Querida familia:

Tal vez se esperan escritos de aventuras misioneras, viajes en moto, cruces de ríos, animales salvajes y cuántas cosas más pueden pasar por la imaginación… pero creo que puede servir ver qué pasa por “adentro” del misionero. El misionero no vive de aventuras. La aventura misionera pasa por otro lado, impensable para muchos. Decía el Beato Juan Pablo II: “No eludáis la fascinante aventura de vivir la vida según el evangelio”.

San Agustín, reflexionando sobre el tiempo decía: “¿Qué es el tiempo? Si me lo preguntan, no lo sé; si no me lo preguntan, lo sé”. Es decir, una cosa es el tiempo, objetivamente hablando, y otra la precepción que tenemos del tiempo, el tiempo subjetivo… si se puede decir así. Y muchas veces nos pasa, que tenemos ésa percepción del tiempo… “Éste año se pasó volando”, “éste año se me hizo eterno”… y así por el estilo, siendo que todos los años tienen 365 días… y los días la misma cantidad de horas, etc.

¿A qué viene ésta introducción? A que los otros días cumplí mi primer año en la misión de Tanzania. Y mi mamá me escribió para saludarme, y me decía: “¡Feliz primer año de vida en Ushetu! ¡Increíble!… Cuando pienso y recuerdo el día en que te despedíamos en Fiumicino no  me parece  ya pasara un año, ¡tengo tan vivos esos recuerdos! Vos con tus crónicas y mails nos tenés tan al día de todo que casi no notamos el paso de este año.” Y junto con ése correo recibí otro de un sacerdote compañero de ordenación, que está en Argentina, que me escribía: “Realmente yo también tengo la impresión que hace más tiempo que estabas allí… ¡cuántas cosas!”

Junto a mi madre y a mis hermanos

¿Y si me preguntan a mí? Me inclino por decir que se me ha pasado mas bien rápido… pero tampoco se fue “volando”. ¿Y porqué ésta respuesta? Pienso que la razón está en aquella anécdota de Don Bosco cuando ingresó al seminario: “Después de saludar a los superiores y de arreglarme la cama, me puse a pasear con el amigo Garigliano por dormitorios y corredores, y al fin bajamos al patio. Alzando los ojos hacia un reloj de sol, leí esta inscripción: Afflictis lentae, celeres gaudentibus horae (Las horas pasan lentas para los tristes, y rápidas para los que son felices). “Esto es –dije a mi amigo -: he aquí nuestro programa; hemos de estar siempre alegres, y pasará el tiempo de prisa”.

A mi llegada a Tanzania me espera el p. Jhontin, IVE

El 18 de enero fue el día que pisé el suelo de Tanzania por primera vez. Hace un año que llegué a África… y me parece increíble. No digo que se me haya pasado volando, como les decía… no por eso deja de ser un año hermoso. Vemos cómo Dios bendice en medio de las cruces… el gozo es más puro, la alegría de lo que se vive en la misión es inmenso, y el precio es el sacrificio.

Cada día dan ganas de hacer un Te Deum por poder seguir adelante. Hay momentos en que vemos que si no es por la gracia de Dios, y la bondad de la Virgen, no nos darían las fuerzas. Por eso me he encomendado a las oraciones de todos, cada vez que he escrito un mail, pidiendo para que persevere hasta el fin.

Creo que Dios nos bendice a todos con gratas cruces, a nosotros aquí, a ustedes allá. Como somos cristianos, no puede ser de otra manera. Y debemos dar el ejemplo. Que nuestra mirada está puesta en la eternidad, y por eso hacemos lo que hacemos. Finalmente es grato gastar los días así, lejos, extrañando, sufriendo un poco. Porque sabemos que el premio será grande, y estamos totalmente convencidos de lo que va a venir… no tenemos la menor duda. Nuestra fe se apoya en firmes cimientos. Debemos comportarnos como sabios, con la sabiduría recibida de Dios en la revelación; y no como necios, enredados en los asuntos del mundo, sin la capacidad de pensar. Como enseña la sabiduría popular: “La ciencia mas acabada, es que el hombre bien acabe, porque al final de la jornada, el que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”.

Pero el sacrificio no significa tristeza… y por eso, nos inclinamos a pensar que se ha pasado rápido… y así se pasará toda la vida. Me parece difícil expresarlo con palabras más exactas que las del beato Pier Giorgio Frassati: “Me preguntas si estoy alegre. ¿Cómo no había de estar alegre cuando la fe me da el coraje para ello? Sí, estoy alegre, pues la tristeza debe ser desterrada de un alma católica. El dolor no es la tristeza, que es la peor de todas las enfermedades, y casi siempre fruto del ateísmo. El fin para el cual fuimos creados, nos invita a caminar por una ruta sembrada sin duda de muchas espinas, pero que no es triste; aún a través del dolor, esta ruta está iluminada por la alegría”.

No creo exagerar al contar esto. Espero no contradecirme en el transcurso del escrito. Es difícil expresar todo lo que uno piensa sobre el primer año en África. Un año es poco, y es mucho. Es poco, cuando uno ve que hay misioneros de 20, 30, 40 años… y más, en África. Uno es como un niño que recién está aprendiendo a caminar. En un año, uno percibe que un árbol no ha crecido gran cosa. Pero por otro lado puedo decir que es mucho, desde otro punto de vista… cada día ha sido un triunfo, cada Misa, y cada sacramento que he podido dar; cada lección de swahili, cada palabra y cada frase que he podido hilvanar… es mucho un año, sobre todo el primer año, y pienso que todos los misioneros que lean esto me darán la razón. Creo que el primer año en una nueva misión será siempre marcado por tantas experiencias inolvidables, muy gratas la mayoría, y algunas de mucho dolor, sobre todo en los fracasos, pero todas colaborando para la mayor gloria de Dios, y el crecimiento espiritual… determinado así por la paternal y adorable Providencia de Dios. Creo que ante la mirada de Dios, un año en la misión, no es poca cosa, ni siquiera un día.

El Obispo me presenta a la comunidad

Es como el inicio de nuestra vida religiosa. El noviciado. Es un año simplemente… pero ¡qué año! Jamás se borrará de nuestra mente. Cada ejemplo, cada enseñanza, cada corrección, cada alegría, cada cosa nueva… la sotana, el voto a la Virgen, el Ejercicio de mes. Es un año que nos marca a fuego. Yo recuerdo ahora lo que enseña el P. Carrascal acerca del “noviciado misionero” (no creo que ya haya terminado el mío, aunque como me gusta pensar: “falta un año menos”). Les transcribo el texto, aunque es un poco largo, pero no tiene desperdicio alguno:

“La alegría y el descanso que en la casa episcopal o en la cómoda Procura te ofrecen no es más que el abrazo obsequioso de huésped y la bienvenida de hermano que te hagan olvidar las fatigas e incomodidades del viaje. Pero pronto tendrás que cambiar de panorama y empezar tu noviciado misional. Si vas de joven a la misión, y aunque vayas de sacerdote, lo más probable es que vengas a dar en una de esas casas, ya ordinarias, de aprendizaje de la lengua. Ojalá te quepa esta suerte. Serán meses, quizá hasta uno o dos años, en que te volverás a sentar en los bancos como alumno. Tus días los pasarás ocupado, pero no preocupado. El aprendizaje te resultará fuerte, pero la compañía de tus hermanos, la vida tranquila y ordenada te hará pensar que no has llegado a misiones.

Eso no quita que ya entonces empieces, sobre todo si eres sacerdote, a sentir sobre ti los filos de algo que no sabes cómo definir: ¿soledad? ¿Vacío? ¿Insatisfacción? Posiblemente de todo un poco. Estate prevenido.

Antes de venir a misiones oíste quizá decir que una de las cruces del misionero era la soledad. Y tú te creías comprenderla pensando en el misionero solo en su misión.

Y yo te digo que la soledad la vas a sentir antes de llegar a la misión, mejor aún, quizá entonces ya no la sientas tanto como la puedes sentir desde los primeros días, dentro quizá de tu misma comunidad; una soledad acompañada. Porque tiene que ser así. Pasarán los primeros días de tu llegada, las primeras atenciones, las primeras visitas a éste o el otro sitio, muy pocos, porque hay muy poco que ver; y después te hallarás solo en tu cuarto, nadie te llamará a la portería. No hay ya ninguna fiesta a que asistir, o que presidir ninguna despedida, porque estás en un mundo pagano y extraño del que te aísla la sangre, la religión y la lengua.

Además en tu patria eras un misionero que parte a la remota China, que deja para siempre a su patria, que va a sacrificarse por las almas. Aquí eres un misionero novel sin experiencia, sin méritos aún, entre misioneros veteranos. No te extrañe si, ellos los primeros, no aprecian tanto lo que les exigiría una auto apreciación. Además de que «non Romae vivere laudandum est sed bene Romae vivere». No es lo grande venir a misiones, sino ser un gran misionero.

Por eso digo que no te extrañes, si pasadas esas primeras impresiones, ves que las horas de cuarto se te hacen un poco largas. No te desconciertes. Ya te dije desde el primer momento que la vocación misionera era sacrificio íntimo, holocausto completo. Ya te lo empieza a ser de un modo que tú quizá no habías pensado. Ven prevenido. Asienta de una vez para siempre que tu vida espiritual debe venir centrada en Cristo. Y que ese Cristo sacramentado que te despidió en tu patria, te acompañó en el viaje, te espera aquí también para que, aquí como allí, siga siendo El tu vida, tu centro. ¡Ay de ti si te olvidas de esta lección! Porque empezarás a sentir la primera desorientación de tu vida misionera. Muchas veces has oído hablar del Prisionero del Sagrario; que siga siendo tu Prisionero y tú prisionero con Él.”

Pido la gracia de no ser de esos “sentimentalistas descentrados” que dice el P. Llorente en uno de sus escritos, que se la pasan lamentándose, exagerando las distancias. Y que no me olvide de ser agradecido con Dios, que a veces en medio de los lamentos, puede que dejemos de lado un poco. Hay tantos que sufren mucho mas que nosotros. Hay misioneros en países en guerra. Hay misioneros en cárcel. Hay misioneros crucificados por las calumnias, las enfermedades, la incomprensión, o la soledad. Pero nunca abandonados… “pues puede con el auxilio divino, el qual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta”, como dice San Ignacio en los Ejercicios Espirituales. Dios tiene tanta bondad, que reviste las cruces de tal manera que a veces ni nos damos cuenta que podemos estar sufriendo… es como que vienen envueltas en papel de regalo.

Y si contamos las alegrías que nos concede… las sonrisas de tantos niños, el afecto de esta gente que agradece que estemos con ellos, las conversiones y las almas que han partido al cielo… las vocaciones, y los consuelos espirituales que no han faltado, las comuniones, las Misas, las confesiones, las visitas a las aldeas… en la balanza pesan mucho más que todo lo que pueda significar un poco de sufrimiento.

Espero haberme dado a entender… ha sido un año hermoso.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego.

DIARIO DE UN MISIONERO EN TANZANIA

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