Querida Familia Religiosa,

Con mucha alegría queremos hacerles partícipes de una de las actividades que hemos podido realizar en nuestro apostolado, aquí, en el Santuario mariano, Onze Lieve Vrouw ter Nood, en Heiloo, Holanda.

Durante los meses de febrero, marzo y abril, hemos recibido, durante los fines de semana, la visita de distintos grupos de niños que se preparan para recibir su Primera Comunión (8 grupos con en total más que 200 niños) y de pre adolescentes que prontamente recibirán la Confirmación (6 grupos con 75 jóvenes). Ambos grupos, pertenecientes a diferentes parroquias de la Diócesis, las cuales habían recibido una invitación del Santuario para participar de dicho programa.

verbo encarnado

Para los primeros, pensamos un programa variado, donde primeramente se les contaba la historia del Santuario donde vivimos, ya que la mayoría de ellos venía por primera vez. Aclaremos que los niños venían con al menos un miembro de la familia, papá, mamá, abuela, etc. Y de algunos venía la familia completa. Esto era para que los papás se sintieran también partícipes en los preparativos de tan gran acontecimiento. Luego ensayaban los cantos que cantarían al final de la tarde. Acto seguido visitaban la capilla del convento donde el Rector (párroco) de aquí les explicaba las distintas escenas de los vitreaux y lo más importante: hacía un resumen del sacramento de la Eucaristía, insistiendo en la presencia real de Jesucristo bajo las apariencias de pan y vino. Tal vez, para alguno de esos niños era la primera vez que oían eso dicho así tan simple y al mismo tiempo que esconde algo tan maravilloso. Y luego rezábamos todos en silencio. Era muy hermoso ver la candidez de muchos, conscientes de la presencia de Jesús en la Eucaristía. Los primeros movimientos o ruidos de los niños eran el indicio de que ya no podían pasar más tiempo totalmente concentrados, entonces, el rector se incorporaba para terminar la oración. A veces, sin embargo tuvo que esperar bastante, ya que los niños quedaban en un profundo y pronunciado silencio. Eso era muy enriquecedor para nosotros, los adultos – tanto los religiosos como los que venían acompañando los grupos – ver que los niños rápidamente se abrían al misterio y lo aceptaban sin poner obstáculos.

Luego llegaba el momento de diversión ya que mientras nos encaminábamos hacia la Capilla de las Gracias, por el bosque, los niños hacían un juego similar a la búsqueda del tesoro. Donde tenían que buscar en el terreno, diferentes lugares claves, donde se esconde una letra. Al final del camino tenían que tener todas las letras para formar una frase referida a María. Todo el material con las fotos de los lugares y la explicación correspondiente los tenían en un pequeño librito que recibían al principio del juego.

El juego terminaba estratégicamente enfrente de la Capilla de las Gracias. Que tiene distintos frescos en cada uno de sus muros. Todos referidos a la vida de María Santísima. Allí recibían la explicación de los muros, que en realidad era otra catequesis. Los niños tenían muchas preguntas, no tanto sobre los cuadros, sino sobre los episodios de la vida de María o de Jesucristo. Enfrente de esta Capilla se encuentra una fuente de agua milagrosa que según la tradición hizo brotar San Willibrordo, uno de los primeros apóstoles de estas tierras. Todos los niños querían tomar un poco del agua milagrosa, e incluso llevarla en una botellita a sus casas.

Volvíamos al convento donde compartíamos una cena fría. Y luego el cierre del programa era en la Capilla de las Peregrinaciones, que también está en el bosque y es mucho más grande. Allí los niños podían escribir intenciones en un papelito, que luego eran depuestos en una canasta. Y luego de hacer unas breves oraciones, todos encendían una antorcha y salíamos en procesión hacia la imagen de la Virgen que está en el bosque, enfrente de una laguito. Durante la procesión cantábamos las canciones aprendidas al principio de la tarde. Uno de los niños caminaba adelante llevando la canasta con todas las intenciones, y la depositaba a los pies de María.

Para los pre adolescentes, que tenían entre once y trece años pensamos algo más acorde a su edad. Ellos llegaban por la mañana. Los recibíamos y comenzábamos con juegos de presentarse a sí mismos para que los otros y también nosotras los conociéramos, sobre todo cuando recibíamos grupos de distintas parroquias el mismo día. Luego comenzaban los deportes y juegos, siempre en equipo. Fútbol, ping pon, y lo que a ellos más les gustaba: arco y flecha. Para muchos era la primera vez que lo practicaban, y les parecía corto el tiempo que tenían para tratar de ganar más puntos. Cuando ya se veían las señales del cansancio después de tanta actividad deportiva, llegaba la primera catequesis sobre el sentido de la vida. Después de un breve tiempo libre tenían la segunda catequesis sobre las palabras que Cristo pronunció en la cruz. Esta catequesis tenía lugar en el bosque, precisamente enfrente de la estación número doce del Vía Crucis que hay en el bosque, donde hay verdaderamente un Calvario, con la cruz en lo alto. El lugar ayudaba mucho a hacer la “composición de lugar”, y esto se veía en la seriedad de sus rostros al escuchar sobre el sufrimiento y sobre todo el abandono de Jesucristo a la voluntad de Dios Padre. Inmediatamente después teníamos el almuerzo. A continuación realizaban algunos otros juegos y competencias, un poco más “tranquilas”, ya que el cansancio hacía que los jóvenes no estuvieran tan activos. Después tenían la última catequesis sobre el Espíritu Santo ya que próximamente recibirán la Confirmación.

Después iban caminando hacia la Capilla de las Gracias donde se les contaba un poco sobre las pinturas en la pared y donde ellos mismos, en silencio, podían escribir intenciones y depositarlas a los pies de la imagen de María y también prendían una velita, algo muy típico en estos lugares. También visitaban la fuente de agua de San Willibrordo y aprovechaban a beber de esa agua tan pura y fresca. Antes de despedirlos, se les entregaba una tarjeta con uno de los frutos del Espíritu Santo, mencionados durante la catequesis, con la consigna de tratar de ponerlo en práctica en este período previo al recibimiento del Sacramento. Todos se sorprendían por esa idea, pero les agradaba. Algunos incluso venían a preguntar qué significaba el fruto que les había tocado, porque nunca habían oído hablar de magnanimidad, mansedumbre, continencia, etc.

Como estos niños y jóvenes vinieron solamente una vez al Santuario, tratamos de repetir las cosas esenciales de cada sacramento y de la fe, aunque todo en un día.

Rezamos para que Dios les disponga el alma para recibir dignamente los sacramentos y que ellos abran el corazón a Jesús que quiere morar en ellos y hacerlos completamente felices.

Encomendamos a sus oraciones a cada uno de estos niños. Y también encomendamos nuestros apostolados aquí en el norte holandés.

En Cristo y María,

Servidoras misioneras en Heiloo.

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