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Habíamos arreglado para ir a Tamine y Nepike. Son dos comunidades que están más metidas en la selva y las últimas en la zona. Según me decían ellos, después de estas dos villas ya no hay población, es sólo selva virgen. Son dos pequeñas villas que podrían ser más grandes pero mucha gente vive dispersa en la selva y baja a la villa sólo por alguna necesidad.

Preparamos una mochila con la sacristía y a las 8 am salimos con el catequista y con algunos otros que con gusto me quisieron acompañar. Caminamos literalmente cruzando ríos montes y pantanos. Ellos descalzos. Son parientes de nuestros patagones parece. Tienen un empeine súper ancho y robusto, que lo miras nomás y ya te da ganas de caminar, ja. Yo menos mal, tenía las zapatillas para el agua que me compréé con Agustín en Italia, las he usado todo el tiempo.

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El catequista tendría que haber ido unos días antes a preparar la gente, y catequizarlos un poco antes de que yo llegue. Pero… no pudo. De todos modos la gente sabía y estaba esperando. Un líder del lugar había preparado una lista con los nombres de los niños que no habían recibido el Bautismo. Caminamos dos horas y llegamos a la primer villa, Tamine. Nos recibieron muy bien. Hace por lo menos 3 años que un sacerdote no podía ir a celebrarles la Misa. Allí se quedó el catequista preparando todo para los bautismos y yo seguí con un par más hacia arriba, siguiendo el río, para visitar a la gente de Nepike y al menos bendecirles las villas. Caminamos dos horas más para llegar a Nepike. Ahora siguiendo el río, ya no había ningún tipo de huella. Cuando llegamos también nos recibieron muy bien. Antes de llegar se notaba cómo habían arreglado el camino y adornado con flores y guirnaldas naturales, por ponerles un nombre. Pero al hablar con ellos me encontré con que esperaban que yo haga los bautismos allí mismo, y según el catequista todos teníamos que juntarnos en una sola villa. Me decían que se les complicaba llevar a todos los niños cuesta abajo por el río…. Yo lleno de pena les expliqué que no tenía las cosas para celebrarles la Misa ni para hacer los bautismos allí mismo… Finalmente decidieron cargar a los niños cuesta abajo, como el catequista había previsto. Me pedían que me quede a dormir con ellos, que me quede a charlar y enseñarles más, así también iba a conocer a los que viven dispersos en la selva… Con dolor les dije que no podía.

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Antes de la Misa le pedí al catequista que les hablé de la Confesión. Y así mientras ellos rezaban el Rosario yo podía escuchar sus confesiones.

Estos fueron los primeros bautismos que hice. No sólo en Papúa sino en todo mi ministerio. Un regalo de la Providencia haber hecho mis primeros bautismos en la selva papuana.  Fueron en total unos 25 niños y un mayor. La Misa fue del todo particular. Cuando empezó el rito propio del bautismo se fue toda la ceremonia que venía tratando de guardar. Se vinieron junto al altar e iban cantando, comentando de cada niño…. Pero dentro de su simplicidad todo fue muy bello y simpático.

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Al terminar todo me tiré a descansar unos minutos en unos palos, mientras que los hombres comían buai y charlaban un poco. Me regalaron una caña de azúcar y emprendimos el regreso para que no nos agarre la noche en el camino. Llegamos si, de noche y caminando bajo la lluvia pero felices después de una jornada tan gloriosa. ¡No hay como las alegrías sacerdotales!

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Las mamás mostrando a sus niños reccien bautizados

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