Albania_Misión_Popular_2018_Servidoras

Queridos Todos:

queremos contarles sobre la misión popular que por gracia de Dios pudimos realizar en julio, en Tropojë (norte de Albania), muy cerca de la frontera con Kosovo. Se trata de una zona montañosa en donde hay distintas capillas, pertenecientes a una parroquia diocesana, donde teníamos el centro misional. La misión es organizada todos los años por la diócesis para llegar a aquellos lugares que no tienen regularmente asistencia sacerdotal debido a las distancias, a la condición de los caminos, a las grandes nevadas, y lamentablemente también por la escasez de sacerdotes. El obispo convoca a dicha misión a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de la diócesis que generosamente puedan ir evangelizar durante esas semanas del verano.

Este año, pudieron participar 3 sacerdotes (de los cuales uno era religioso), religiosas de cinco congregaciones diferentes, laicos catequistas y algunos jóvenes. Nos dividieron en tres grupos, cada uno a cargo de un sacerdote. El nuestro estaba constituido por un sacerdote diocesano, albanés, recién ordenado, 3 Servidoras (M. Meritxell, Hna. Drita y Hna. Shpresa) y un joven. Nos asignaron dos aldeas, muy diferentes entre ellas. Una, llamada “Cernizë” en una zona más bien llana, con unas 150 familias; y la otra totalmente en la montaña, “Firzë”, muy pobre, con casas totalmente aisladas entre sí.

Todos los días iniciábamos con la Santa Misa en el centro de Misión, y luego cada equipo se dirigía a su zona de misión, generalmente en una 4×4 para poder acceder a ciertos lugares. Por las mañanas visitábamos las casas, impartiendo la bendición a los hogares e insistiendo a la recepción de los sacramentos.  Muchas veces teníamos que caminar bastante para llegar de una casa hasta la otra, por pequeños senderos en la montaña y con las indicaciones de gente del lugar, porque eran casas literalmente perdidas entre las montañas. La mayoría de las familias eran católicas, aunque desgraciadamente muchísimas familias no eran bautizadas. Al mediodía nos reuníamos en la capilla del lugar, donde comíamos el frugal almuerzo debajo de la sombra de un árbol. Luego comenzaban a llegar los niños y jóvenes, que iban bajando por las distintas laderas de la montaña. Aunque se los convocaba a las 3 de la tarde, siempre llegaban una hora antes. Algunos para poder asistir tenían que dejar hecho su trabajo en casa, que podía consistir en llevar las ovejas o la vaca a pastar, trabajar en el campo, etc… Todos, desde los más pequeños, tienen un encargo para hacer, cumplido el cual, podían asistir a la misión hasta poco antes de las 6 de la tarde, hora en que debían regresar a su “trabajo” recogiendo los animales en el corral, u otras cosas.

El primer día de misión se les explicaba en qué consistiría la misión, y ese día se comenzaba por la limpieza de la Iglesia, ya que debían ser consientes que era un lugar sagrado, y era responsabilidad de todos ellos ofrecerle a Dios un lugar digno, limpio y comportarse de acuerdo a la dignidad del dueño de casa. Después de una pequeña oración o canto, se distribuía a los niños, según las edades, para enseñarles catequesis. Era admirable la gran sed de Dios que demostraban, y cómo nos escuchaban con gran entusiasmo y atención. Pedían libros para poder leer y aprender las oraciones. Los más pequeñitos -que fueron los que me fueron asignados-, de un día para otro se habían leído los pequeños catecismos de las 93 preguntas y se aprendían rápidamente todas las oraciones de memoria. También podían repetir cada día, de memoria, la lección que habían recibido el día anterior y explicárselas a algún niño que se hubiera agregado más tarde al grupo.

Luego de la catequesis, venía el tiempo de juegos, momento de verdadero consuelo para nosotros, pues los niños se divertían y entusiasmaban con poco y nada. De hecho, podíamos estar toda la tarde saltando a la soga, y era suficiente para mantenerlos a todos contentos.

Luego de la primera semana, comenzaron a acercarse a la Iglesia algunos jóvenes y familias para ser instruidos para recibir los sacramentos. Así, al final de la misión pudimos tener bautismos de jóvenes y adultos, primeras comuniones y matrimonios.

Agradecemos a Dios, por su gran misericordia por habernos llamado a ser sus instrumentos de su gracia y poder llevar a aquella gente un poquito de tanto bien recibido.

Les pedimos oraciones por todos aquellos que recibieron sacramentos, para que perseveren en la gracia y se conviertan en apóstoles entre sus coetáneos.

M.María Meritxell

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here