialmente huérfanos, pusimos su cuadro en la capilla sobre un pequeño altar hecho para la ocasión. Este año la fiesta fue un sábado, día en que muchos niños suelen salir a pasear con voluntarias. Esa tarde, se me ocurrió llevar a la capilla a cada uno de los niños que habían quedado en el hospital, para que ellos le rezaran directamente a la Beata. El primero en bajar fue Agustín, de 2 años. Nos acercamos a la imagen y le dije que le pidiera a la “Petko” unos papás buenos, y le di un beso al cuadro, para que él hiciera lo mismo. Agustín asintió con su cabe

cita y no sólo le dio un beso a la “Peko”, como osó repetir, sino que también abrazó el cuadro sin pretender soltarlo.

Luego de llevar por turnos a dos niñas más, tomé el cuadro y lo llevé a la sala de juegos, pensando también en los otros chicos que, por estar en sillas de ruedas, sería más difícil trasladarlos para que pudieran saludar a la Beata en su día. Desde que Agustín me vio llegar con el cuadro, no dejó de pedir con un “piadoso capricho” que se lo diera para besarlo. Las enfermeras, sorprendidas, me comentaron luego que no hubo consuelo para él después de que tuve que reestablecer el cuadro a su lugar.

A la semana siguiente, previa visita del juzgado, Agustín ya estaba en la lista para ser adoptado. Hoy vive con sus papás, a quienes relaté el hecho para dar gracias a la “Petko” que obtuvo de Dios esta gracia también para ellos, que tanto la esperaban. Agustín se había ganado el corazón de quien cuidó durante su vida terrenal a tantos niños semejantes a él. Que ella también lo proteja hasta su muerte.

Él mismo llevó su perlita

Eran las seis de la mañana cuando escuchamos sonar el teléfono. Nos levantamos al instante pensando “algo pasó”. Del otro lado del teléfono, un enfermero nos daba la noticia de que José había fallecido.

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Tenía tres años, unos ojos grandes oscuros, con hermosas pestañas arqueadas, cachetes grandes, un cuerpito regordete, un poco endurecido por su patología neurológica. Toda su corta vida estuvo postrado en una cama, necesitaba oxígeno para respirar, y cada tanto recaía con fiebre, por alguna infección, sometiéndose cual corderito a los pinchazos y demás menesteres médicos que el caso requería.

Al poco tiempo de nuestra llegada al hospital, les administramos a todos los niños que corrían riesgo de vida, el “agua del socorro”. Así tam

bién la recibió José, junto con los nombres de

José del Corazón de Jesús”. Todos los días me acercaba a su cama para hablarle, cantarle una improvisada canción al “ángel de la guarda” y sobre todo, para rezarle cerca de su oído y pedirle que rece y ofrezca sus sufrimientos por los sacerdotes. Su mirada perdida de a ratos se encontraba con la mía y salía de su boca un dulce suspiro. Muchas veces tenía yo la duda de hasta dónde entendería un niño en su condición, pero lo que es seguro es que yo entiendo menos de las cosas y misterios de Dios.

Mi “pequeño Cristito” como alguna vez lo he llamado, pues no cabía duda de que compartía los padecimientos de Nuestro Señor, está ahora gozando del Cielo. De eso tampoco cabe duda. Consuelo inmerecido para nosotras, misioneras, tener la certeza de que un alma encomendada ya esté en el Puerto Eterno. Y no sólo eso, sino saber que él ahora intercede por quienes lo cuidaron. Esto también nos hace ver cómo es de grande la misericordia de Dios, pues estas víctimas atraen del Señor las gracias para la conversión de quienes sufren otro tipo de enfermedad, que es la del pecado. ¿Quién cura a quién?

Dios nos conceda la gracia de aprender a “ser como niños”, y así pronunciar siempre el nombre de Jesús, a pedirle con confianza las gracias que necesitamos y ofrecer nuestros sufrimientos por amor a Dios.

María Fons Vitae

La Plata – Noviembre de 2016


[1] Los nombres de los niños citados no son reales, fueron cambiados para preservar su identidad.

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