El 1 de Junio del año 2012 yo celebraba mi primer aniversario de sacerdote. Llevaba sólo 8 meses en mi primera misión en Canadá y  me sentí  obligado a dar gracias a Dios por todas las bendiciones recibidas en tan breve tiempo, estaba muy impresionado por la desproporción absoluta entre los frutos de la misión y los medios que Dios usaba.

Yo sabía que no era casualidad ver tantos frutos  y por lo mismo comenzaron a desfilar por mi cabeza todas aquéllas personas que con sus sacrificios habían hecho posible la misión; comenzando por nuestro fundador, los superiores, formadores…hasta que mi mente se detuvo en una persona y brotaron espontáneamente las siguientes palabras: De un modo muy especial agradezco a mi mamá…Este año he podido comprobar una vez más que Dios me ha bendecido con esta mamá y estoy convencido que es gracias a sus oraciones y generoso sacrificio que mi ministerio ha sido tan fecundo. Sé que cada vez que celebro el Santo Sacrificio del altar ella está ahí conmigo ofreciendo su vida junto a María al pie de la Cruz. Sentía que mi mamá estaba unida de un modo único a mi sacerdocio y sus frutos.

Al poco tiempo me enteré que mi mamá tenía un cáncer mortal, el cual se fue apoderando poco a poco de sus fuerzas en medio de grandes dolores. Gracias a Dios y a la generosidad de mis superiores pude acompañarla los últimos meses de su vida y vi como llevaba su cruz con gran ánimo y entereza.

Finalmente, la tarde del Viernes 18 de enero del año 2013, ya en el hospital, inmediatamente después de haber celebrado la Misa Votiva del Sagrado Corazón de Jesús, mi mamá falleció luego que yo pronuncié las palabras de despedida, la Misa ha terminado pueden ir en paz. Esa vez ella no pudo responder demos gracias a Dios con sus labios,  pero respondió con todo su ser.

Murió rodeada por las oraciones de sus seres queridos y nuestra familia religiosa. Por eso el día de su funeral no pude evitar decir,… Dios no sólo le dio un hijo sacerdotesino cientos de hijos sacerdotes que en todas partes del mundo se encuentran hoy rezando la misa por ella. En Egipto, Grecia, Italia, Estados Unidos, España, Rusia, Ecuador, Francia, Argentina, Filipinas, Brazil…hay hijos suyos que están rezando por ella porque como me dijo un amigo, hoy misionero en Rusia: “en Cristo, el Verbo Encarnado somos uno en la oración por tu mamá”.

Recuerdo que cuando me fue a ver a Italia con motivo de mi ordenación diaconal me dijo: la vida aquí es el cielo en la tierra. Sin saberlo, en esas pocas palabras expresaba la experiencia de Marcelo y muchos de nosotros. Creo que en ese momento ella pudo experimentar la alegría de haber sido escuchada por Dios. Entendí esto más tarde cuando leí nuevamente una oración que ella rezaba y compartió conmigo antes de mi ordenación:

Jesús mío, yo te ofrezco y consagro mi hijo. Tu omnipotencia creadora me lo dio. Mi corazón de madre te lo entrega. Aleja de él todo pecado, guárdalo en tu gracia, míralo con predilección y acógelo, Jesús mío, para que te sirva y un día se acerque a tus altares.

A mí déjame sufrir por tu amor; pero llama a mi hijo a seguirte, a amarte, a llegar a ser apóstol. Dale sed de almas; amor de los pueblos infieles y la predilección de tu Corazón Divino.

Que desde mis brazos, donde aprendió a amarte, su Santo Ángel de la guarda, lo conduzca, sacerdote a tus altares…apóstol, a las almas…misionero, a los infieles…religioso, al cenáculo de tu amor…santo, al Cielo.

Yo no te pido más que esto. Madre mía, Virgen Santísima del Buen Consejo, ¡guía a mis hijos!

Es por esto que doy gracias a Dios cada día, por haberme formado en el corazón de mi madre para ser sacerdote, religioso y misionero del Verbo Encarnado y le pido a Dios la gracia de no ser ingrato, de no ser malagradecido, en pocas palabras: ¡La gracia de no olvidar jamás que detrás de toda Acción de gracias hay un sacrificio!

P. Diego Ruiz

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