Visitar las casas y familias de nuestra Parroquia es uno de los apostolados principales en nuestra misión en Irlanda. El ir de casa en casa, bajo la lluvia, granizo o sol, golpeando las puertas y tocando timbres, sin saber quien vive allí, causa muchas reacciones diferentes en la gente, casi siempre de bienvenida y acogida, y muchas veces también, de gran sorpresa. En general para la gente esto es un hecho novedoso, encontrar religiosos llamando a sus puertas inesperadamente, visitando sus casas, conociendo la realidad de sus familias interiorizándose de sus necesidades a través de la conversación. Muchos fieles se han acercado de nuevo a Dios a partir de estas visitas de casas, y para nosotras, ha sido una excelente manera de conocer a la gente que vive en nuestro pueblo, ya que a muchos de ellos no podremos encontrarlos en la puerta de la Iglesia.

 

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Una de estas visitas fue a un matrimonio joven con seis niños. Uno de los niños, de 7 años de edad, quien fue bautizado solo algunos meses atrás, tenía muchas preguntas y observaciones. Habló de muchas cosas, desde querer ayudar a los pobres, hasta fútbol y viajes… y en un determinado momento, comenzó a preguntarnos acerca de Portugal, ya que su hermano mayor viajaría próximamente a ese país. En ese momento nosotras comenzamos a preguntarle si alguna vez había escuchado hablar sobre las apariciones de la Virgen María en Fátima, y de los tres niños a quienes Nuestra Señora se había aparecido. Sus ojos se abrieron, y respondió que no… y esperó por más. Entonces comenzamos a contarle de una manera muy resumida la historia de cómo la Virgen María les pidió a los pastorcitos que rezaran el Santo Rosario todos los días y que hicieran sacrificios por la conversión de los pecadores, incluso pequeños, porque no importa cuán pequeños sean los sacrificios, igualmente ponen a Dios extremadamente contento. Su cara estaba iluminada y llena de interés y emoción a medida que empezaba a entender lo que le explicábamos. La conversación continuó, y en el momento en que nosotras estábamos partiendo para visitar otras casas, el niño aprovechó la oportunidad para decir: ‘Esta noche tengo montones de tareas para la escuela’, y lanzando su puño al aire como muestra de alegría, exclamó: ‘Entonces le puedo dar a Dios un GRAN regalo!!’. Tenía la alegría de poder hacer algo bueno y grande por Dios. Esta fue solo una visita de casa, pero con ella comprobamos una vez más, como Dios saca grandes frutos aún de las pequeñas obras de caridad que hacemos cada día por su amor.

Encomendamos a sus oraciones y a la intercesión de María Santísima, los frutos de nuestros apostolados, en particular, el de las visitas de casas.

SSVM en Irlanda.

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