(IVE en Bolivia)- Todos conocemos que una de las promesas del Sagrado Corazón de Jesús es la de conceder la gracia de la perseverancia final a quienes lo honren ofreciendo la Comunión reparadora durante nueve primeros viernes de mes seguidos.

Como muchos ya saben, hace un tiempo atrás hemos sufrido el fallecimiento de nuestra madre querida, María Cristina. Revisando después de unos días sus pertenencias, he tenido entre mis manos un cuaderno bien sencillo pero prolijamente dispuesto, tal como era el modo de proceder de mi madre en todos los aspectos de su vida. Es un cuaderno en el que ella periódicamente iba transcribiendo o pegando distintas oraciones, que ciertamente eran el alimento cotidiano de su devoción, tan sencilla pero sólida y constante. Grande fue mi sorpresa cuando en las últimas hojas encontré dos recuadros en donde ella iba llevando cuenta de los días y los meses en que ofreció al Corazón de Jesús la Comunión reparadora de los primeros viernes de mes. Por eso me consta que al menos en dos oportunidades pudo cumplir con esta práctica.

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Pero lo que más me llamó la atención fue el leer, escrito de puño y letra, la dedicatoria que encabeza uno de los recuadros: “Yo, María Cristina, me comprometo a ofrecer al Sagrado Corazón de Jesús la Comunión de los siguientes primeros viernes de mes, para conseguir de Él la gracia de la perseverancia final” (el subrayado es de ella).

No me caben dudas de que el Corazón de Jesús tomó bien en serio su ofrecimiento: días antes de morir hemos rezado juntos la novena al Sagrado Corazón de Jesús… pero sobre todo tuvo la gracia de recibir los últimos sacramentos, de mis manos, y estando consciente, apenas dos horas antes de partir al encuentro con Dios.

He querido escribir esto a modo de una breve crónica, ante todo para dar públicamente gracias a Dios nuestro Señor por los innumerables signos de su misericordia que es infinita, y también para que todos nosotros, especialmente los que por gracia de Dios somos sacerdotes, no nos cansemos de recomendar a las almas tan saludable práctica.

De más está decir que la partida de mi madre, adornada con estas gracias, ha sido un gran motivo para que aumente mi fe en la predilección con la cual Nuestro Señor ama a sus hijos, sobre todo a aquéllos que son sencillos.

Que Dios nos conceda la gracia de gastarnos y de desgastarnos por la salvación de las almas.

P. Marcelo Molina, IVE

Misionero en Oruro (Bolivia)

www.iveargentina.org

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