A un mes de la partida al Cielo de nuestra querida hermana María de Betharram, quiero expresar mi más profundo agradecimiento a todos y a cada uno de Ustedes. Una vez más, cuando uno de los nuestros sufre y está por cumplir el acto más importante de su vida, se manifiesta la unidad de la familia religiosa que, acude solícita a quien más lo necesita, como hace una madre, como hace la Santa Madre Iglesia. ¡Cuántas gracias se derraman para que esta alma pueda llegar a la visión de Dios! Misas, unciones, viáticos, confesiones, indulgencias plenarias, recomendaciones del alma, las oraciones litúrgicas y las oraciones de todo el Cuerpo Místico.

¡Cuántas gracias se conjugan, cuánta caridad en oraciones y sacrificios de tantos miembros de la Iglesia -muchos de los cuales ni siquiera conocemos-, para que una monja tenga una muerte santa!

Dios me concedió el poder alternar con ella bastante en estos últimos años, pero, sobre todo, el conocerla más de cerca en sus últimos dos meses de vida. A pesar de estar postrada en la cama, podría decir que la he visto “en acción”, o más bien, he visto los últimos retoques de la acción de Dios en su alma hermosa, mientras su cuerpo -que reflejaba cuanto le era posible dicha hermosura- se iba desmoronando poco a poco (Cf. 2 Co 4, 16).

Al mismo tiempo que les agradezco, permítanme que les hable de corazón a corazón, sobre lo que el mío ha guardado como un tesoro precioso en estos días, porque, si de la abundancia del corazón habla la boca, no puedo dejar de referirme a nuestra querida hermana, y lo hago, como decía Marcelito Morsella, “como por desbordamiento”. No puedo dejar de dar gracias a Dios por esta hermana nuestra: Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús (1 Co 1, 4).

La historia de María de Betharram, mi hermana, comenzaba a escribirse en estas bodas…

La historia de María de Betharram comenzaba a escribirse en estas bodas,
en el Colegio Euskal Etxea de Llavallol (Buenos Aires)

Era noviembre del año 1961, mis padres, Iñaki y Maricarmen, que habían contraído matrimonio el 4 de ese mes, fueron de luna de miel a Punta del Este, entraron a la iglesia, se arrodillaron ante la imagen de La Candelaria, y pidieron por un hijo. A la vuelta, de Montevideo a Buenos Aires, de repente, en medio del Río de la Plata, se abrió una puerta de emergencia del avión a hélice en que volaban, la nave se había despresurizado, una señora fue despedida de su asiento y cayó en medio del pasillo, la cabina del avión se llenó de una especie de lanilla y el mismo comenzó a zigzaguear. Hubo momentos de pánico entre los pasajeros. Mi padre preguntó a mi madre: “Maricarmen, ¿qué hacemos? Y ella: Recemos”. Finalmente, dos hombres de la tripulación lograron cerrar la puerta, y el avión no se cayó. No podía caerse, pues ya se había encendido una candela, Miren Maite (María Amada, en vasco), la futura Betharram, ya había sido concebida.

Miren Maite, nació el 16 de agosto de 1962, en Buenos Aires.

Con nuestra madre, María del Carmen

Fue la primera de cinco hermanos: Miren Maite, Javier Iñaki, Jon Mikel, María del Carmen y Ana María Cecilia.

En la azotea de la casa paterna de mis abuelos, en el Barrio San Cristóbal, dónde vivíamos.

Años más tarde, se agregaría Sebastián, como hijo adoptivo de la familia, que es ahijado de bautismo de Maite y Javier.

Betharram creció en una familia católica, en la que se intentaba vivir el Evangelio, se rezaba el Rosario, y se iba a misa en familia, cantando en el coche, a la ida y a la vuelta: “te bendecimos, Señor, porque quisiste que fuéramos familia, porque nos creaste para la unidad, porque nos diste hermanos en quien poder amarte…” Una familia muy unida y muy feliz.

Jon, Ane, Javier, Maite y Carmen en Paraguay

De pequeños, muchas veces quedábamos bajo el cuidado de Betharram, y hay que decir que no siempre éramos del todo obedientes, pero ella tenía la responsabilidad de cuidarnos. Nunca perdió esa prerrogativa. Debo decir que ella siempre me ha cuidado, hasta que le dieron las fuerzas. Siempre fue nuestra hermana mayor. Días antes de morir, todavía me decía: “manejá despacio”, “no dejes de ir al oculista”, etc.

En Paraguay vivimos cuatro años. Maite hizo prácticamente allí toda la secundaria, y cuando terminó mis padres decidieron que volviéramos a Buenos Aires, para que Maite pudiera ir a la Universidad. Fueron años muy felices, donde, al no contar con la familia grande, estábamos muy unidos. Allí comenzamos a cantar algunas canciones folclóricas. Todos estudiamos algo de piano y guitarra. Al grupo le llamábamos “Las voces del Remanso”, porque habíamos ido a Asunción, ya que mi padre trabajaba como Contador en una empresa española de construcciones, y estaban construyendo el puente Remanso del Castillo, sobre el río Paraguay, puente que une la capital paraguaya con el Chaco paraguayo.

La víspera de su muerte, a modo de testamento, María de Betharram pudo decir con emoción: “Soy feliz de ser Servidora”, pero, mientras vivió en el mundo (me refiero a su juventud, desde que terminó el Secundario hasta los 31 años, más o menos) Miren Maite, mi hermana, no parecía tan feliz, porque no encontraba su lugar. Recuerdo que lloraba y no tenía muy buena relación con mi padre, cosa que luego cambió absolutamente. A mí me entristecía mucho, y me daba por escribirle pequeñas cartas, que ponía sobre su escritorio para darle ánimo.

Incluso, tuvo un período, tal vez de dos o tres años, en que vivió una crisis de fe, que coincide más o menos con mis primeros años de vida religiosa. Estuvo un tiempo sin confesar, comulgar, ni ir a Misa.

En una ocasión, por un trabajo, mi hermana tuvo que ir a Mendoza, y se hizo una escapada a San Rafael para verme. Estábamos misionando en Kolbe (diciembre de 1993). Ella venía con sus inquietudes, y me acuerdo que me preguntó: “¿dónde dice la Biblia que hay pecados mortales?” Yo le señalé una de las listas de pecados con los cuales no se puede entrar en el reino de los Cielos, que trae san Pablo (1 Co 6, 9), y quedó conforme con la respuesta. Creo que la certeza sobre esta verdad moral fue muy importante en su proceso de conversión. Además, en esa misión, conoció a la que sería su capellana y más tarde tan amiga y hermana en el mismo monasterio y en la enfermedad, la hermana María del Corpus Domini.

Al año siguiente, a la vuelta de un viaje por Europa, vino nuevamente a San Rafael (agosto de 1994), para cantar por segunda vez con el coro que dirigía mi hermano Javier (la Coral Mater Dei, que ya había estado en 1992), y allí Jesús la estaba esperando para darle la gracia de la conversión. Me acuerdo que le decía que se confesara, que aprovechara. Era el día de la Asunción, y la Virgen le obtuvo esa gracia. Si mal no recuerdo estábamos ya sentados para la cena, y ella se levantó y se fue a confesar, y ya no dejó más a Cristo. Pudo decir en su interior: “Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti” (De las Confesiones, de San Agustín).

Y comenzó su búsqueda de la felicidad, hasta que la encontró en las Servidoras. ¡Cuántas oraciones y sacrificios median para nuestra conversión, cuántas gracias para llegar a decir: “Soy feliz de ser Servidora”!

En la Parroquia de la Visitación, 21 de julio de 1990. Sacando a mis padres, a la madre y a la abuela de Andrés Vidal, los demás, todos entramos a la vida religiosa. Maite miraba de costadito. Más tarde formaría parte del grupo

Sin embargo, en ese tiempo en que había estado algo alejada de Dios, siempre había sido muy generosa con nosotros, y con nuestros padres. Cuando yo, siendo seminarista, iba de vacaciones, ella siempre me ayudaba. El primer teclado grande que tuvimos en la Finca, un Yamaha, lo compró ella, fuimos juntos a comprarlo, y así, otras cosas. Dios premió su caridad dándole la gracia de la conversión y llamándola a la vida religiosa. Cuando descubrió su vocación, con permiso de las superioras, dejó a mis padres el alquiler de un departamento para asegurarse que tuvieran algún ingreso con qué vivir. Yo cuando entré al Seminario, nunca pensé en eso, tal vez porque sabía que estaba ella, que se ocupaba. Carmen le dio vía libre, escribiéndole una carta, asegurándole que ella tomaría la posta. Y así partió.

El día que dio la noticia a mis padres de que quería entrar al Convento

A partir de esa confesión, con 32 años recién cumplidos, la gracia comenzó a actuar en su alma de manera “vertiginosa”, y ella absorbía todo como una esponja, y era como si todo lo que había buscado siempre en su vida se le hubiera presentado de una vez, todo cuajaba, recibiendo gracia tras gracia, quedando cada vez más prendada de Cristo.

A los dos días de su vuelta de san Rafael, se fundó la comunidad “Santa Elena”. Las hermanas Stella Maris y Calvario debían ir a Buenos Aires a retirar una donación importante en la Fundación de un Banco, y les hice de intermediario para que se alojaran en nuestra casa e hicieran apostolado con Maite. La embajada debía ser más bien rápida, de una semana, más o menos, y Maite dejó su habitación a las monjitas, mientras ella dormiría en el living de la casa, en la plata baja. El caso es que la donación se atrasó, y las monjitas se quedaron casi un mes. Ya en la segunda semana, las hermanas “invitaron” a Maite a dormir en su habitación, que era amplia, y Maite participaba en las conversaciones de las hermanas, sobre algunas jóvenes que tenían vocación, y ella preguntaba cómo hace una persona para darse cuenta que tiene vocación. Hablaban de la importancia de estar en gracia de Dios y de aspirar a la vida eterna.

Por otra parte, mi madre, como quien no quiere la cosa, orientaba la conversación en los almuerzos para que Maite aprovechara, con preguntas “directas” al estilo de: “¿En el Instituto, ustedes aceptan chicas que entren con cualquier edad o hay un tope?” Maite iba a Misa con ellas y comulgaba, rezaban el Rosario juntas, la Liturgia de las Horas, etc, es así como, un poco en broma, un poco en serio, fundaron la comunidad sin superiora “Santa Elena”.

A partir de allí, la hermana Calvario la invitó para la profesión perpetua de ellas, el 8 de diciembre, y Maite, para su sorpresa, acudió a la cita, y se quedó unos días en el Estudiantado, y luego fue a la Convivencia de las hermanas en Bariloche, en febrero, conociendo cada vez más el Instituto, hasta su ingreso el 1º de marzo de 1995.

Con la hermana María Virgine en Bariloche

Fue un proceso vertiginoso, y Betharram fue muy dócil para seguir las mociones divinas, lo que Dios le iba mostrando cada día, y cuentan que era muy feliz en el Noviciado.

En la Imprenta de la Finca, la postulante Betharram con Dorita Cuomo

Para ocultarse al mundo, llegó el cambio de nombre. Ella había elegido María de Begoña, la advocación vasca de Bilbao, donde mi padre había sido bautizado y confirmado. Pero el nombre impuesto fue María de Betharram. Ella no conocía mucho sobre esta advocación, pero le llega una información en una estampa, en donde se leía que la Virgen de Betharram, al sur de Francia, y escasos 11 km. de Lourdes, también es conocida como Virgen de Stella Maris, por el pueblo en donde está el Santuario, y también Virgen del Calvario, por el gran Calvario con las estaciones del Via Crucis que se puede recorrer. ¡Las dos hermanitas de su comunidad porteña! Lo cierto es que quedó muy contenta con su nuevo nombre, y por ser la Virgen de Betharram protectora de los niños, ella entendió siempre que tenía una misión especial de oración por los niños, y la verdad es que puedo asegurar que la Virgen ha escuchado muchas de sus fervientes oraciones en favor de los mismos.

Mi padre, que siempre había pedido tener un hijo sacerdote y un hijo músico (¡Y el buen Dios le concedió ambas cosas!), nunca había pedido nada para las hijas -éstas siempre se lo reprochaban-, y decía, que Dios le había dado una monjita “de yapa”. Estaba feliz con la hija religiosa. Luego de la toma de hábito, que fue el 24 de junio de 1995, jugando con “las dos” hijas que tenía, la una, adulta, la otra pequeñita, le escribió una carta a Betharram, fechada el 10 de agosto de 1995:

“Querida Hna. María de Betharram:

Ya sé que, si Dios quiere, y la Virgen María intercede, cumplirás un año, el próximo 24 de junio. Con tan poca edad no sabes escribir, y tu lenguaje es inentendible. Así que no sé cómo harás, para desearle el 16 de agosto, a mi hija Maite, un feliz cumpleaños, y decirle que la recuerdo en su año de edad, en mis brazos, llevándola de un lado para el otro. Dígale también que los brazos de un padre terrenal, nada son en comparación a los brazos del Señor, y de María su madre, que es, pónselo como ejemplo, lo mejor que se puede haber elegido”.

Tan solo diez meses después de su ingreso al Noviciado San José, fue crucificada con Cristo en el fatal accidente del 2 de enero de 1996, volviendo de la misión de Brasil, y que se llevó a una de sus compañeras, la Hermana María de Jesús Nazareno. El accidente fue en la Provincia de La Pampa, entre Quetrequén y Realicó. Habían terminado de almorzar, y a Betharram la sorprendió dormida. A la izquierda de ella, en la fila trasera de la Traffic, estaba Nazareno, con quien habían intercambiado el asiento poco antes, ambas en los asientos del medio de la fila. El entonces seminarista Edgardo Copado (compañero de curso mío), que estaba a la derecha de Betharram, en el asiento de la ventanilla recuerda que entre los vuelcos pudo ver cómo salía despedida Nazareno, y entonces, apenas pudo descender del vehículo fue directo a buscarla. A Betharram la vio tendida boca abajo, aunque podía vérsele la cara, y era una de las que rezaban. Él no fue a socorrerla de inmediato, pues pensaba que no era de las más graves. Dios no quiso que la tocara, ya que podría haberla movido o levantado, y hubiera sido peor.

La hermana Calvario recuerda que cuando iban llegando al hospital de Realicó, donde les dieron los primeros auxilios, Betharram “gritaba el Padrenuestro, lo gritaba”.

Yo me estaba preparando para ir a El Nihuil para el curso intensivo de inglés, cuando nos avisaron. Fuimos inmediatamente desde san Rafael, con los padres Gabriel Zapata, Tomás Orell y Sergio Pérez. Betharram, entre las hermanas más graves, había sido trasladada al Hospital de General Pico. Fue muy duro verla inmóvil, con politraumatismo, es decir, toda llena de moretones, por todo el cuerpo. Tienen que haber sido golpes terribles. Fueron horas y días muy críticos. La iban a operar de vesícula. Nunca jamás en mi vida había rezado el Rosario con tanta atención y fervor.

Finalmente pudimos trasladarla de modo urgente a Buenos Aires, porque iba perdiendo movilidad. Fui con ella en ambulancia al aeropuerto y de ahí a Buenos Aires, en un avión ambulancia que le consiguió la Providencia. Le iba acariciando los pies, y ella iba perdiendo sensibilidad. Apenas llegados, en cuando se pudo, en el Hospital de Clínicas le hicieron una operación de columna y médula que duró 6 horas.

Recuerdo que, en una de las tantas internaciones, estando en el mismo Hospital, sin poder moverse porque todavía no le habían fijado la columna y tenía un corsé duro, me decía que ofrecía todo por el seminarista que había tenido la desgracia de conducir el vehículo, y estaba gravísimo en Mendoza. Dicho seminarista se ordenó conmigo a fin de ese año, sin ninguna secuela. Dios había oído su ofrecimiento. Jamás le oí a mi hermana la menor queja, ni el menor reproche, ni el menor comentario.

Recuerdo también que, cuando, luego de varias horas de operación para fijarle la columna hubo que suspender abruptamente la misma, por una baja de presión muy fuerte, siendo aún seminarista, fui a llevarle la santa Comunión, y ella, totalmente pálida, me dijo: “Este es mi verdadero calmante. Nunca estuve tan feliz”.

No pude estar presente en sus primeros votos en el hospital, y la verdad que me hubiera encantado, no recuerdo qué otros compromisos tenía en el Seminario. Postrada en la camilla, boca abajo, mirando hacia la tierra de su pequeñez, pero con una indecible confianza en la divina Misericordia, emitió sus votos. Estaba unida al Cordero, y su alegría era indescriptible.

Betharram decía que le daba fuerzas mirar al Jesús Paciente, al que le tenía tantísima devoción, lo mismo que al Crucifijo. Tenía un cuadrito de Jesús Paciente en la celda, sentado y escarnecido; y un Crucifijo de pie que le regalé en mi anteúltima visita, porque de ese modo podía ver a Jesús cuando estaba acostada. A mí me da mucha fuerza ver a mi hermana con ese rostro de víctima transfigurada en su oblación total a Jesús Crucificado.

A fin de año, el 20 de diciembre de 1996, fue mi ordenación sacerdotal en la Catedral de San Rafael, y mi hermana Betharram pudo asistir. Estaba feliz de tener un hermano sacerdote. Doblemente hermanos, en la sangre y en la familia religiosa.

En el atrio de la Catedral de San Rafael, luego de mi ordenación

Pasados dos años del accidente y el tiempo de rehabilitación (año 1998), ya de nuevo en San Rafael, a recomenzar todo, en uno de los jardines, la hermana Calvario se le acercó para pedirle disculpas, pues, ella había sido la encargada del viaje a Brasil (pero, lógicamente, ella no tenía por qué pedir disculpas). Betharram le respondió: “La verdad es que lo del accidente para mí fue una gracia enorme. ¿Qué sería de mí si yo hubiera seguido teniendo las piernas? Quizás Dios me pidió las piernas para que yo no las usara para salir de la vida religiosa”. Al parecer, sumado a su estado físico, y tal vez precisamente por ello, estaba pasando por tentaciones contra la vocación, quizá pensando que no podía seguir en esas condiciones, para no sobrecargar a la comunidad.

No es extraño eso, pues, algo parecido le sucedió al momento de decidir si pasar los últimos días internada en un hospital o quedarse para morir en el monasterio. Ella no quería preocupar a las hermanas, ni que vivieran el temor de que le pudiera pasar algo en cualquier momento. Betharram siempre pensó en los demás, hasta el último día. Esto lo tomó de mi madre, -es una apreciación mía-, en quien tenía un modelo acabado de abnegación y sacrificio por los demás. Betharram admiraba a nuestra madre. A Dorita Cuomo, una de las grandes amigas de Betharram, cuñada del P. Guillermo Costantini, en el mencionado viaje a Europa le había dicho que admiraba a su madre, por cómo ponía fuerzas cada día para ponerse en marcha.

Permítanme esta digresión. Mi madre había quedado muy encorvada, con el paso de los años, y muy débil, a causa de la poliomielitis que de jovencita había padecido; estuvo mucho tiempo sin poder caminar, y un año rehabilitándose en Pamplona. Mi padre le mandaba por barco, una carta cada día. Las cartas se conservan en una caja de madera que ninguno de nosotros osaba profanar. Pues bien, estando en su convalecencia de Pamplona, como no sabía si iba a poder tener hijos, y hacía un año que estaban de novios con mi padre, ella le mandó decir que le daba libertad para dejarla. A lo que mi padre respondió: “Maricarmen, haz de cuenta que estamos casados”. Y se casaron cinco años después. En aquel entonces, como mi padre a mi madre, fue como si Jesús le hubiera dicho: “María de Betharram, ya estamos casados, ya compartes el tálamo de mi cruz”.  Cinco años más tarde haría su profesión perpetua, pero ya estaba desposada con Cristo. Nuestra familia estará siempre agradecida a las Servidoras por haber ayudado siempre a nuestra hermana, como si ya fuera miembro pleno del Instituto.

Pero, volvamos a los jardines del Convento Santa Catalina. “Con ella había conversaciones lindas, sobre el Cielo, sobre Jesucristo”, cuenta la hermana Calvario. “Ella hablaba de sus defectos, del temperamento fuerte que tenía, que no tenía buen modo para decir las cosas, y se esforzaba para no dañar a la comunidad donde se encontraba, pero lo decía porque siempre fue humilde. Era mínimo este defecto, pues ella siempre fue una persona muy formal, educada, cordial, simpática, alegre, una persona con la que se podía hablar cosas interesantes, sobrenaturales”. Pero es cierto que tenía su carácter, y le gustaban las cosas bien hechas. Una vez, no recuerdo bien qué detalle de la liturgia en el monasterio le comenté, y me dijo unas palabras parecidas a estas: “y después decimos que tenemos una buena liturgia, y nos falta aprender mucho”.

Pasemos sus años en el Estudiantado, en la Casa Provincial, como profesora en el Colegio Isabel La Católica, y vayamos a la etapa de su vida contemplativa, la última de su vida.

Ya en el Monasterio al que ingresó por la “necesidad de corresponder a Su amor” (2010), se le declaró el mieloma múltiple. Yo apenas había entrado al Monasterio de San Rafael (2014). Se sometió a los tratamientos con mucha paciencia, incluso a un autotrasplante de médula muy doloroso, que finalmente no dio el resultado esperado. Pienso que muchas cosas las hacía por su vida, ciertamente, pero también para que mi padre no sufriera ante su posible muerte temprana. Mi madre ya había fallecido el 1º de diciembre de 2008.

Para los 80 años de mi padre, en el año 2011, tuvo permiso para peregrinar a Tierra Santa, junto con la Madre Al Bishara y la hermana María de Jesús Crucificado. La llevábamos a todos lados con la silla. Fue imponente cuando se postró en la piedra de la Agonía:

Fue inolvidable aquella Misa temprana en el Santo Sepulcro:

Después de la Misa, en el Santo Sepulcro

Esa peregrinación a Tierra Santa, tiene que haber sido para ella toda una contemplación antes del agravamiento de su enfermedad, que, con el paso del tiempo, hacía su trabajo inexorable. Así, por ejemplo, Betharram podía tener (y tuvo), con el mínimo movimiento, fisuras muy dolorosas en las costillas (los médicos le decían que hiciera de cuenta que tenía los huesos como cristales), y ella lo ofrecía todo (nunca me decía los dolores que tenía). Por disposición divina, no tuvo quebraduras de huesos en la fase terminal.

Asimismo, había perdido ya la visión en un ojo por un derrame, veía todo negro con ese ojo; había perdido la movilidad en el brazo izquierdo, quedándole la mano flácida y algo contraída, con lo cual, dejaba de tener independencia para manejar la silla de ruedas, para pararse, y para tantas otras cosas que uno no se imagina hasta que le falta una mano.

A la hermana María Madre de Jesús (la “Jesu”), enfermera asistente, cuando la ayudaba a vestirse, le citaba un poco en broma, la frase de Jesús a Pedro en el Tiberíades: “cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas donde querías, pero cuando llegues a viejo, otro te ceñirá…” (Jn 21, 18).

Un día sintió un fuerte dolor y constante zumbido en un oído y la pérdida casi total de la audición en el mismo. Cuando hablamos me dijo: “Dios me pidió el ojo, después me pidió un brazo, ahora me pide el oído. No sé qué más me pedirá. Lo único que quiero es que reces para que haga en todo su Voluntad”.

En realidad, Dios ya le había pedido las piernas, y le iría pidiendo todo hasta el final.

El mismo día de su muerte, al mediodía, no podía hacerse ni la señal de la cruz; se sentía tan débil, tan aplastada, sin ver, sin tolerar la comida. En el colmo de los colmos, pedía perdón cuando bostezaba porque no podía cubrirse con la mano. Al mediodía, como no pudiera sujetar con la mano “buena” ni siquiera el vasito de plástico que se le presentaba para beber agua con una cánula, exclamó: “¿Por qué, Señor, estoy así?” Fueron sus últimas palabras. Los que la escuchamos no lo entendimos como una queja, sino más bien como quien había llegado a lo más profundo y oscuro de su noche, y buscaba comprender.

Era muy fuerte de voluntad y buscaba de cumplir, mientras tuviera algo de fuerzas, lo que pedía la Regla Monástica. Quería rezar todas las horas de la liturgia, sin saltar ninguna, y cuando ya no veía (porque finalmente, la trombosis se repitió en el otro ojo, cosa que jamás había sucedido al oculista de 40 años de profesión que fue a atenderla), se hacía leer los salmos y se unía a las alabanzas de la Iglesia a su Divino Esposo. Hasta que no rezaba el Rosario, no se quedaba tranquila. ¿Qué obligación tiene de rezar todo, una persona en esas condiciones, sin contar los frecuentes dolores de cabeza y de ojo, náuseas y otros malestares? Yo se lo decía, pero ella insistía en que quería rezar. El moralista le decía: “ad impossibilia nemo tenetur” (“nadie está obligado a lo imposible”), pero el amor le susurraba la necesidad de rezar. Y pensar que hay tantos que, teniendo todas las condiciones físicas, se excusan fácilmente. Nos excusamos. Su celda era una casa de oración. Ella nos hacía rezar a todos, mis hermanos nunca antes habían rezado tanto como en su breve estadía con Betharram.

En la Portería, después de la Misa de la Solemnidad de Todos los Santos, la última vez que se levantó, para la Misa y el festejo de cumpleaños de la hermana egipcia María Lagia, una de sus asistentes
Aquel 1º de noviembre, fue todo un acontecimiento, los fieles que la conocían querían todos saludarla y tener una foto con ella. Yo no podía ser la excepción, estábamos muy contentos.

Otro capítulo digno de ser contado es el de las visitas. Betharram tenía visitas todos los días, y a veces de mañana y de tarde. Que yo sepa, una sola visita hubo de disculpar y posponer, lamentándose mucho, y que finalmente nunca se pudo concretar. Se trataba de una señora benefactora, la cual, junto con su marido, tuvo la generosidad “arimatéica” de ceder su propia sepultura a una esposa de Cristo. Ciertamente, ¡no quedará sin recompensa!

Aquí hago un paréntesis para agradecer a todos los que la visitaron, sacerdotes, hermanas, laicos, y bienhechores que la querían mucho. Todos salían muy edificados. Algunos sacerdotes, incluso a distancia, la iluminaron con su ciencia, dando tranquilidad a su alma, porque ella era muy responsable, y no quería dar pasos en falso. Ella estaba al tanto de todos los mensajes, pedidos de oraciones, saludos y manifestaciones de afecto que le enviaban, y los retribuía a su manera. Tampoco estos quedarán sin recompensa.

Cabe una mención a la visita del señor obispo Mons. Mariano Crociata. Estuve presente cuando mi hermana intentó incorporarse para besarle el anillo al obispo, y como no podía, le estiró la mano, y el obispo se la besó. No se imaginan las cargadas que le hice, imitando el gesto como de una reina que presenta delicadamente la mano para que se la besen. En fin, más allá de la anécdota, es de notar la humildad del obispo, que luego se preocuparía con mucha caridad en la búsqueda de un sepulcro, y presidiría la misa de exequias. Valga nuestro más sincero agradecimiento a este digno sucesor de los Apóstoles. Dios le devuelva con creces.

Betharram quería recibir a todos, aunque estaba muy débil, y todos venían a confiarle sus intenciones, conscientes de que la más débil en ese momento, por un designio de Dios, era la más fuerte (Cf. 2 Co 12, 10), ya que estaba crucificada con Cristo y estaba próxima a presentar las rogativas al Cielo. No obstante, ella no parecía tan débil, al menos hasta un par de días antes de su muerte. Se interesaba muchísimo por las intenciones que tenía encomendadas, preguntando por unos y por otros, se preocupaba mucho del bien espiritual de todos; cuando ya no podía ver, quería que le leyéramos los pedidos de oraciones. Se alegraba mucho cuando Dios favorecía a una persona por la cual rezaba y se preocupaba por su bien espiritual, no sólo material. Y rezaba por todo tipo de intenciones, desde la conversión de un alma o la curación de un bebé internado en estado delicado, hasta el examen de una sobrina.

Con respecto a su caridad para recibir a todos, escribió la hermana María de la Antigua, médica, que la atendió muy de cerca los últimos dos meses: “Al recibir visitas, siempre se vencía a si misma recibiendo a todos con alegría y con una gran sonrisa a pesar de que en realidad estaba padeciendo en el cuerpo o en el alma. Por eso, graciosamente, a tantos confundió, ya que los visitantes se disponían a visitar a una hermana ya casi puesta a las puertas del cielo, pero encontraban un alma llena de alegría y dispuesta a dar una palabra de aliento”.

De hecho, a mí me sucedió que un sacerdote, al retirarse, me dijo: “la veo muy bien a tu hermana”. Claro, tal vez se refería a su salud espiritual. A mí me hubiera pasado lo mismo, porque, realmente, para quien no estaba todo el tiempo allí, no parecía tan débil o se esforzaba mucho para no parecerlo. Para prueba, baste recordar que, el 5 de noviembre, como no iba a poder estar presente en los festejos del cumpleaños de la hermana María Chiara, pidió a la hermana María de la Antigua que buscara ropa y unas coronas para disfrazarse, e inventó un divague, representando a la “Regina Betta”, para saludar a la homenajeada. Menos mal que estaba ella, porque, si hubiera sido por el hermanito (il “Re Betto”) y la hermana Antigua (el bufón Antico), no sé si alguien hubiera dicho un mensaje coherente.

 

. Al lado, momentos de recreación con las asistentes, María Dulce Madre, y María Madre de Jesús

Entre paréntesis, la historia tiene sus ironías, porque cuando Betharram entró al convento, como ya me conocían a mí, en el Seminario muchos le decían “La Jona”, y ahora resulta que yo terminé siendo “El Betho”. Es más acorde a un hermano menor.

Cerrado el paréntesis, y vueltos a la compostura, cabe decir que, cuando a Betharram se le anunciaba una visita, ella pensaba qué podía decir, qué podía dejar como enseñanza. Se preparaba. Cuando iban a venir las novicias, me dijo: “Y ¿qué les digo a las novicias? ¿Qué puedo decirles yo?” Y las palabras a las novicias fueron realmente como su testamento espiritual y el secreto de su fortaleza. El amor a Cristo Crucificado. Cuando uno escucha la autoridad con que les habla y el gran contenido y solidez de lo que dice, y el modo de decirlo, en una lengua que no es su lengua madre, en el lecho de muerte, y dicho por alguien que lo vive al extremo, no sé si alguna vez me ha calado tanto una predicación sobre la cruz como la de mi hermana en dicha ocasión, y eso que no estaba presente. Para las novicias tiene que haber sido imborrable.

¡Con cuánto cariño iban desfilando hermanas, sacerdotes, religiosos, a saludar a la “Betha”!

Mi hermana lo ha hecho de modo más que elocuente, en el mensaje de voz a la Madre Corredentora, pero como hermano, es mi obligación agradecer de modo especial a las superioras mayores de las Servidoras (y este agradecimiento se extiende retroactivamente a todas las superioras que se ocuparon de Betharram con tanta caridad y eficiencia en todos estos años).  Actualmente, agradezco a las madres Corredentora, Virgen Blanca y en sus personas, a todas las Servidoras. Agradezco también a la Madre M. Fatme, y, en su persona, a todas y cada una de las superioras pasadas, y de las hermanas del querido Monasterio, Beata María Gabriella dell’Unità.

Gracias a ellas, instrumentos de la Providencia divina, nuestra hermana tuvo todas las condiciones para entregar su alma a Dios de un modo sereno y según el anhelo de toda contemplativa: en el pequeño espacio de su celda, donde siempre había buscado el encuentro con su Señor, y rodeada de sus hermanas de comunidad.

Providencialmente, al tener Betharram una celda con baño, adaptada a su discapacidad, la misma estaba en la planta baja, y al lado de la puerta que da al jardín, por lo que, si bien se nos permitía el ingreso a la clausura, no se invadía mayormente la privacidad de las hermanas. Betharram era muy celosa de la custodia de la vida de sus hermanas. Una vez, para tomar algo de aire y caminar un poco, salí fuera, al parque, y mi hermana me llamó la atención, diciéndome que no podía ir allí, porque era clausura. Yo le dije, si acaso no estábamos ya en la clausura, pero ella insistió, argumentando que allí en el jardín yo podía molestar a alguna hermana que estuviera rezando. ¡Por supuesto que le hice caso!

El buen Dios, a la que nunca había rechazado la cruz que se le ofrecía, le concedió todos los medios humanos y espirituales para ocuparse solo de su alma: tenía tres hermanas asistentes que se turnaban. La comunidad había sido reforzada con anticipación, para reemplazar a alguna de ellas, pero cuando llegó el momento, ninguna de las tres quiso ser reemplazada, de manera que eran cinco las que se turnaban para cuidar a Betharram día y noche. Entre ellas, como hemos anticipado, había una hermana médica (clínica, de experiencia), María de la Antigua, que estaba en el año de formación monástica en Génova, y fue enviada para organizar todos los cuidados intensivos. Estaba en permanente guardia, infundía mucha tranquilidad, y como religiosa, tenía criterio sobrenatural al momento de tomar las decisiones. También contaba Betharram con el auxilio de la hermana María Madre de Jesús, enfermera también de experiencia, y de otras tres hermanas, que estaban muy atentas a todo lo que pudiera necesitar (María Madre de Gracia, María Dulce Madre, y María Lagia).

Betharram, que había sido siempre de carácter muy fuerte, había logrado tener una dulzura que atraía a todos. La doctora Fiore, médica de cabecera, me dijo cuando salía del reconocimiento del cuerpo: “era una persona especial”. Sin embargo, Betharram “controlaba” todo, y quería saber todo, cada inyección que le ponían, cada aumento de una dosis, etc, por eso no era fácil ser su asistente, ni su médico. Pero las hermanas la trataron siempre con mucha caridad.

Por supuesto, contaba con una abundante asistencia espiritual, ya sea de parte de su director espiritual, el P. Diego Pombo, como de los sacerdotes de la comunidad de Fossanova y antes, de Sezze. También contó con la ayuda de otros sacerdotes que venían a visitarla, hizo confesión general con uno de ellos, y, luego se confesaba conmigo semanalmente. Un día que pensó que quedaba sin conocimiento, porque empezó a tener fuertes movimientos en la mano, en el ojo y en la cabeza (micro-convulsiones), me mandó llamar para confesarse a la madrugada, pues, las últimas noches, las pasé en el Monasterio, por consejo de las hermanas encargadas. La confesé y le di el viático. Se había asustado. Me decía: “qué cobarde que soy”. También Jesús sintió miedo ante la muerte.

Durante dos meses y medio, tuvimos la misa en su celda prácticamente todos los días, con la hermana asistente, y a veces se sumaban otras, y varias veces, toda la comunidad. Ella entonaba el Aleluya, el Sanctus y el Amen de la doxología final, como preludiando las aclamaciones que se cantan en la liturgia celestial. Hasta el día anterior, podía cantar, y lo hacía con cierta fuerza. Tenía una voz muy dulce y era muy entonada.

La Santa Misa en la celda, con mi hermano Javier, y la Hna. Antigua

¡Qué delicadezas guarda Jesús para sus esposas! ¡Vaya Providencia, la de tener un hermano sacerdote que pueda estar todo el tiempo disponible para su hermana, y acompañarla hasta el último suspiro! Yo les dije a las hermanas, que lo mismo haríamos, si pudiéramos, por cada una de las Servidoras, pues todas son nuestras hermanas y les debemos mucho. Sólo que tienen que pedir sin cansancio por las vocaciones, y rezar para que siempre pueda haber un sacerdote celebrándoles la misa antes de partir de este mundo. Por eso, agradezco también a mis superiores, que me permitieron asistirla, y a mis hermanos del Monasterio que me suplieron en los trabajos.

¡Quién pudiera tener todos estos cuidados al aproximarse el momento supremo de su muerte! San Luis María decía que si las gentes del mundo supieran el gozo y el contento que hallamos los religiosos en nuestra vida religiosa, los conventos y monasterios se llenarían, y no habría lugares vacíos. Podemos decir que, si el mundo supiera la paz y la serenidad con que se muere en un monasterio de clausura, todos querrían morir allí.

Antes de terminar, quisiera agradecer de modo particular a las novicias que velaron en Pontinia, la noche del 21 al 22 de noviembre, y a los novicios que hicieron noche heroica pidiendo por el alma de Betharram.  Lo mismo se diga de las hermanas del Estudiantado de Bagnoreggio, que igualmente hicieron noche heroica, y dispusieron la iglesia del Monasterio para el funeral.

También agradezco a los seminaristas y hermanas del Coro Totus Tuus. Betharram no quiso disponer nada para sus propios funerales, pero una cosa deseaba, que le fuera cantado algún canto polifónico. En la Misa de exequias se cantaron el Sicut Cervus de Palestrina, el Agur María o Ave María en vasco, de Urruñuela, y otras piezas de su agrado, que tantas veces había cantado.

Finalmente, permítanme todavía explayarme en mi agradecimiento a las hermanas de la comunidad del monasterio que, ya es muy especial para todos nosotros, -en particular para la Provincia Nuestra Señora de Loreto-, por ser ya la segunda religiosa contemplativa que consuma el ofrecimiento de su vida “como víctima por los sacerdotes” en el mismo Monasterio, en el lapso de dos años y ocho meses.

Hay una imagen que me ha quedado impresa en el corazón y que, finalmente, no es más que la conclusión lógica de lo que ya sucedía en este monasterio de la Pontinia: al finalizar la Misa de exequias, presidida por el obispo Mons. Crociata, cuando ya había pasado a despedir a nuestra hermana el entero azul ejército de religiosas representantes de todas las fundaciones de la Provincia Nuestra Señora de Loreto, más los sacerdotes, seminaristas, novicias, novicios, aspirantes y menores, laicos y amigos todos, ellas, las doce monjitas de su comunidad, como cumpliendo un religioso ritual, y anticipándose a los hombres de la funeraria que ya se aprestaban a cerrar el féretro, “cerraron filas” alrededor del cuerpo de María de Betharram, como diciendo, “esta es nuestra hermana, una de las nuestras, nosotras la protegemos y la honramos”. Y permanecieron en dicha formación por algunos minutos, contemplándola, un poco con santa envidia, porque ya entraba en las Bodas del Cordero, otro poco con un dejo de tristeza, porque se privarían ya de su amable presencia. La acariciaron, la besaron, le pidieron gracias, y despidiéndose hasta el reencuentro en el Cielo, le rindieron su último homenaje.

“Cierre de filas” de honor a su querida hermana María de Betharram

En realidad, como decía, este “cierre de filas”, no es más que el último cuadro de lo que ya se vivía entre las hijas de este “glorioso” monasterio en el que -puedo decirlo- se vive un verdadero espíritu de unidad en la caridad. Desde que Betharram quedó postrada, era habitual que cerraran filas a su alrededor, ya sea para asistirla, como para compartir con ella los rezos de la comunidad y también las eutrapelias. ¡Cuántas misas se celebraron allí con toda la comunidad! El mismo 21 de noviembre, día de su muerte, hubo dos misas, una por la mañana y otra por la tarde, ambas con la asistencia de todas las hermanas. En la primera, Betharram comulgó por última vez, recibiendo el viático bajo las dos especies con una cucharilla: “El Cuerpo y la Sangre de Cristo te guarden y te lleven a la vida eterna”. En la misa vespertina, celebrada por el P. Pablo Scaloni, en cambio, durante el ofertorio, comenzó su agonía.

Ya al terminar la misa, las hermanas rezaban rosarios y coronillas. Betharram estaba como dormida, por el efecto de la morfina, pero le habían administrado la dosis justa, como para que no quedara inconsciente. En ese momento hubo como un gemido bastante fuerte. Yo estaba afuera, en el pasillo y lo escuché con claridad. Fue su último canto, como un grito de sed.

En particular en el momento de su agonía y hasta su muerte, las hermanas rodeaban a Betharram, como un cortejo de vírgenes que acompaña a su hermana a los desposorios eternos. Ella no veía ni podía hablar, pero las hermanas fueron pasando una por una a despedirla, hablándole al oído, y Betharram respondía con lágrimas de amor y, asintiendo con la cabeza. Viéndola en agonía, una hermana no tenía fuerzas para arrimarse, pero ella no exhaló el espíritu hasta que la última y muy querida de sus hermanas se hubiera despedido, como si las hubiera contado a las doce.

Quisiera decir muchas cosas sobre mi doblemente hermana. Algunos que la conocieron antes de su conversión y de su entrada al Convento, al escuchar las cosas que contamos de su vida religiosa, dicen que parecía otra persona. Sí, ciertamente, es una persona que aceptó valientemente la cruz y la cargó con amor y alegría hasta el final. Es una persona, que luchó con su genio fuerte -¡que lo tenía!- hasta el último aliento, una persona a la que la gracia fue transformando en la Hermosura del Amado.

Ella estaba muy contenta de tener un hermano sacerdote, y del Verbo Encarnado. Me lo repitió muchas veces, casi todas las veces que nos comunicábamos por teléfono me lo decía. Celebrábamos este ser “doblemente hermanos” en la memoria de santa Escolástica. Cierto, ella no hacía llover a cántaros y desatar tempestades para que, cada vez que la visitaba, tener que quedarme a conversar sobre las cosas celestiales largamente, pero le gustaba aprovechar la visita todo el tiempo posible, y creo que no le gustaba mucho cuando tenía otro compromiso y le restaba tiempo a ella. Sin embargo, la semana anterior a su muerte, me alentó a que predicara Ejercicios Espirituales a las hermanas, en realidad solo a la mitad de la comunidad. Se alegraba cuando sus hermanas podían recibir un bien espiritual, y sobre todo estaba contenta porque una de las hermanas, bastante enferma, al tener allí mismo los Ejercicios, no tenía que salir del monasterio, evitándose un penoso viaje y las incomodidades que podría encontrar en otro lugar. Ella, por su parte, los disfrutaba escuchando por el parlante que tenía en la celda, pues no estaba como para hacer las meditaciones.

Así era mi doble hermana, de sangre, de vida religiosa; ella, monja de clausura, yo monje. Debe haber rezado mucho por mí, y ofrecido mucho, porque hay mucho en juego cuando se trata de un sacerdote de Cristo. Siempre he pensado que debo mi perseverancia a su sacrificio, porque fui ordenado el mismo año de su accidente. Ahora estoy seguro que desde el Cielo, seguirá cuidando de mí, y con la gracia de Dios y la ayuda de mi hermana mayor, espero llegar a ser algún día no muy lejano, triplemente hermano de la “Betha”, con la eterna y gozosa hermandad que existe en el Cielo, entre aquellos que han sabido escuchar y cumplir hasta el fin la Palabra de Dios (Cf. Lc 8, 21).

¡Y que la Virgen con su ramo hermoso nos alcance a todos la gracia de ser doblemente hermanos para siempre!

¡Agur, hasta el Cielo, hermanita!

P. Jon Mikel de Arza Blanco, IVE