Llegaron y pasaron… como un tornado. Es decir, nos preparamos lo mejor que pudimos, lo vivimos con intensidad, y ahora en medio de la calma podemos ver mejor lo que se vivió en esos días. Me refiero al encuentro de los “Watoto wa Yesu” (Los niños de Jesús) de la diócesis.

Este grupo de niños y niñas funciona en cada parroquia de todo Tanzania. Es un grupo que está muy organizado, y por eso pienso que tiene mucha fuerza. De hecho, éste encuentro de niños de la diócesis tiene todo el apoyo del obispo y cada párroco debe traer a sus niños y colaborar con ayudantes y con la parte económica.

Pero vamos a contar lo que sucedió. Vinieron a nuestra parroquia de Ushetu nada menos que 500 niños y unos 50 adultos, y se quedaron durante cinco días. Se imaginan que los preparativos empezaron varias semanas antes… no es fácil alojar esta cantidad de personas, hay que pensar en baños, duchas, la cocina, la comida, etc. Además de que de parte de la diócesis estaban un poco dudosos, ya que era la primera vez que nos tocaba algo tan grande… y nada menos que en la “lejana parroquia de Ushetu”.

Me resultó gracioso que en un retiro de sacerdotes antes de navidad algunos padres se acercaban a preguntarme: ¿Cuántos kilómetros hay hasta Ushetu? ¿Cómo está el camino? ¿Cuánto se demora el viaje? Es decir, que ya sería mas conocida entre los mismos sacerdotes nuestra misión… y era toda una sorpresa.

Por supuesto que cuando nos preguntaban cómo iban los preparativos, poníamos mucha cara de seguridad y “todo bajo control”… aunque por dentro tantas preguntas nos hacían dudar de nosotros mismos.

Ya estábamos para comenzar. La noche anterior, con el P. Johntin nos disponíamos para ir a dormir, y comenzar los cinco días de trabajo. En eso, rompe el silencio de nuestra misión, las voces de unos cantos de niños. Nos miramos con el P. Johntin, perplejos, a ver si el otro estaba escuchando lo mismo que uno. Los cantos se hacían mas nítidos, en medio de la oscuridad… vemos que llega ¡el primer vehículo! No habían podido avisar. ¡Así que se adelantó el trabajo! Como estamos en Tanzania, todo visitante es bienvenido “Karibu”… y así se largaron las Jornadas de los Watoto wa Yesu en Ushetu.

El dos de enero amaneció con la alegría que genera semejante evento. Imagínense que fueron llegando las distintas parroquias, todos llegaban cantando y los niños saliendo por las ventanillas. Los niños de la parroquia estuvieron toda la mañana en la puerta de la iglesia para dar la bienvenida con cantos a cada grupo que llegaba. Se sucedían los cantos en esa mañana, al llegar las más de 20 parroquias de la diócesis y los niños que inundaban todos los lugares. Era realmente hermoso verlos, el entusiasmos y la alegría que traían todos. Y el orgullo de los nuestros, que eran los dueños de casa, recibir a chicos que venían de la ciudad, y de tantas otras partes.

No entro en detalle de las actividades de cada día, sino que simplemente destaco que las que estaban organizadas eran sobre todo charlas de formación. Un sacerdote capuchino, con mucha didáctica y pedagogía dio la mayoría de las charlas, ayudado por religiosas de varias congregaciones.

Como este grupo de niños son los que bailan en las misas… (pero por las dudas entiéndase bien, porque aquí el ritmo lo llevan en la sangre, y estos niños bailan con mucho orden y respeto. Se visten con los colores de la bandera Papal, y el sentido de que estén delante del altar, es que sean como esos ángeles que se alegran en la presencia de Dios, y que están presentes junto al altar en cada Santa Misa), como les decía, se imaginan entonces que cada vez que se entonaba un canto… todos cantaban con gran fuerza, y era emocionante. Para mí era un gozo escuchar a esas 500 voces cantando el villancico “Gloria in excelsis Deo”, con envidia de los ángeles que lo entonaron por primera vez.

En el caso nuestro el apostolado fue mas bien dando el testimonio del trabajo ante los niños, ayudando en todo lo que se podía. Las hermanas a full con todo el trabajo de la cocina y el servicio de esos días. Y todo en medio de mucha alegría. Los niños son muy observadores y lo perciben muy bien.

Fue un gran testimonio para todos nosotros el que el obispo, Mons. Minde, viniera un día a darles una charla a los chicos, y luego se quedó a confesar.

Todos los sacerdotes, incluyendo el obispo, estuvieron más de dos horas confesando. Además Mons. vino el último día para la clausura, y manifestó su contento con todo lo organizado.

En la misa de clausura, cada grupo de niños, divididos por parroquias, pasaban a dar una contribución “para ayuda de los niños pobres del mundo”. Esto para mi fue edificante, que estos chicos que tienen tan poco, piensen en los que tienen menos que ellos. Y qué bueno que se les enseñe a ayudar, ya desde chicos, y vean esto como algo muy normal.

En fin terminando todas las actividades, con el padre Johntin tuvimos que hacer algunos viajes en vehículo para llevar niños de nuestra parroquia que eran de algunas aldeas lejanas. A pesar del cansancio disfruté mucho éstos viajes, porque los niños fueron cantando todo el tiempo. Algunos ya no tenían voz para cantar. Me hacía acordar a los campamentos que hacíamos en Argentina, en que se vivía esa alegría muy interior de esos días pasados en sanas diversiones, en gracia de Dios, y con la cercanía de los religiosos. Alegría en los niños, que es contagiosa. Bastaba mirarlos para alegrarse también. Me causaba gracia que a algunos los miraba y te sonreían como respuesta.

Al pasar por algunos poblados… se enfervorizaban y cantaban con más fuerza todavía, todo un testimonio. Yo pasaba muy despacio y muy orondo con la camioneta repleta de niños felices. Había que ver las caras de los nos veían pasar, en muchos casos, llenos de sorpresa. Pero en algunos casos me daba mucha lástima por el contraste, entre los niños llenos de alegría por tener a Dios en el alma; y por otro lado esas caras tristes, de rostros marcados por el vicio, o de aquellos que simplemente viven sin conocer a Dios.

Me despido, pero quiero compartir esto que pensaba en esos momentos… manejando una camioneta en la sabana africana, con un bellísimo paisaje al atardecer, el vehículo lleno con 15 o 20 niños, cantando de alegría todos cantos religiosos, uno tras otro, y diciendo a cada rato “asante padri, asante sister” (gracias padre, gracias hermana)…

¿Se le puede poner el precio a esto? ¿Cuánto cuesta vivir algo así? ¿Porqué Dios nos regala tantos beneficios? La única respuesta posible: esto no tiene precio… es el regalo de Dios a los misioneros. Dios nos da mucho más de lo que nosotros le damos… nunca se dejará ganar en generosidad.

Recuerdo ahora las hermosas palabras del P. Llorente(1), luego de celebrar una Navidad en una pequeña aldea del Polo Norte, en medio de esquimales:

Esa juventud inquieta que anda por el mundo buscando alegría sin encontrarla nunca, que venga a Misiones. De mí puedo afirmar que el gozo interno es a veces tan grande que temo me pague Dios en esta vida lo que yo creí ser patrimonio de la otra.

En el altar de Kalskag con la sagrada Hostia en las manos y oyendo los himnos de los eskimales no me cambio yo por nadie. Es sencillamente un cielo anticipado”.

No sin cierta nostalgia, podemos decir que terminamos… pasó el tornado. Ahora desde la calma contemplamos lo que vivimos, y no lo podemos creer. ¡Asante Bwana! (Gracias Señor)

¡Firmes en la brecha!

P. Diego.

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(1) P. Llorente, sacerdote jesuita, misionero por 40 años en el Círculo Polar. Texto del libro: “A orillas del Kusko”, pág. 124.

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