Mensaje de Navidad de los misioneros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado

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Texto

Bajó del cielo aquí, en Belén, el Salvador del mundo. ¡Alegrémonos! Este anuncio, lleno de un profundo gozo, resonó en la noche de Navidad.

Hoy la Iglesia lo reitera con alegría inmutable: ¡ha nacido para nosotros el Salvador! Una ola de ternura y esperanza nos llena el ánimo, junto con una profunda necesidad de intimidad y paz.

En el pesebre contemplamos a Aquel que se despojó de la gloria divina para hacerse pobre, movido por el amor al hombre. Junto al pesebre, el árbol de Navidad con el centelleo de sus luces, nos recuerda que con el nacimiento de Jesús florece de nuevo el árbol de la vida en el desierto de la humanidad.

El pesebre y el árbol son símbolos preciosos, que transmiten a lo largo del tiempo el verdadero sentido de la Navidad.

Resuena en el cielo el anuncio de los ángeles: «En la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor» (Lucas 2,11). ¡Qué asombro! Naciendo en Belén, el Hijo eterno de Dios entró en la historia de cada persona que vive sobre la faz de la tierra. Ya está presente en el mundo como único Salvador de la humanidad. Por esto nosotros le pedimos: «¡Salvador del mundo, sálvanos!».

Sálvanos de los grandes males que afligen a la humanidad en el este tercer milenio. Líbranos de las guerras y de los conflictos armados que devastan regiones enteras del globo; sobre todo en la tierra donde tu naciste, Príncipe de la Paz. Líbranos de la plaga del terrorismo y de tantas formas de violencia que torturan a personas débiles e inermes. Líbranos de los pecados contra la vida del hombre desde sus primeros instantes. Líbranos del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios. Líbranos de toda clase de injusticia, nacional e internacional. Líbranos de la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios. Líbranos de los pecados contra el Espíritu Santo.

Y tú, María, Virgen de la espera y del cumplimiento, que conservas el secreto de la Navidad, haznos capaces de reconocer en el Niño, que estrechas en tus brazos, al Salvador anunciado, que trae a todos la esperanza y la paz.

Contigo lo adoramos y decimos confiados: tenemos necesidad de ti, Redentor del hombre, que conoces las expectativas y ansias de nuestro corazón.

¡Ven y permanece con nosotros, Señor!

¡Que la alegría de tu Navidad llegue hasta los últimos confines del universo!

Mensaje de San Juan Pablo II

Chino

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