Oh Señor, Nuestro Dios, que admirable es tu nombre en toda la tierra. Los labios de los niños y pequeños, cantan Señor tu grandeza, su canto silencia al enemigo, hace callar al adversario y al rebelde” (Salmo 8)

Cuántas veces habremos repetido estos hermosos versos en el rezo de la Liturgia de las Horas; cuántas veces las habremos leído y meditado en la Sagrada Escritura, y después de cuánto tiempo, alguna experiencia de las que Dios nos prepara en su amorosa providencia, nos hace entender algo de su sentido profundo.

Los labios de los niños y pequeños pueden hacer maravillas… lo comprobamos cada sábado de Oratorio cuando, después de un buen partido de futbol o alguna espléndida producción en el taller de cocina, o de “enchastrarse” un poco las manos en el semillero, habiendo tomado una rica merienda y habiendo revoloteado un poco por el salón, todo el mundo viene a la iglesia para la celebración de la Santa Misa. Y es que éste es el culmen de la labor apostólica de cada sábado… y de toda la semana: acercar a los niños a Jesús o, mejor dicho, acercar a Jesús a los niños.

Los labios de los niños y pequeños… sí Señor, tu nombre es admirable, como canta el salmista, tu nombre es sublime, tu nombre en los albores de la historia de la salvación fue revelado tan solo a algunos escogidos. Tu nombre es sagrado y temible, sin embargo, lo dejas pronunciar hoy por la boca de los niños que, a pesar de su sencillez y debilidad, pueden obrar grandes cosas, y una y otra vez, te complaces en obrar grandes cosas a través de los pequeños.

Los labios de los niños ablandan los corazones más duros, y acercan a los más alejados. De esto tenemos sobrada experiencia: porque hubo más de un papá o una mamá, que no pisaban la iglesia desde hacía varios años, y que ahora los vemos participando de la Santa Misa en la parroquia atraídos por la fe simple de estos pequeños, sus hijos, retornando a la casa del Padre.

Los labios de los niños y pequeños, canta el salmo, hacen callar al adversario y al rebelde. Y de qué manera ante ellos callan los humanos argumentos contra la Santa Misa dominical, “que no es necesario”, ”que tenemos un paseo aquí o que hacer un trámite por allá”, “que vino el abuelo de visita”, “tenemos el cumpleaños de la fulana de tal”; todo calla, y que lo atestigüen tantos papás y mamás que ante la protesta del pequeño “oggi devo far il chierichetto” (hoy tengo que hacer de monaguillo), u “oggi devo far la figlia di Maria” (hoy tengo que hacer de hija de María), no tienen más que callarse y enfilar hacia la iglesia.

Los labios de los niños… cómo no reconocerlo: hacen reír a los más ceremoniosos. Y no importa qué tan desafinado sea el canto, o desarreglada la túnica, si uno hizo tal enredo con las cadenas del turíbulo y no le quedó más que agarrarlo con la mano para salir del paso, o si algún inquieto se tiró la cera de la vela en la cara… o si uno se tropezó con la alfombra intentando subir al altar… Dios los contempla desde su Santo Cielo con la ternura de un Padre porque sabe que, a pesar de todos sus desaciertos, lo sirven con toda el alma, participan de su Santo Sacrificio con la piedad particular de su corta edad, y cantan, cantan la grandeza de Dios que, puede obrar grandes cosas a través suyo; porque mientras más pequeño, inútil e insignificante sea el instrumento, más brillará la mano del Artista.

Se podría decir que cada sábado en la Santa Misa del Oratorio se repite aquella prodigiosa maravilla de Belén, Dios se da a conocer a los hombres en la ternura y fragilidad de un niño. Hubo un grupo de pequeños que buscaba acercarse a Jesús y hubo un grupo de grandotes que intentaba alejarlos, hecho ante el cual, el Maestro se indignó y sentenció fuertemente: Dejad que los niños vengan a Mí y no se lo impidáis (Lc 18, 16) ¿Verdad que fue ésta una jugada muy astuta de parte Suya? Porque la experiencia nos ha mostrado a las claras que cada niño que se acerca a Jesús trae consigo un séquito importante de padres, madres, hermanos, padrinos, madrinas y etcéteras, varios que, admirados por el modo en que Dios va modelando estos pequeños corazones, poco a poco se van dejando moldear también ellos.

Que la Virgen nos alcance por su intercesión, las gracias necesarias para poder seguir modelando estos corazones de cera blanda para que nunca dejen de proclamar que Tu nombre Señor, es admirable en toda la tierra.

Hna. María Virgo Mater

Génova, 3 de mayo de 2018

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