Un día lluvioso, el cielo encapotado y gris. Pero no frío como tal vez podemos imaginarnos. Fresco, digamos. Comenzó a llover a la noche, y continuó una lluvia persistente y mansa. Un día del todo agradable, porque estaba fresco y porque llovía, algo muy necesario para el campo aquí en Ushetu. Como ya habían pasado seis días sin llover, en plena época de lluvias, se estaba esperando el agua que tanto bien le hace a los cultivos.

Niños a la salida de la escuela

Hoy no pude hacer la meditación por la mañana temprano, así que a media mañana, fui a la iglesia con ése fin. Como era tanta el agua que caía, podría estar sólo allí, ya que muy poca gente andaba bajo la lluvia. La iglesia estaba abierta, y vacía. Comienzo a rezar, y al rato de estar allí, se me da por mirar atrás mío, y veo a un niño sentado a unos cinco bancos de distancia. No lo escuché entrar, por el ruido de la lluvia en el techo de la iglesia, pero me imagino que también ha entrado tan sigiloso porque estaba descalzo. Lo saludo, como es costumbre entre cristianos: “Tumsifu Yesu Kristu” (Alabado sea Jesucristo). “Milele amina” (por siempre sea alabado), responde. Y se acerca a donde yo estaba. Luego de un breve intercambio de saludos, le digo que estoy rezando, que si quiere quedarse allí a rezar. Asiente con la cabeza.

Por esas cosas de Dios, el tema que estaba meditando era el de la humildad, y la oración humilde. Se me da por pensar en el niño que estaba al lado mío, sentado, muy callado rezando. ¡Qué buen ejemplo que me ha traído Dios!

Paskali

Le pregunto su nombre. “Paskali”, responde. Por la medallita de la Virgen que lleva colgada al cuello, recuerdo que estuvo entre los que jugaron el campeonato de fútbol el día de la Virgen de Lourdes. Y allí se siguió el siguiente diálogo:

–       ¿Estás bautizado?

–       Si, estoy bautizado.

–       ¿Cuántos años tienes?

–       Ocho.

–       ¿A qué curso vas?

–       Primer grado.

–       ¿Has hecho el catecismo de comunión?

–       No todavía.

–       ¿A qué has venido a la iglesia?

–       A rezar.

–       ¿A saludar a Cristo?

–       Si.

–       ¿Tienes que regresar a la escuela después del mediodía?

–       Sí.

Aquí los niños de la escuela salen al mediodía para que vayan a sus casas a comer algo. Pero hay muchos que son de lugares muy lejanos y quedan dando vueltas por ahí, esperando el momento de reingresar a clases. Muchos de estos, se están acostumbrando a venir a saludar Jesús en el Sagrario en ése tiempo.

Le explico brevemente que en “esa cajita” está Jesús, la Eucaristía. Que como es Dios nos escucha, aunque sólo le hablemos con el pensamiento o el corazón. Le podemos pedir por nuestras necesidades, por la familia, por nuestros padres, hermanos, amigos… para que nos vaya bien en la escuela. A ése Jesús va a poder recibir en la comunión y llevarlo a todas partes, cuando haga el catecismo. ¡Tener a Dios dentro nuestro! Luego le señalo la imagen de la Virgen y le digo lo mismo, que como es nuestra Madre, nos escucha y nos ayuda. Por eso le podemos pedir también por todas nuestras necesidades.

Paskali (a la izquierda) junto a otros niños

Ya con ésta breve catequesis, pienso que podrá aprovechar un poco más al estar allí sentado. Continúo mi meditación, y en momentos me sorprendía que no escuchaba nada, ni sentía ningún movimiento. Por el rabillo del ojo trataba de observarlo, para no distraerlo… y lo veía con los ojos mirando a la Virgen en algunos momentos, y otras veces mirando el sagrario. Así estuvimos largo rato sentados a la par en la iglesia. Me distraje algún momento pensando en la postal que sería para ustedes mirar la iglesia grande, vacía totalmente, y sólo el misionero sentado en los bancos, con un niño de ocho años a su lado, ambos rezando en silencio ante el sagrario.

Me acordaba de la historia del santo Cura de Ars… ante el campesino que pasaba largos ratos en la iglesia mirando al Sagrario, y ante la pregunta del santo, luego de verlo tantas veces allí, recibe la respuesta tan sencilla de “Yo lo miro, y Él me mira”.

La oración del humilde… y pensar en ése niño de ocho años, sin catecismo, casi media hora “hablando” con Jesús y la Virgen. Cuando ya lo veo que comienza a estirarse… me imagino que está un poco cansado, lo invito a que vea las imágenes del Vía Crucis. Le digo que se pare en el banco delante de cada imagen, para poder ver mejor. Allí, como podía con mi swahili, le comencé a explicar un poquito cada estación. Tal vez le servirá a Paskali para rezar después, cuando regrese a la iglesia y no haya nadie.

“¿Este quien es? ¿Y élla quién es?… ¿Porqué lleva la Cruz?” Hasta que llegamos a la primer caída, y le explico que cae por el peso de la cruz. Al llegar a la quinta estación, se suman otras seis niñas que habían entrado en la iglesia y se acercan a la explicación. Así seguimos los pasos de Jesús y su Madre por la vía dolorosa. Ya en  la tercera caída de Cristo Paskali respondía con gran rapidez: ¿Porqué cae Cristo? – Porque la cruz es muy pesada. ¿Porqué es tan pesada? – Porque también están nuestros pecados.

Terminamos nuestro Vía Crucis explicado con una oración ante el Sagrario. Luego, afuera de la iglesia nos saludamos, les dimos los merecidos caramelos, y les pedí tomarles alguna foto antes de que se fueran, así les podía mostrar a ustedes.

Sobre todo escribo esto, para que puedan ver que estos son consuelos para el misionero. No son grandes cosas, pero finalmente al mirar a Cristo acompañado de esta manera en un sagrario de África, y conversando con unos niños de ocho años… si Él les dedica éste tiempo y se goza en su compañía, cómo no vamos a alegrarnos nosotros también. Y de paso, ya que nuestra oración es incapaz de llegar a los niveles de simplicidad de ellos, me sentí honrado de que me ayudaran en ése intento.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego, IVE

 

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