Queridos todos en el Verbo Encarnado

Quisiera compartir con ustedes lo que ha sido para mí el llegar a la misión a la que he sido destinado. No hay grandes anécdotas que contar. Simplemente una reflexión de lo que ha sido el comienzo.

Hace aproximadamente un mes llegué al país de los Molinos y hermosos canales (Holanda) en donde me encuentro ahora.

Qué me esperaba yo cuando descubrí mi vocación

Recuerdo que hace unos 10 años, cuando decidí ser sacerdote, anhelaba entrar a una congregación misionera y poder colaborar con mi grano de arena a dar Gloria a Dios y a la Salvación de las Almas.

Por esto, soñaba con llegar a una parroquia y sentarme en el confesionario con largas filas de penitentes esperando la misericordia divina.

Soñaba con gastarme y desgastarme celebrando la Santa Misa, predicando, atendiendo grupos parroquiales, organizando numerosas actividades tales como procesiones, vigilias, peregrinaciones, etc.

Soñaba también con la posibilidad de misionar en mi propio país (Chile) y, cómo decía el Beato Ceferino Namuncurá, poder “ser útil a mi gente”.

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Qué es lo que vi al llegar aquí

Sin embargo, las cosas han sido muy distintas. Dios se encargó de mostrar claramente, por medio de mis superiores, que su Voluntad era otra. Que el mayor bien lo haría de otro modo.

Así es como fui destinado a un país en donde la mayoría no es católica sino protestante.

Llegué a un país al que el progresismo y el materialismo han hecho una herida muy profunda.

Llegué a un país del cual desconozco completamente la lengua y en el cual, antes de varios meses de intenso estudio, no podré ni siquiera pensar en el más mínimo trato con las almas. Estoy por fin en el país en donde debo misionar, veo almas y más almas que me necesitan y yo sin hacer otra cosa que batallar contra un idioma que “me tiene contra las cuerdas”.

 

Y… ¿Para esto me hice sacerdote?

Esto podría parecer todo un fracaso. Podría hacerme sentir que me creé una falsa ilusión y llegar a decir: ¿Y para esto me hice sacerdote?

instituto_del_verbo_encarnadoCierto es que Dios se ha valido de mi para que pueda hacer unos pequeños apostolados “externos” sin buscarlos y hablando solamente español o inglés, como por ejemplo, cuando un día estando en la calle, una joven latina que me ve vestido de sacerdote y me escucha hablar español, se me acerca a hablar. Desde hacía mucho tiempo ella quería poder casarse pero quería que fuera en español (no hablaba nada de holandés) y creía que en Holanda no era posible. Por esto había dilatado mucho tiempo su situación sin regularizarla, esperando la posibilidad de algún día irse a casar por la Iglesia a algún país de habla hispana.

O también, el apostolado que pude hacer con mis compañeros de clases de Holandés de entre los cuales había un sólo católico. El resto, eran paganos, protestantes, ortodoxos o simplemente agnósticos. Ellos nunca habían tratado con un sacerdote católico y no se esperaban hacerlo, pero con el paso de los días, entrando más en confianza, pude llegar a hablar algunos temas más o menos religiosos, con unos más que con otros, y al final del curso, despedirme dándole a cada uno una medallita de la Virgen de la Medalla Milagrosa, la cual todos aceptaron con mucho gusto y muy interesados en aprender un poco más.

Pero si me pongo a pensar en lo que yo anhelaba cuando decidí entrar al seminario, podría caer en la tentación de pensar: Mi sacerdocio ha sido un fracaso. ¿Tantos años de sacrificio y estudio para llegar a esto?

¡Sí!  Para eso me hice sacerdote!

Pero si este fuera mi razonamiento, yo estaría profundamente errado.

instituto_del_verbo_encarnadoPor un lado, al llegar a Holanda, llegué a un país de gran tradición católica. Hasta hace medio siglo, enviaba misioneros a todo el mundo, los católicos abundaban y marcaban un estilo de vida en la población.

Por otro lado, llegué a un país en el cual necesitan del sacerdote. Hay aquí numerosísimas almas que esperan a que llegue alguien que las saque de su error y las conduzca por el buen camino. Esperan, aunque la mayoría sin saberlo, que alguien les de los sacramentos en el momento de su muerte y los ayude a educar en forma cristiana a sus hijos y los ayude a recuperar esa conciencia de la dignidad de ser Hijos de Dios.

Si yo creyera que ayudaría a salvar las almas solamente con procesiones, predicaciones y dirigiendo grandes grupos estaría muy equivocado.

Esto porque el más grande de todos los apostolados que puedo hacer aquí y en cualquier parte, lo hago ya desde el día que fui ordenado sacerdote, y para este no necesito hablar ni una palabra holandés ni ganarme la amistad de nadie. Sólo tengo que celebrar la Santa Misa. Eso es misionar y ese es el apostolado central y más grande que un sacerdote puede hacer. Y aunque lo haga sólo y ni siquiera conozca a los parroquianos,  se que con eso ya he hecho casi todo.

Como sacerdote, yo no puedo penetrar en el corazón de ningún holandés ni chileno ni de nadie si no es por una gracia especialísima de Dios que toca en lo profundo de las almas.

Y para esto, lo primero que Dios me pide es que rece mucho, viva lo mejor posible mis votos religiosos y me santifique en todo lo que pueda.

instituto_del_verbo_encarnadoAsí es como me encuentro en el arduo camino del sacerdote que recién comienza con su misión, camino que consiste en seguir aprendiendo la lengua y rezar y hacer penitencia por estas almas que necesitan del toque de la Gracia.

De este modo, con el paso del tiempo y si Dios así lo quiere, podré empezar poco a poco con otras actividades, que aunque menos importantes a las que ya puedo realizar, permitirán seguir sembrando en vistas al futuro, para que cuando llegue el tiempo propicio se transformen frutos de olor a agradable a Dios.

El trabajo principal es de Dios. Yo sólo puedo intentar ser capaz de decir al final de cada día: Siervo inútil soy, he hecho sólo lo que debía hacer.

Este ha sido mi comienzo y no tiene ningún brillo especial, pero estoy feliz con este comienzo de la vida misionera.

Me encomiendo a sus oraciones para poder ser fiel a la misión que Dios me pide y encomiendo también las almas que se me han encomendado.

P. Mario Rojas, IVE.

AMDG

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