Gozamos de una tregua de cinco días de esta espantosa guerra. Así es que aprovechamos para llevar ayuda a los más necesitados y nos dirigimos hacia El Jiza’a, en Jan Iunes, localidad situada al sur de la Franja de Gaza en la frontera con Israel.

Estamos llegando a Al Jiza’a, una de las localidades más dañadas. Estamos por entrar en la ciudad que así nos recibe.

Seguimos a pie. Silencio. ¡No se puede creer! Es tremendamente difícil conceptualizar lo que significa tanta destrucción.

Panorama desolador.

No hay casas, solo escombros. Eran viviendas y ya no están más. Eran sueños de años y se desvanecieron en un minuto.

Por ejemplo, Abu Ahmad. Un hombre sencillo que pasó toda la vida trabajando para tener su casa. Tenía que habitarla en Setiembre. Pero ya no podrá hacerlo.

Seguimos. Poco más adelante el tanque del agua potable del barrio, destruido. ¿Por qué? Sinceramente, no lo sé.

Los niños son las silenciosas e inocentes victimas de lo que aquí se vive. Baste pensar que un niño de solo 6 años ha vivido ya 3 guerras, en medio de un ambiente de hostilidad y violencia, con habituales esporádicos-bombardeos, en una prisión a cielo abierto. ¿¡Qué clase de infancia pueden vivir!? ¿¡Qué personalidad pueden fraguar que carácter forjar!? Es difícil encontrar en ellos la alegría espontanea.

Y, ¿cómo hace la gente? ¿Cómo enfrenta todo esto? ¿Cómo se empieza? Se empieza resignándose a aceptar la realidad. Lo que sucedió no se puede cambiar. Solo queda confiarse a Dios y recomenzar. La vida continúa. Van a sus casas (ruinas), observan, repasan, recuerdan los lugares de la casa donde estaba tal o cual cosa. Ven una ropa, que todavía sirve, la separan. Una silla, un zapato, una cuadro, un ladrillo… lo separan, pues todavía es útil. Y así, con el resto. Se comienza de a poco y se camina un paso a la vez. ¡Que fortaleza!

Estando allí encontré un hombre que me dio una gran lección. Me acerco para hablar con él y al final, como despidiéndose me dijo: “No me queda más que Dios”. Resultan extraños, a veces, los caminos que la Divina Providencia utiliza para instruirnos. Creo que este debiera ser el lema del religioso, desprendido de todo, confiado solo a Dios.

Es ya pasado el mediodía. Por ahí una familia almorzando en lo que queda de su casa. Abas, garbanzos, cebollas, constituyen el bocado diario básico, y muchas veces el único. El “faddal” nos invita a unirnos a ellos. Un “shukran” y un “bendito sea Dios por vuestra salud” nos permiten seguir adelante sin detenernos.

Más adelante, un montón de escombros con la bandera palestina. Alta, esbelta, flameando, como sugiriendo a un tiempo la paciencia de la gente simple y sencilla que no baja los brazos, y la enorme fortaleza que los caracteriza, para recomenzar una vez más da capo.

Poco más adelante, la frontera.

Volviendo ya, el paso lento y el ánimo ido, no se puede menos que elevar una plegaria al Buen Dios, porque tenga misericordia de todos; porque ilumine y cambie las inteligencias de los responsables de semejante masacre, que duras cuentas habrán de dar ante Él; por los niños, tristes víctimas de esta locura.

Paciente lector, no te quiero cansar. Quise escribir algunas cosas así, como bullen del alma, simplemente “por que veas lo que yo veo”.

In Domino

P. Jorge Hernández, IVE

Deja un comentario