Por: Hna. María del Cielo, SSVM

El sábado 30 de noviembre, en la víspera del primer domingo de Adviento, tuvo lugar el ingreso solemne del custodio de Tierra Santa, Fray Francisco Patton a la Basílica de la Natividad de Belén (Palestina). Esta ceremonia que se realiza cada año tuvo una gracia del todo especial, porque esta vez traía en sus manos la reliquia de la cuna de Jesús

La reliquia donada por el Papa Francisco, consiste en un pequeño trozo de la cuna del Niño Jesús que se conserva hoy en la Basilia Santa Maria Mayor, en Roma. La cuna fue donada por San Sofronio, obispo de Jerusalén, a mitad del siglo VII, al Papa Teodoro I (642-649) para ponerla a salvo de la invasión musulmana.

El día anterior, Mons. Leopoldo Girelli, delegado apostólico en Jerusalén y Palestina, hizo entrega de la reliquia con la firma de un documento a Fray Francesco Patton y luego fue llevada en procesión a la Iglesia de San Salvador, dentro de la ciudad vieja de Jerusalén. “El Papa Francisco – dijo Mons. Girelli – acompaña este regalo con su bendición y con el ferviente deseo de que la veneración de esta insigne reliquia abra el corazón de tantos hombres y mujeres, adultos y jóvenes, ancianos y niños, para acoger con renovado fervor de fe y amor el misterio que cambió el curso de la historia.

El Santo Padre desea, en especial, que el mensaje de paz anunciado por los ángeles la noche de Navidad a los hombres que ama el Señor, que resuena desde Belén dese hace dos mil años, traiga el regalo de la paz y la reconciliación que nuestro mundo necesita siempre tanto”.

Según detalló fray Patton, fue el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, quien solicitó al Santo Padre que prestara para Navidad la reliquia de la cuna, pero debido a su fragilidad, el Papa decidió donar un fragmento de la misma.

Por gracia de Dios nuestra Familia Religiosa y varios voluntarios nos hicimos presente esa mañana, con los niños de nuestro Hogar Niño Dios, para esperar al Custodio en su ingreso de la Basílica de la Natividad.

La Plaza de la Basílica estaba llena. Mucha gente se acercaba a acariciarlos, otros nos sonreían desde lejos… se diría que la inocencia de estos niños que por sus discapacidades u otros problemas familiares han sido prácticamente abandonados, reclama inmediatamente un llamado de atención sobre la caridad que el Salvador vino a traer a este mundo, cuando nació aquí, en Belén: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Después de la ceremonia, la reliquia fue puesta junto a la imagen del Niño Jesús, en el altar de la Santísima Virgen, en la Iglesia Franciscana de Santa Catalina de Alejandría (junto a la Gruta del Nacimiento).

Es significativo que un pedazo de la santa cuna que acogió el cuerpo del Salvador, regrese a Belén después de 1300 años. Esa cuna donde lo recostó María y que seguramente fue preparada por San José, como buen carpintero…

Una simple cuna de madera acogió el débil cuerpo del Dios recién nacido, 33 años después otro madero recibiría el mismo cuerpo, y tanto en uno como en otro misterio refulge el amor infinito del Verbo Encarnado.

En su visita a Belén el 22 de marzo del 2000, San Juan Pablo Magno nos habló de este anonadamiento. “El gran misterio de la kénosis divina, la obra de nuestra redención que se realiza en la debilidad, no es una verdad fácil. El Salvador nació en la noche, en medio de la oscuridad, del silencio y de la pobreza de la cueva de Belén. «El pueblo que andaba a oscuras vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras brilló una luz», afirma el profeta Isaías (Is 9, 1-2). Este lugar ha conocido el «yugo» y la «vara» de la opresión. ¡Con cuánta frecuencia se ha escuchado en estas calles el grito de los inocentes! También la gran iglesia construida sobre el lugar donde nació el Salvador aparece como una fortaleza asaltada por las luchas de los tiempos.

La cuna de Jesús está siempre a la sombra de la cruz. El silencio y la pobreza del nacimiento en Belén corresponden a la oscuridad y al dolor de la muerte en el Calvario. La cuna y la cruz son el mismo misterio del amor redentor; el cuerpo que María recostó en el pesebre es el mismo cuerpo ofrecido en la cruz.

Así pues – se preguntaba el Papa Magno – ¿dónde está el dominio del «consejero maravilloso, Dios fuerte y príncipe de la paz», del que habla el profeta Isaías? ¿Cuál es el poder al que se refiere Jesús mismo cuando afirma: «Me  ha  sido  dado todo poder en el cielo y en  la tierra»? (Mt 28, 18). El reino de Cristo «no es de este mundo» (Jn 18, 36). Su reino no es el despliegue de fuerza, de riqueza y de conquista que parece forjar nuestra historia humana. Al contrario, se trata del poder de vencer al maligno, de la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte. Es el poder de curar las heridas que deforman la imagen del Creador en sus criaturas. El poder de Cristo es un poder que transforma  nuestra  débil naturaleza y nos hace capaces, mediante la gracia del Espíritu Santo, de vivir en paz los unos con los otros y en comunión con Dios. «A todos los que lo acogieron, a los que creyeron en su nombre, les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12). Este es el mensaje de Belén hoy y siempre. Este es el don extraordinario que el Príncipe de la paz trajo al mundo hace dos mil años”[1].

Es una gracia enorme ser misionero en Tierra Santa, y en especial en Belén, donde por primer vez María y José contemplaron el rostro del Hijo de Dios, y donde por primera vez, el Dios hecho Niño, contempló el rostro de su Madre Inmaculada y del Justo José, elegido por Dios para ser su padre, su custodio y defensor en esta tierra. Aquí, el Verbo Encarnado nació de María, aquí los ángeles proclamaron su Gloria, aquí los pastores lo adoraron en toda su humildad, como también los Reyes en toda su generosidad.

 “Hoy, desde la plaza del Pesebre, proclamamos con fuerza a todo tiempo y lugar, y a toda persona: «¡La paz esté con vosotros! ¡No temáis!». Estas palabras resuenan en todas las páginas de la Escritura. Son palabras divinas, pronunciadas por Jesús mismo después de su resurrección de entre los muertos: «¡No temáis!» (Mt 28, 10). Esas mismas palabras os las dirige hoy a vosotros la Iglesia. No temáis conservar vuestra presencia y vuestra herencia cristianas en el lugar mismo en donde nació el Salvador. En la cueva de Belén, como dice san Pablo en la segunda lectura que acabamos de escuchar, «se manifestó la gracia de Dios» (Tt 2, 11). En el Niño que ha nacido, el mundo ha recibido «la misericordia prometida a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia por siempre» (cf. Lc 1, 54-55).

Deslumbrados por el misterio del Verbo eterno que se hizo carne, abandonamos todo temor y, como los ángeles, glorificamos a Dios que da al mundo esos dones. Con el coro celestial «cantamos un cántico nuevo» (Sal 96, 1)”[2].

Nos encomendamos a sus oraciones por nuestra santidad y perseverancia, para que podamos “prolongar la Encarnación en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre” (Const. 4).

Nos encomendamos a sus oraciones,

En Cristo y María,

María del Cielo, SSVM

[1] SAN JUAN PABLO II, Plaza del Pesebre de Belén, miércoles 22 de marzo de 2000.

[2] SAN JUAN PABLO II, Plaza del Pesebre de Belén, miércoles 22 de marzo de 2000.