Estaba viajando desde Italia hacia los Estados Unidos para reunirme con mi familia, cuando sucedió repentinamente la muerte de mi tío Steve. Unos días mas tarde me encontré en una situación que parecía subrealista: estaba usando su teléfono viejo, que me habían prestado para ayudar con los trámites para el funeral, cuando de repente llegó un mensaje a este teléfono, y yo no podía creer lo que estaba leyendo.  Era un mensaje de parte del médico que lo había tratado por el cáncer. Este médico había podido erradicar el cáncer con quimioterapia, pero los efectos secundarios del tratamiento habían sido fatales. El intercambio de mensajes breve pero conmovedor fue el siguiente:

sábado 18 de abril, 21:48 hs.

-Dr. Michael, soy Steve Miola y quería agradecerle por su ayuda en el descubrimiento y el tratamiento del cáncer. Su amabilidad y preocupación me ayudaron mucho. Como tal vez habrá escuchado, estoy perdiendo la batalla contra la toxicidad bleo, pero quedo muy agradecido a Ud. Gracias

(El médico responde)

Estoy al tanto del problema de toxicidad bleo ¿Cuál es la situación actual?

No es mucho el tiempo de vida que queda aquí en el Fox Chase. He recurrido al oxígeno sólo para sobrevivir esta noche; espiritualmente preparado y listo para encontrar a nuestro Padre Celestial en cualquier momento.

El Tío Steve no había escrito con el fin de consultar al médico pidiendo consejos o alivio, ni para desahogar su ira o echar culpas, como hacen algunos pacientes. Ni siquiera le dijo que estaba muriendo, hasta que el doctor le preguntó explícitamente. ¡No!, él estaba escribiendo para agradecer al médico. La sinceridad de su acción de gracias fue tan pura, que me asombró hasta las lágrimas. ¿Qué tipo de hombre es aquel que, en su lecho de muerte, incluye al médico que le había suministrado el medicamento tóxico, entre la gente con la cual quiere  ponerse en contacto, despedirse, y agradecer? Según Cicerón: «la gratitud no sólo es la más alta de las virtudes, sino también la madre de todas», una verdad que parecía verificarse aquí delante de mis ojos. Es la forma de gratitud a la cual están llamados los cristianos.

La primera cruz del tío Steve

Cuando en el año 2005 le comuniqué al Tío Steve que iba a entrar en el convento, inicialmente no se puso muy feliz. Compartía el dolor de mi padre, su gemelo, que parecía estar perdiendo una segunda hija en la vida religiosa (mi hermana Fiat había entrado cuatro años antes). Sin embargo, Uncle Steve (así lo llamábamos en familia) nunca se opuso, tal vez gracias al mismo principio de lealtad familiar. Empezó a asistir a fiestas e incluso visitó mi noviciado cuando yo era aún postulante. En una de estas ocasiones, en el cálido ambiente de nuestro comedor, una luz golpeó a U. Steve tan agudamente como un rayo, pasando casi imperceptiblemente. Con una mente siempre activa, se fijó en mi cruz de Matará, la única parte del hábito que yo había recibido por aquel entonces, y comenzó a bombardearnos con preguntas acerca de sus representaciones peculiares.

Unos meses más tarde, el día de mi Toma de Hábito, U. Steve apareció con una cruz de Matará que había tallado en madera, con todos sus símbolos precisamente grabados.

Silver-Cross-SSVM-Uncle-SteveSilver-Cross-Matara-SSVM-Uncle-SteveIVE-Shield-SSVM-Uncle-SteveSilver-Cross-Matara-SSVM-Uncle-Steve_1Silver-Cross-Matara-SSVM-Uncle-Steve_2

Poco después, aprendió del simbolismo de nuestro escudo y fabricó una hermosa versión de pintura sobre madera. Lo que comenzó como una fascinación de artista se transformó en un símbolo de su afecto hacia mi hermana Fiat y hacia mí; y una manera de apoyo hacia nuestra vocacion religiosa. Una vez, cuando un sacerdote le ofreció (educadamente) pagar a U. Steve por los escudos de madera del IVE que le había pedido, nuestro tío respondió rápidamente que los escudos los tendría pero sin retribución, mientras que él pudiese grabar los nombres de sus sobrinas en la parte de atrás, como hacía con todas sus obras.

IVE central

Pero estas cruces y escudos se convirtieron en algo mucho más que una muestra de afecto hacia nosotras; pronto todo su tiempo libre fue empleado en la producción de nuestras insignias, para repartirlas a los misioneros en todo el mundo. Sin duda, la mayoría de ustedes ha entrado en contacto con al menos uno de sus escudos, cruces, tarjetas, o signos de alguna misión o casa de formación. El inventario de su producción, al igual que su taller, era en sí mismo una obra de arte. Se extendió por 37 páginas, 80 tipologías, y miles de artículos, e incluyó medidas de sus piezas, fotos en color, fechas, descripciones de material y observaciones sobre cómo y a quién se entregó cada obra. Cualquiera que alguna vez haya conocido a U. Steve se acordará de cómo casi nunca visitó ningún lugar sin dar al menos una presentación de sus regalos; no era simplemente una cuestión de orgullo en su propio trabajo, sino un momento para explicar los símbolos y reflexionar sobre el significado en consonancia con el material utilizado, completando así la intención del regalo. Él ingenió distintas maneras para que su obra se multiplicara y fuera distribuída de manera útil a la Congregación. Inventó su propia máquina con cuchillas en forma de aguja fina cuya única función era la de tallar la parte superior de la cruz de Matará, un trabajo demasiado refinado para cuchillas ordinarias. Siempre nos enviaba varias copias de sus obras para que decidieran nuestros superiores cómo y a quién convenía dárselos.

Generosidad que daba sin contar el costo

Mi hermana y yo observamos que su afecto había ya alcanzado otra dimensión: el amor natural se hizo sobrenatural. Tal vez se había plantado una semilla de este amor sobrenatural incluso en su primer contacto con la cruz. Hace aproximadamente un año, en los días previos al funeral, mientras estaba en su taller, me encontré con una carta en sus archivos, impecablemente conservada (claramente, U. Steve había preservado todas las estampitas, cartas, correos electrónicos, folletitos, programas, panfletos y dones recibidos del IVE). Era una carta que había escrito yo cuando era novicia, la cual estaba junto a un diagrama que me había enviado él: se trataba de un diagrama agrandado de la cruz de Matará, en el cual él había marcado los distintos símbolos con preguntas que yo debía conectar a su significado. De este modo él quería mejorar la precisión de su comprensión de la cruz y así después perfeccionar sus obras.

Cross-Matara-Layout-Uncle-Steve-Servidoras

La pasión con que produjo tanto trabajo aumentó cada vez más, y los misterios que él tallaba con sus manos dejaron sus huellas en lugares nuevos. Se inscribió para un Master en Teología en el Seminario San Carlos Borromeo y estudió grandes libros bíblicos y escatológicos. Empezó a rezar diariamente un rosario por intenciones particulares (una devoción que había vuelto a aprender pegando las cuentas de un rosario sobre el escudo IVE) y sirvió como acólito en una parroquia tradicional en el centro de Filadelfia. Su relación con la Congregación creció también; en poco tiempo parecía conocer más nombres de hermanas y sacerdotes que yo, y organizaba viajes sólo para visitar a los misioneros que se habían vuelto sus amigos. Después que falleció, una hermana se me acercó para contarme de una donación que él le había hecho para ayudarle a pagar los préstamos de la universidad, con el fin de entrar en el convento, sin que mi hermana o yo supiéramos. Le encantaba comprar pigmentos preciosos y otros instrumentos artísticos para una religiosa contemplativa que pintaba iconos, aunque nunca la había conocido personalmente. Aunque la vida contemplativa había generado un poco de rechazo inicial en él, las contemplativas terminaron por ser algunas de sus amigas preferidas de la familia religiosa. También se regocijó en las fiestas particulares de nuestra Familia religiosa y confeccionaba obras celebratorias para coronar aniversarios, ordenaciones y visitas especiales. Hizo una pagoda china para colgar silenciosamente en una pared adentro del claustro de un monasterio para honrar una intención particular de oración. Nos dimos cuenta entonces cómo la obra de sus manos había pasado a las del Artista divino.

Non recuso laborem

Recuerdo sólo una vez en los últimos 15 años que U. Steve se enojó conmigo. Fue después que él había cumplido un pedido particularmente grande: más de 7000 tarjetas laminadas para una misión, para lo cual tuvo que quitar una semana de trabajo para poder terminarlo. Sabiendo que U. Steve nunca dijo que no a un pedido, Fiat y yo decidimos que era mejor que nosotras manejáramos todos los pedidos a partir de entonces y filtrarlos antes que llegaran a U. Steve. La semana siguiente recibí una llamada telefónica de U. Steve, quien me hizo saber que no aceptaba esta idea y que le competía a él manejar directamente los pedidos; ahí nos dimos cuenta de que no había manera de poner límites a su generosidad.

Omnia fecit bene

En «IVE central», como llamó a su casa, se utilizaban sólo los materiales más adecuados. U. Steve buscaba por doquier los instrumentos que él estimaba mas adaptos; pasando días o meses investigando para sus proyectos; una vez cruzó el país para comprar todo un depósito de madera, importado, de tipo Ziziphus mistol argentino, para poder usar la misma madera que la de nuestra cruz de Matará. Comenzó a implementar solamente pan de oro (en vez de pintura) para todos los escudos, y así restauró los ya realizados. Llamó a su taller «las estaciones de la cruz», según la serie de pasos que implicaba la realización de una sola cruz. Contrató los servicios de su esposa fiel y exquisitamente paciente, nuestra tía Paula, como «control de calidad», cuyo trabajo consistía en controlar cada pedazo de alambre de la cadena de Rosario, uno por uno, asegurándose de que estuviese perfectamente ensamblado.

Uncle-Steve-Rosary-Cross-Matara-SSVM

Ternura

Ciertamente, tenía algunas amistades que le fueron particularmente queridas: la M. Ánima, el P. Diego Ruiz, el P. James Ty, el P. Cima, la Hna. Anunciación, la Hna. Wspomozycielka, el P. Ayala, la M. Caridad, la M. Virgen Blanca, el P. Brian Dinkel. Pero su amor por las hermanas y sacerdotes abrazó a todos en la Familia religiosa de manera indiscriminada y todos ellos lo llamaban “tío Steve”. Él les hablaba a todos sus colegas acerca de nosotros. Una vez, un compañero de trabajo, tal vez un poco harto de escuchar todo el charloteo glorificador, lo desafió: «Bien, Steve ¿puedes nombrar al menos uno de estos sacerdotes o hermanas que no sea inteligente, compasivo, caritativo, alegre, talentoso o maravilloso en todos los sentidos?» Tío Steve contestó tan alegremente como había comenzado la conversación: «¡No!». Me parece que Dios infunde una ternura particularmente ferviente, que arde en ciertas almas (como por ejemplo la de Brunello de Segni). Es un hermoso don de la prerrogativa divina, una cierta lealtad a la verdad que brota del amor al bien y del creer en los ideales que el ser querido es capaz de hacer, incluso si no las ha hecho. Estas almas nos aman hasta la muerte como los padres aman a sus hijos. Nos defienden ferozmente a pesar de nuestras faltas, que no parecen tener mucho peso para ellos, desapareciendo como gotas insignificantes en el mar de tal ternura.  «Tales nos ama Dios, cuales hemos de ser por su don, no cuales somos por nuestro mérito»[1].

Habría muchas más cosas para decirles, mi querida familia, pero la verdadera historia de un alma es demasiado larga y demasiado profunda para esta simple crónica; he tratado de mostrar sólo algunas imágenes de un hombre que se hizo Tío para todos nosotros.

Su última obra maestra

Quisiera terminar con unas palabras sobre el final de su vida, cuando nos dimos cuenta de quién era realmente nuestro Tío Steve. En la última etapa de su enfermedad, nos encontramos con un hombre bastante cambiado. Ciertamente nos quería mucho a Fiat y  a mí, pero nos dimos cuenta de que algo había pasado más allá de nosotras, un amor más puro y sobrenatural que lo colmó totalmente. El habló de cómo se había acercado mucho a  Juan Pablo II y la Virgen de Luján, cómo rezaba por ciertas misiones en particular, o por hermanas y sacerdotes de la congregación; en sus últimos días se convirtió en apóstol de la participación activa en la Santa Misa. Me quedé maravillada de ver cómo había asimilado ciertas cosas que eran notablemente «nuestras», no porque se las habíamos enseñado o mostrado, sino simplemente porque estaba bebiendo del mismo espíritu.

Horas antes de morir, en presencia de mi hermana y de la M. Sacred Heart, se aclaró la garganta y dijo con emoción que él era U. Steve y que quería hacer su última presentación. Dijo: «Yo quería hacer un proyecto, una especie de terapia durante mi lucha contra el cáncer. Reflexioné en lo que podría hacer, tal vez algún proyecto con bicicletas o algo por el estilo, como hacía en mi juventud. No, claro que no; tenía que ser algo con el IVE. Decidí hacer un mosaico del escudo de San Juan Pablo II. Pero ya se sabe, una cosa interesante empezó a suceder mientras que estaba trabajando en ese escudo. Empecé a estar muy cerca de Juan Pablo II. Usted me dijo hace mucho tiempo, Fiat, que Juan Pablo fue especial, porque al final de su vida nos enseñó a sufrir. Así que decidí pedirle que me enseñara a sufrir como lo hizo él. Y lo hizo. Y luego me llevó a Nuestra Madre. Así que cuando vean las fotografías mías trabajando en este escudo, no hagan justicia a la realidad; no, eran realmente tres los que estábamos trabajando en él: ¡Nuestra Madre, Juan Pablo, y yo! Hice este mosaico en agradecimiento por todas las oraciones del IVE durante mi enfermedad. Estoy muy agradecido y honrado de ser parte de esta familia, de ser “Tío Steve” para esta familia del IVE.»

Uncle-Steve-Totus-Tuus-SSVM

Este mosaico está colgado en el la Procura de las SSVM en Roma, en su memoria. Él pidió ser enterrado con el alba que usaba cuando servía la S. Misa y llevar la cruz de Matará a la tumba. Las hermanas bordaron un escudo en el alba blanca, de tal manera que aquellos que lo miraban veían los dos símbolos de nuestra Familia religiosa.

Quedó muy agradecido por las bendiciones de Dios al final de su vida y se enfrentó a la muerte con serenidad, incluso confiándole a mi hermana que él tenía una «felicidad secreta», como él la llamaba. Secreta, tal vez, en ambos sentidos, tanto oculta como profundamente interior.

Tío Steve había dicho que fue su condición de ser «Tío Steve» para los demás lo que lo hizo fuerte en sus horas de prueba. Y de hecho esto debe ser cierto, si creemos que la comunión espiritual entre los miembros de nuestra familia religiosa es real, de modo que se da constantemente un intercambio de gracias dispensadas y distribuídas, ganadas y recibidas.

Un mensaje enviado a una hermana Servidora sólo dos días antes de su muerte expresa esta idea con sus propias palabras:

«Sé que estamos unidos como familia, fortalecidos y unidos por nuestra fe y el amor de nuestro Señor y uno para el otro. Podemos sólo empeñarnos en obedecer su voluntad, como Jesús nos enseñó. Veremos dónde acaba todo esto, pero sé que no estoy solo y que todos ustedes están conmigo y que puedo seguir su ejemplo con toda la confianza de que seré su servidor obediente cueste lo que cueste.
Con mucho amor,
Tío Steve»

Dios hizo prósperas las obras de sus manos[2].

Uncle-Steve-Religious-Family-Incarnate-Word

Los que están interesados en ver una selección de las obras de U. Steve hechas a lo largo de los años, pueden tener acceso a través de este enlace (que él mismo compiló):

http://share.shutterfly.com/action/welcome?sid=0QatmzJo4ZMWT8&emid=shareprintviewer&linkid=link5&cid=EM_sharview

[1] «Tales nos amat Deus, quales futuri sumus Ipsius dono, non quales sumus nostro merito». Concilio de Orange (529), can. 12; cf. Concilio de Trento, sec. VI cp. XVI.

[2] Salmo 90, 17.

Deja un comentario