“¡La voz de mi amado! Vedle que llega” (Cant 2, 8). Esas palabras resuenan en cada momento de intimidad con el Señor, en cada Santa Misa donde se perpetúa el sacrificio de la Cruz, en cada momento de adoración frente al Santísimo Sacramento, en la intimidad y soledad de una pequeña celda…

Cuando esperamos a alguien importante nos preparamos debidamente para que la persona que va a ser recibida sea bienvenida y que se sienta como en “su casa”. ¿A qué viene toda esta introducción?

Quiero hacerles partícipes de cómo fue nuestro día de la Solemnidad del Corpus Christi, fiesta muy importante para toda la Iglesia. En muchos lugares se preparan para tal fiesta flores, alfombras, ornamentación de la iglesia, cantos solemnes; como así también los fieles devotos preparan en su parroquia con varios días de anticipación para este momento tan solemne la procesión donde el Santísimo sale a las calles para bendecir las casas, la gente… momentos de preparación que a veces se hacen muy largos pero que al final todo pasa muy deprisa… unos minutos, unos instantes caminando junto al Rey del Cielo.

En nuestro monasterio comenzamos los preparativos el día lunes antes de la solemnidad – en Brasil se festeja el jueves – (buscar dibujos, pasarlos al piso para poder rellenarlos con los colores variados, limpieza profunda, preparar arcos adornados, etc…) Pudimos hacer muchas cosas gracias a que este año no llovió.

“¡La voz de mi amado! Vedle que llega” canta la esposa en los Cantares y ese canto se me vino varias veces a la cabeza durante la preparación. Todo para recibirlo unos minutos, unos pocos instantes pero que justifican todo esfuerzo para caminar por las galerías del monasterio junto a Aquel que quiso quedarse por amor con nosotros en el sagrario y ser nuestro alimento diario, nuestra fuerza, nuestro aliento.

Primero realizamos la procesión coordinada con las casas de formación. Dos de los altares estarían dentro del monasterio y después la procesión seguiría por las otras parte del terreno donde se encuentra la casa del Estudiantado de las hermanas apostólicas.

Al canto del “Cantemos a Jesús Sacramento” se expuso el Santísimo Sacramento. Toda solemnidad se hacía notar… Al pasar el padre con el Santísimo por las rejas del coro pensé: “El amado no viene sino que ya está en nuestra casa”. Al salir por el coro, la primera alfombra contenía estas sencillas palabras: “Mane nobiscum” (Quédate con nosotros). Ese era el ardiente deseo de los discípulos de Emaús al escuchar al Señor explicándoles las Escrituras. La gran diferencia es que “sus ojos no podían reconocerle” (Lc 24, 16)… pero ese “mane nobiscum” resonó en mis oídos. Justo era el caer de la tarde, como en aquella tarde… “el día ya declina” dijeron los discípulos. Todo parecía combinado… cuando hicimos la alfombra no había pasado nada de eso en mi cabeza pero al ver el Santísimo todo quedó como un hecho de la providencia de Dios. “Mane nobiscum”- “Quédate con nosotros”. La procesión siguió su recorrido. Al llegar a la segunda alfombra se podía leer: V. C. F. E. (Verbum Caro Factum Est). ¡Este era el Verbo que caminaba junto a nosotras! Palabras que calan muy hondo por pertenecer a una Familia Religiosa que lleva este nombre… Allí pensé en nuestros misioneros, nuestros superiores, nuestros sacerdotes, religiosos y religiosas… todo en un instante… Finalmente llegamos al primer altar con el canto del Tantum Ergo, el incienso y la bendición. Y las campanas anunciando que el Verbo presente en la Eucaristía nos bendecía. ¡Qué dicha recibir la bendición en nuestro claustro!

Nos dirigimos hacia el segundo altar con el canto del Adorote Devote y unas pequeñas palabras de San Pedro Julián Eymard que ilustraban la procesión guiada: ““es necesario que las virtudes partan de la Eucaristía. Quieren practicar la humildad ved cómo Jesús la practica en el Sacramento”.

Antes de llegar al lugar designado, el Santísimo Sacramento cruzó una tercera alfombra que estaba simbolizada por los Sagrados Corazones de Jesús y María, y pensé aquí cómo en estos corazones fuimos puestos como Familia Religiosa, cómo cada uno de nosotros deberíamos estar fijos en estos corazones donde de ellos brota toda virtud, el amor oblativo y la total donación. Y cómo en cada uno de nosotros debe haber tales disposiciones y estar dispuestos a amar siempre la voluntad de Dios.

Tuvimos entonces la segunda bendición, ya con las hermanas de las casas de formación y las hermanas de la casa provincial esperando desde el portón de ingreso del monasterio para acompañar a Nuestro Señor hacia otro altar. Y todo pasó rápido, como un abrir y cerrar de ojos…  Me acordé que cuando el Señor al partir el pan y bendecirlo “los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”, pero el Señor desapareció de su presencia. Algo similar parecía haber ocurrido en aquel momento. Y así como los discípulos ya no estaban tristes porque habían visto el Señor también nosotras ya habíamos estado con Él. “¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras? (Lc 24, 32).

En seguida tuvimos la Santa Misa y en la homilía el padre habló primero de nuestra Madre del Cielo como la mujer eucarística siguiendo a San Juan Pablo II y también que la vida de toda religiosa debe fundarse en la Santa Misa diaria y en torno a la Eucaristía ya que la Eucaristía es nuestro primer amor blanco. Cristo está presente sacramentalmente en nuestras vidas.

“Fue en la fracción del pan que los discípulos reconocieron al Señor” (Lc 24, 35) y esto quería compartir con los miembros de nuestra Familia: que es allí donde está nuestro tesoro, nuestra riqueza, allí está nuestro refugio y nuestra fuerza. Nuestra vida está marcada por un contacto íntimo con el Señor de modo especial en el sacrificio de la Cruz. Y esto no podemos olvidarlo ¡nunca!

Digamos al Señor como los discípulos: “Mane nobiscum”.

Unidos en la Santa Misa diaria,

Madre Maria dell’Armonia

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