Manto-de-San-José

Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto (Mt. 2,14)

Podemos imaginar que en ese momento lo tomó en sus brazos, lo envolvió en su manto y emprendieron el camino…

Queremos contarles en esta crónica los detalles de las gracias que recibimos y que todavía respiramos admiradas. Una delicadeza de San José.

El día 21 de febrero pasado, quisimos visitar algunas Iglesias en la zona del Palatino y del Aventino en Roma. Buscando los horarios de apertura de las Iglesias, encontramos un link que enviaba a un video sobre una reliquia que se conservaba desde finales del siglo IV en la Basílica de Santa Anastasia al Palatino: ni más ni menos que el manto de San José.

No salíamos de nuestro asombro. No por el hecho de que Roma contase con una reliquia más, sino porque se trataba de una reliquia de nuestro Santo Patrono a menos de un mes de nuestro XXX° aniversario de fundación del Instituto. El hecho resultaba particularmente significativo considerando todos los preparativos que veníamos realizando y el inicio de la Treintena hacía pocos días. Como quien se entusiasma con algo bueno sin pensar mucho, no dudamos en ir… Entramos a la Iglesia para saber si la dicha reliquia estaba expuesta a la veneración pública. La única información que dieron fue que efectivamente se sabía que la reliquia estaba allí, pero que era inaccesible a los fieles, estaba en un lugar privado y para más detalles debíamos contactar a los sacerdotes que venían a celebrar la Santa Misa todos los días a las 18 horas. La Basílica de Santa Anastasia tiene una capilla de adoración perpetua. Cuando nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento constatamos que esculpida en el mármol de la pared había una inscripción en latín que hablaba de la historia de la reliquia que buscábamos.

El lunes 12 de marzo después de la Santa Misa de las 18 horas nos acercamos al sacerdote que había celebrado y le preguntamos: «Padre, hemos sabido que acá está el manto de San José. ¿­Es cierto?» A lo cual respondió con asombro: «Sí, pero ¿pueden creer que no es posible venerarlo? Está en un lugar privado dentro de un armario blindado. Yo estoy acá desde hace muy poco tiempo y quisiera exponerlo a la veneración!». Le contamos de nuestra devoción al Santo Patriarca y que en pocos días celebraríamos con gran solemnidad los 30 años de fundación del Instituto, y que para esa ocasión sería una gracia muy grande poder venerarlo. Su entusiasmo fue tal que nos dijo: «¿Quieren llevarla a la casa?». «Nunca lo hubiéramos pensado pero quizás… ¿Se podría llevar a la Basílica de San Pablo para que esté durante la Misa de acción de gracias?». De este modo surgió una osada respuesta a una propuesta que superaba toda imaginación y expectativa. Pero para un San José que cada día comparte la vida de las Servidoras, dándoles más de lo que le piden, y para las Servidoras que cada día que pasa se sienten más y más protegidas por él… ¿Acaso podíamos imaginar que ahora, para los 30 años era él mismo quien quería prepararse su propia fiesta y ponernos bajo su manto del modo más literal imaginable?

Tratándose de una reliquia traída por San Jerónimo a fines del siglo IV como atestigua la inscripción en el mármol y la antigua tradición, y que por siglos se ha conservado bajo medidas de seguridad especiales, las autoridades del Vicariato de Roma no permitieron que tampoco esta vez saliera de la Basílica donde se custodia. Por este motivo don Francesco nos propuso hacer la veneración pública durante las Vísperas Solemnes. Estábamos a una semana de la gran fiesta y San José organizaba de este modo las II Vísperas de su Solemnidad para que glorifiquemos a Dios bajo la sombra de su manto.

El domingo 18 de marzo a las 17.45 horas, don Francesco advirtió de un pequeño problemita: aparte de la puerta blindada, la reliquia está protegida por un vidrio y no sabe bien si sería posible llevarla a la Iglesia. Pero aun así, seguía en pie la idea de cantar las Vísperas Solemnes y luego, eventualmente iríamos en pequeños grupos a venerarla. Le dijimos: «No se preocupe, a nosotras San José nos ayuda en todo, ahora no nos va a dejar solos y usted encontrará las llaves».

Terminada la Santa Misa en San Pablo Extramuros, don Francesco nos envía un mensaje avisándonos que estaba todo bien. Mientras veía el modo de sacar el vidrio de protección, lo tocó y este se movió. Entonces junto a otro sacerdote pudieron sacarlo y con esto acceder al hermoso relicario.

Concluido el almuerzo festivo, fuimos a la Basílica de Santa Anastasia para arreglar los últimos detalles con el Padre antes que iniciase la Santa Misa de las 18 horas. Notamos que para la Santa Misa había mucha gente y que providencialmente las hermanas de la comunidad de Prato habían llegado antes y solemnizarían la Misa con los cantos. Entramos en la sacristía y al vernos con gran alegría don Francesco nos dice: «¡Lo logramos, aquí está!». Nos quedamos sin palabras. Efectivamente, allí estaba. Se nos iluminaron los ojos y con el alma llena de un gozo inexplicable la veneramos. ¡El hermoso relicario custodia desde el siglo XVI la reliquia del Sacro Manto de San José y el velo de la Virgen Santísima! Por primera vez en la historia sería expuesta solemnemente. Era el Santo Patriarca que no sólo había preparado sus Vísperas sino que además había pasado por alto las puertas y vidrios blindados porque quería estar rodeado de sus Servidoras.

Según el programa original terminada la Misa, a las 18.45 don Francesco llevaría en procesión la reliquia, la expondría a la veneración y a las 19 cantaríamos las II Vísperas. Pero no estaba previsto que mientras pasaban los minutos la Iglesia se fuese llenando de gente, la Misa animada por nuestras hermanas, el incienso y el sermón sobre San José estaban preparando algo grande. Mientras tanto la reliquia esperaba en la sacristía que durante la Misa estuvo cerrada bajo llave.

Finalizada la Santa Misa volvimos a la Sacristía para ultimar los detalles litúrgicos y para que las Madres del Consejo General pudieran saludar y agradecer a don Francesco. Ante nuestra admiración nos dijo: «¿Y esta gente? ¡Nunca viene esta cantidad de gente a Misa durante la semana! No lo esperaba». Le respondimos: «Padre, usted todavía no ha visto la cantidad de hermanas que están afuera y que aún no entraron». Efectivamente estaban presentes prácticamente todas las comunidades de las Servidoras en Italia, unas 200. Un último detalle a definir era la posibilidad de que la gente pudiera acercarse a besar y venerar la reliquia, como es costumbre nuestra. Don Francesco estuvo de acuerdo y lo haríamos una vez finalizadas las Vísperas.

Al canto del Magne Ioseph entró en procesión la magnífica reliquia, dos hermanas llevaban las velas. Una vez colocada sobre el altar mayor, iniciaron las II Vísperas de la Solemnidad de San José en Roma con el majestuoso himno del Te Ioseph celebrent. ¡Qué grande gozo sentíamos en esta acción de gracias a Dios por el XXX° aniversario de fundación de las Servidoras! La gente buscaba estar lo más cerca posible. Entre el canto y los versos de la salmodia se traslucía una cierta emoción que reflejaba nuestras almas llenas de acción de gracias.

Terminadas las Vísperas se preparó el relicario de tal modo que la gente se acercara al altar y lo pudiera besar, con delicadeza y devoción. Al canto de las letanías a San José la fila de personas empezó a acercarse al altar. Todo hablaba del cielo, todo hablaba de Dios, del Verbo Encarnado. Era como estar en el Cielo, cantando a Dios, con la Virgen y San José. Efectivamente, en un solo relicario estábamos venerando el velo de la Madre de Dios y el manto del Padre nutricio del Hijo de Dios. Sin duda, estas reliquias nos hacían pensar cuantas veces habrán cubierto y protegido del frío a la misma Humanidad Santa del Niño Jesús.

Dos horas…, mujeres que lloraban, niños que miraban y besaban con asombro la reliquia, hombres que se arrodillaban ante el modelo de trabajador, ancianos que subían al altar con dificultad llevando las penas y alegrías de toda una vida…, todos, todos llevaban algo que ofrecer y pedir. Y las Servidoras, cada una de las cuales había sido ofrecida simbólicamente a través de un lirio durante la Santa Misa de la mañana, ahora, al terminar el día se arrodillaban bajo el manto de San José y ponían allí su vida para que él la bendijera, recordando quizá el gesto de la consagración de toda su vida para siempre, el día de los votos perpetuos. Aspirantes, postulantes, novicias, profesas temporales, profesas perpetuas y entre ellas alguna que celebraba 30 años de vida religiosa y otras tantas que recordaban sus 25 años de profesión de votos.

Una vez terminada la fila de quienes estaban presentes, don Francesco dio la bendición final y la procesión llevó de regreso las santas reliquias al lugar donde se custodian. Allí vimos como la puerta blindada volvía a cerrarse, esta vez sin el vidrio que las protege. Éste volvió a su lugar esta mañana y como lo ha hecho ya por siglos, seguirá custodiando el manto de San José y el velo de la Santísima Virgen. Pero desde ayer hay algo cierto de lo cual nosotras fuimos testigos oculares: la absoluta certeza de que San José quiso ser venerado de este modo y que él mismo preparó todo para nosotras. Ésta verdad no tiene explicación humana, serían demasiadas coincidencias. Pero además hay un hecho nuevo en la historia: luego de XVI siglos de silencio y presencia oculta en una Iglesia de Roma, ahora, una multitud de fieles puede decir «fuimos puestos bajo su manto» en medio de las persecuciones del mundo, como lo fue seguramente el Niño Dios que perseguido por Herodes, partió a Egipto bajo el manto de su padre. Cosas de Santos… ¡Gracias San José!

Que cada una de las Servidoras, sintiéndose bajo el manto del Protector de las Vírgenes, crezca en el amor y devoción al Santo Patriarca.

Hnas. Maria Vergine dei Tramonti y María José

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