Querida Familia Religiosa,

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado Su hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). Este amor hasta el extremo es lo que conmemora el Santo Triduo Pascual, centro y culminación de todo el año litúrgico, actualizando Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor. Nos preparamos a tan grande acontecimiento pasando a través del desierto de cuarenta días, para presentarnos “menos indignos” de participar a estos Santos Misterios.

Quiero contar con esta crónica una manera muy concreta que tenemos nosotras, contemplativas del Monasterio “Ecce Homo” en Holanda, de prepararnos mejor para la Pascua: pintando cirios pascuales. Hace ya varios años que se comenzó con este trabajo manual y tenemos varios pedidos, que han ido en aumento, de pintar los cirios para varias parroquias de acá en Holanda, norte y sur, no solo de parte de nuestros misioneros sino también de otras parroquias que nos conocen.

Dice hermosamente el “Exultet” que cantamos en la Vigilia Pascual: “En esta noche santa, recibe, Padre santo, el sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te presenta por medio de sus ministros, en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas”. Providencialmente hemos comenzado el año pasado también con otro tipo de trabajo manual: apicultura, y en el cual admiramos y aprendemos el arte de las abejas que producen la cera.

El Trabajo manual monástico “sirve –como dice nuestra Regla- como modo de nutrir y conservar el espiritual gusto por las cosas interiores” (n 95) y “como medio de contemplación”(n 94). Y esto podemos realizarlo de un modo excelente al mismo tiempo que colaboramos con nuestro humilde trabajo para la celebración de liturgias bellas y dignas:

  • Pintando el A (alfa) y Ω (omega), que significan Cristo como principio y fin, recordamos la fórmula de nuestros votos que comienza con palabras semejantes: “Por el amor al Padre, origen primero y fin supremo de la vida consagrada”. Pintando el alfa y la omega, quisiéramos también recordar a las almas a las cuales viene destinado el cirio, el “Unum necessarium”, y ofrecer este trabajo por la conversión de muchas almas: “pues las religiosas dadas únicamente a la contemplación, contribuyen con sus oraciones a la labor misional de la Iglesia” (Regla n2).
  • La cruz forma parte central del cirio y es lo que más resalta. Es el “gran signo de contracción”, “escándalo para los judíos…” que se vuelve ahora el “más noble de los árboles” (Crux fidelis inter omnes arbor una nobilis).  O Cruz adorable como cantamos en el himno del Viernes santo “tu sola fuiste digna de llevar la Víctima del mundo; tú eres el arca que nos conduce al puerto de la salvación; tú fuiste empapada en la Sangre divina brotada del Cuerpo del Cordero” (Sola digna tu fuisti ferre secli pretium atque portum preparare lauta mundo naufrago, quem sacer cruor perunnxit unus Agnu corpore). Cruz que está presente en la vida de todo hombre pero que con Cristo se vuelve “yugo suave y carga ligera”, y por eso seguimos cantando en el mismo himno “Dulce lignum, dulce clavo, dulce pondus sustinent” (Árbol precioso, benditos clavos que llevan tan dulce carga); sabiendo también, como dice nuestro Directorio de Espiritualidad, que  “todos los sufrimientos nuestros habían entrado en el corazón de Cristo en el Calvario. Esos sufrimientos ofrecidos de antemano por Cristo Sacerdote y Víctima faltaban ser cumplidos en nuestra carne… ¡Somos corredentores!”(DE 167).
  • Alrededor de la cruz del cirio viene pintado el año corriente. Al marcar el cirio la Noche Santa de la  Vigilia, el sacerdote dice: “A Él pertenece el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén”.
  • Finalmente añadimos abajo un diseño que tiene que ver con el misterio pascual. La mayoría de las veces pintamos el Cordero, que es lo que la mayoría de las parroquias pide. “Al ser matado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca” (Is 53, 7). Nosotras, esposas del Cordero queremos tomar parte de su mansedumbre y silencio en la inmolación, ya que con nuestras vidas queremos “contemplar y a vivir el misterio del Verbo Encarnado en la máxima expresión de su anonadamiento que es la cruz y que las llevará a entregarlo todo y a entregarse totalmente, demostrando así que no hay mayor amor que el que da la vida por sus hermanos” (Regla 6). Creo que siempre lo más difícil de pintar es un rostro, aunque sea de un corderito. Hay que tener mano para que salga dulce, tierno, manso etc… Todo eso me hace pensar como Cristo quiso esconder la belleza de su divinidad y hasta aplicar a Sí Mismo lo que profetizó Isaías: “Sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Depreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada” (Is 53, 2-3).

La luz del cirio será la primera luz en aparecer en la oscuridad de la Noche Santa. Esta luz es Cristo Resucitado: “Yo soy la Luz del mundo, quien me sigue no anda en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”. Por eso en unanimidad con el Exultet decimos: “Alégrese también la tierra inundada de tanta luz, y brillando con el resplandor del Rey eterno, se vea libre de las tinieblas que cubrían al mundo entero”. Luz que hace exclamar a todos los redimidos: “Felix culpa, ¡Feliz culpa, que nos mereció tan noble y grande Redentor! […] ¡Noche verdaderamente dichosa, en la que el cielo se une con la tierra y lo divino con lo humano!”

Nosotras queremos que “todos los actos de nuestras vidas suban al Señor en suave olor de santidad, quemándose como el incienso en adoración al sólo Santo, en acción de gracias por tanto bien recibido, en todo amando y reconociendo” (Regla 11), y también por la salvación de las almas que Dios nos encomendó, también a través de este pequeño trabajo manual que hacemos; por eso unimos nuestras voces a las de la Santa Madre Iglesia que termina el “Exultet” con las palabras siguientes: “Por eso te rogamos, Señor, que este cirio consagrado en honor de tu Nombre, continúe ardiendo para disipar la oscuridad de esta noche y aceptado por ti como perfume agradable, se asocie a los astros del cielo. Que lo encuentre encendido el lucero de la mañana, aquel lucero que no tiene ocaso: Jesucristo, tu Hijo, que resucitado de entre los muertos brilla sereno para el género humano, y vive y reina por los siglos de los siglos”.

Hna. Maria del Cuore Immacolato

Monasterio “Ecce Homo”, Holanda

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