El 1º de diciembre del año pasado recibimos la ordenación sacerdotal de manos de S.E.R. Theodore Cardenal Mc Carrick. Con motivo de nuestro primer aniversario de ordenación quisiera compartir una oración que escribí para mis compañeros:

 

sacrocuore1Oración de un sacerdote. Señor mío y Dios mío, mira a tu pequeño servidor que te dirige esta sencilla plegaria apelando a tus mismas palabras para cumplir su inmerecido ministerio: Pedid y se os dará, buscad y hallareis, llamad y se os abrirá[1]… es así que, mi buen Padre, que te pido misericordia, que busco tu gloria y llamo a las puertas de tu bondad infinita para implorar tu gracia en favor del plan divino de redención trazado desde la eternidad, rogando en mi indigencia, en mi debilidad y mis limitaciones, que seas tú mismo el gran conquistador de las almas que me has encomendado.

 

Señor mío, escucha mis plegarias y bendice mi sacerdocio con una vida de virtud; concédeme olvidarme por completo de mí; que mi única preocupación sea extender tu reinado y llevar almas hacia ti. Moldéame, Señor, en la cruz de tu Hijo para que pueda asemejarme a Él dando la vida por mis ovejas, que en realidad son tuyas, puesto que todo es tuyo[2].

 

Dios, Padre Todopoderoso, Autor de la vida y la resurrección, te pido por los hijos que me has concedido la gracia de engendrar por el bautismo, que crezca junto con ellos la fe y la gracia, que aprendan a caminar el sendero de la virtud y que no olviden jamás que tienen por Padre al mismo Dios-Creador del cielo.

 

Concédeme, Señor, te pido, un verdadero espíritu de padre: que aprenda a gastarme y desgastarme por mis hijos, que mi alma esté siempre en vela para socorrer las necesidades del espíritu que aquejan a los pobres pecadores, que eduque primero con el ejemplo y aprenda a morir a cada instante de mi vida con tal de salvar la de los hijos que quieras encomendarme; que los cuide y los proteja mientras caminan hacia Ti por los caminos de tu providencia divina…

 

Te suplico, Padre eterno, por todos aquellos que han recibido y recibirán de mis frágiles manos aquel divino y santo cuerpo de tu Hijo Jesucristo junto con su sangre, para que aquel manjar de ángeles fortalezca sus almas y acreciente la vida divina que, sembrada en el bautismo, comienza allí a germinar como vástago precioso que exige eternidad.

 

padre_pio_misaTe ruego, Padre bondadoso, por mis penitentes; por todos aquellos que vendrán a  mi humilde confesionario con sus pecados, miserias y dolores, para que vean no mi rostro sino el tuyo, para que se acusen con sinceridad y contrición y pueda yo ser aquella caña por la cual fluya copiosa tu misericordia y tu perdón. Señor, que los conforte como un padre, que los instruya como un maestro, que los juzgue con buen discernimiento, que sepa darles los remedios que requieren sus flaquezas; pero sobre todo que se abracen a tu clemencia y desprecien inexorablemente el pecado, confiando absolutamente en aquel perdón divino que ofreces continuamente a los pecadores, al punto de haberlo revestido con la sangre de tu Hijo.

 

Te suplico, Dios Todopoderoso, Señor de los corazones y fuente de toda virtud, por aquellas almas que han de nutrirse de tus palabras salidas de estos indignos labios: que no pronuncie mi boca más que tu mensaje de salvación; que no enseñe más que la verdad recibida, conservada y transmitida por la santa madre Iglesia, tu cuerpo místico y mi esposa; que este siervo tuyo pueda contribuir en tu obra de disipar las tinieblas del error, de hacer brillar tu luz admirable sobre la tierra en penumbra y de ser una lámpara más de aquellas que no se ocultan bajo el celemín[3] sino que se ponen en lo alto para llevar tu resplandor a donde quiera que vayan.

 

Otórgame, Señor, un corazón de carne para comprender y consolar el sufrimiento de las almas que conquistaste con la cruz y muerte de tu propio Hijo;  dame un corazón de piedra que resista los embates del mundo, del demonio y de mi propia carne; concédeme, mejor, un corazón de espíritu, para poder adentrarme en las verdades eternas y abrazar con ardiente amor tus sagrados misterios y extraer de ellos la preciosa dulzura que mi ministerio exige derramar sobre los demás impregnándome yo primero de ella, pues nadie da lo que no tiene y no es posible invitar a los corazones de los hombres a que te amen si antes no me dejo consumir de celo por tu gloria[4].

 

Dios omnipotente, concédeme fortaleza en mi debilidad, paciencia en la adversidad, auxilio en la tentación, luz en la oscuridad, confianza en la tribulación y total entrega en mi peregrinar.

 

Convierte mi vida, Señor, en un continuo ofertorio y que toda ella gire en torno al santo sacrificio del altar, que toda ella se ofrezca en la sagrada patena y sea elevada con ella juntamente hacia las alturas que busca insaciablemente mi alma en esta tierra con la esperanza de llegar algún día ante tu presencia, sin las manos vacías, sino habiendo fructificado el maravilloso talento, la dádiva preciosa y don celestial del sagrado sacerdocio que por tu sola infinita misericordia he recibido y que pongo en las manos de la santísima Virgen María, la tierna Señora de los cielos, bajo segura custodia…

 

Que te ame, Señor, y que te amen; que mi sacerdocio lleve la impronta  de tu amor abrasador por las almas; que no anteponga nada a Ti y que sólo te busque a ti en cada alma que venga hacia mí ansiando poder hallarte y nutrirse de tus dones.

 

Lleva, Señor, mi ministerio al puerto seguro de la salvación, bendícelo y santifícalo, Dios Padre Todopoderoso, y no me permitas, te lo ruego, ser infiel a tu llamado.

“Tuyo es el poder y la gloria por siempre Señor”[5]… tu pequeño servidor te pide, con la sencillez de un niño, que “no abandones la obra de tus manos[6]

Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén

 

P. Jason Jorquera, IVE

Monje

 



[1] Mt 7,7

[2] Cfr. 1Cro 29:11  Tuya, oh Yahvé, es la grandeza, la fuerza, la magnificencia, el esplendor y la majestad; pues tuyo es cuánto hay en el cielo y en la tierra. Tuyo, oh Yahvé, es el reino; tú te levantas por encima de todo.

[3] Cfr. Lc 11,33  “Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor“.

[4] Cfr. Sal 69,10  “pues el celo por tu Casa me devora, y si te insultan sufro el insulto”.

[5] Misal Romano, del rito de la comunión.

[6] Sal 137, 8

Deja un comentario