Querida Familia Religiosa,

Les escribo desde el monasterio “Ecce Homo” de Holanda con un motivo que puede parecer banal, pues la novedad es que “tenemos abejas”. Pues bien, les confieso que cuando me pidieron que escribiera contando esto de las abejas me costó encontrarle el sentido o alguna importancia para los que recibieran la noticia, pues me asaltó el pensamiento de que cuál sería el provecho que podrían sacar nuestros misioneros de que les participemos esto, que en la vida del Monasterio revestía una particular importancia por lo que significaba en cuanto a nuestra sencilla vida cotidiana, pero que en medio de la misión más bien les gustaría que les enviásemos un frasco de miel a cada uno  antes que tener que leer estas pobres líneas…

Pero también es cierto que en la vida de una familia nos interesan las cosas de cada uno de los miembros, alegrándonos con los beneficios ajenos. Con este espíritu, confiada en una caridad que se alegra, vuelvo a lo que les decía: que nos iniciamos en el campo de la apicultura.

En el número 87 de nuestra Regla monástica leemos: La vida monástica consiste en la búsqueda de Dios según las huellas de Cristo. Para alcanzar tal fin la monja no se limita a una sola actividad o a un solo medio. A la oración litúrgica y privada la monja deberá, como medio para realizar la santidad de su vocación, unir el trabajo: el intelectual y el manual, como decía San Benito: “en determinados momentos deben ocuparse los hermanos en el trabajo manual y a ciertas horas en la lectura espiritual” (San Benito, Santa Regla, XLVIII) Cualquiera fuese el tipo de trabajo a realizar, la contemplativa tendrá siempre presente la finalidad principal: la unión con Dios.

Y en su modo tan poético dice Pemán:

Mézclame, de vez en cuando,
en el trabajo requiebros
y jaculatorias breves,
que lo perfuman de incienso.
Ni el rezo estorba al trabajo,
ni el trabajo estorba al rezo.
Trenzando juncos y mimbres
se pueden labrar, a un tiempo,
para la tierra un cestillo
y un rosario para el cielo

Hace más o menos dos años atrás, buscando qué trabajo manual podíamos implementar para reforzar los otros que ya realizábamos en la comunidad como son: la hospedería (que si bien es apostolado, consideramos también el mantenimiento de la misma como trabajo manual); la confección de ornamentos litúrgicos; rosarios, cirios…; pensamos en la posibilidad de tener abejas para la producción de miel.

Y en la primavera de este año, a fines de marzo, pudimos comenzar con esto. Gracias a la generosa ayuda del papá de la Hna. Foedereis (hermana holandesa que se encuentra actualmente haciendo su Doctorado y trabajando en Italia en el Proyecto Fabro) que nos regaló la primera colmena y se encargó de encontrar quien pudiese instruirnos en el cuidado de la misma. Desde marzo contamos con lecciones prácticas y ahora durante el mes de octubre, que no tenemos que ocuparnos en el trabajo con las abejas por el frío del otoño europeo, intensificamos lecciones de teoría.

Llegado el momento de pedirle a un santo la ayuda necesaria para este trabajo no sabíamos a quién recurrir, sin saber que los apicultores tienen ya un patrono, que es San Ambrosio. Como no lo sabíamos, hemos elegido a San Bernardo, lo que resultó positivo, pues ahora contamos con la ayuda de ambos: de San Ambrosio, que comparó a la Iglesia con la colmena, y a los piadosos miembros de la comunidad con las abejas, que de todas las flores sólo recolectaban lo mejor y evitaban el humo de la soberbia, y de San Bernardo, El doctor Melífluo, del latín mellifluus (que destila miel).

A San Bernardo de Claraval o Bernard de Clairvaux (1090-1153), se le representa en las imágenes con su hábito blanco del Císter y la cabeza tonsurada, sus insignias de abad, un libro o un báculo, y a veces una cruz de doble travesaño, y algunas veces también con una colmena en la mano, que alude a su apodo de Doctor Melífluo o boca de miel. Tal vez le valió este apodo la composición del hermoso himno que frecuentemente cantamos en nuestras casas, el Jesu dulcis memoria:

Iesu dulcis memoria

dans vera cordi gaudia:

sed super mel et omnia

ejus dulcis praesentia.

Nil canitur suavius,

nil auditur jucundius,

nil cogitatur dulcius,

quam Iesus Dei Filius.

Iesu, spes paenitentibus,

quam pius es petentibus!

quam bonus te quaerentibus!

sed quid invenientibus?

Nec lingua valet dicere,

nec littera exprimere:

expertus potest credere,

quid sit Iesum diligere.

Sis, Iesu, nostrum gaudium,

qui es futurus praemium:

sit nostra in te gloria,

per cuncta semper saecula. Amen.

Jesús, dulce memoria

que da las verdaderas alegrías al corazón

pero más que miel y todo (lo demás)

su dulce presencia.

Nada más dulce es cantado

nada más agradable es oído

no hay más dulce pensamiento

que Jesús, hijo de Dios.

Jesús, esperanza del penitente;

¡qué piadoso eres a ellos que luchan!

¡qué bueno eres a ellos que te buscan!

¿pero qué eres para los que te encuentran?

No hay lengua que pueda decir,

no hay letra que pueda expresar:

el con experiencia puede creer,

lo que es amar a Jesús.

Se, Jesús, nuestra alegría,

tú quien serás la recompensa (en el) futuro:

que nuestra gloria este en ti

por todos los siglos. Amén.

 

En la iconografía cisterciense, se representa a San Bernardo vestido con el hábito de la orden y sosteniendo una colmena de la que salen abejas; él aparece de pie junto a un altar con un Cristo crucificado. Las abejas, volando entre la colmena sostenida por el santo y las heridas por donde sale la sangre de Jesús, van entrelazadas con la inscripción en latín, “Nil cogitatur dulcius quam JESUS Dei Filius”, “No puede haber nada más dulce que pensar en Jesús, el hijo de Dios”.

Se puede aprender mucho de la vida de las abejas, sea en lo que concierne a ellas mismas, pero también tomándolas como modelo para explicar cosas de un plano superior. Uno no se pude imaginar lo que es la vida de una colmena hasta que la ve: una organización perfecta, cada una de las abejas tiene su función (nodrizas, obreras, guardianas), tienen diversos trabajos durante su vida, distinto trabajo según la estación del año, todo esto lo hacen en un admirable orden.

Y así son muchos los que han encontrado en las abejas un modo de hacer más gráficas sus ideas. A continuación va un texto de San Francisco de Sales (Tratado del Amor de Dios libro VI C. II) cuando nos enseña a rezar; él escribe: “Toda meditación es pensamiento pero no todo pensamiento es meditación. A veces nutrimos pensamientos a los que el espíritu se adhiere sin designio ni pretensión alguna, solo por simple recreo, de la misma manera que vemos las moscas comunes volar sobre las flores sin sacarles jugo alguno; esta especie de pensamientos, por cuidadosos que ellos sean, no pueden recibir el nombre de meditación, sino de simple pensar. Con frecuencia pensamos atentamente en algunas cosas para conocer sus causas, efectos y cualidades; a esto se le llama estudio, y en él se porta el espíritu como los abejorros, que vuelan sobre las flores y hojas, sin distinción, para alimentarse de ellas; pero cuando pensamos en las cosas divinas no para entender, sino para aficionarnos a ellas, se dice que meditamos, y a este ejercicio se llama meditación, con lo cual nuestro espíritu, no como una mosca, por simple entretenimiento, ni como un abejorro, para comer y saciarse, sino como una abeja sagrada va de aquí para allá sobre las flores de los santos misterios libando la miel del amor divino (…)”.

Y más adelante en el mismo capítulo a vuelve a tomar el ejemplo de las abejas: La abeja revolotea, en primavera, de acá para allá, no a la ventura, sino de intento; no para recrearse tan sólo contemplando la variedad del paisaje, sino para buscar la miel; y, en hallándola, la chupa y carga con ella; la lleva después a la colmena, la dispone con primor, separándola de la cera, y construye con ésta el panal, en el cual guarda la miel para el próximo invierno. Tal es el alma devota en la meditación: anda de misterio en misterio, más no volando al acaso, ni para consolarse tan sólo contemplando la admirable hermosura de estos divinos objetos, sino con propósito y de intento, para encontrar motivos de amor o de algún celestial afecto; y, una vez que los ha encontrado, los recoge, los saborea, carga con ellos, y, cuando los tiene reunidos y colocados dentro de su corazón, pone en lugar aparte lo que le parece menos propio para su aprovechamiento, y hace las resoluciones convenientes para el tiempo de la tentación”.

Hay otra cosa que me llamó la atención de la vida de las abejas, y para explicarme mejor vuelvo a citar nuestra regla, el número 97: “La monja realizará sus trabajos en perfecta subordinación a la Priora, teniendo en cuenta que el espíritu del trabajo está en la obediencia”.

El primer día que trabajamos en esto, al abrir la colmena vimos de pronto 30.000 o 40.000 abejas. Vencido el temor que me causó tal visión que casi me lleva a cambiar de trabajo manual, pude escuchar lo que nos enseñaban: “Todas las abejas reconocen a su reina, la reconocen y siguen, no se equivocan de colmena y todas saben lo que tiene que hacer, etc., etc.”. En ese momento se me vino esta pregunta a la cabeza: ¿No podría ser así con los hombres? ¿Se puede llegar a organizar un número tan grande de personas? ¡A veces cuesta tanto tratar de mover una voluntad dotada de libertad para conducirla a Dios, cuesta mover la voluntad propia hacia el fin, a veces cuesta también seguir los mandatos de Dios y sus representantes que deberían ser para nosotros más dulce que la miel, como dice el salmo, y puede ser que fallemos y nos desviemos. ¿Por qué Dios ha dado la libertad al hombre, pues sabía que podía ser mal empleada?

Vino a darme luz en estas preguntas un texto del Padre Royo Marín en su libro Dios y su Obra (PIII c.6 art 1): “Dios no quería tener esclavos ni ciegos instrumentos, sino hijos libres. Por eso entregó al hombre el don de la libertad, el supremo y también el más peligroso de todos los dones del orden natural”.

¡Lograr conducir nuestra alma y ayudar a otros con voluntad humana, dotada de libertad a secundar la Voluntad de Dios es una de las cosas lo más hermosas que podemos hacer y tanto más elevado que el puro instinto de las nobles abejas! ¡Vale la pena!

Antes de terminar quería encomendarme a las oraciones de todos.

En Cristo y María,

Hermana María de Lichen

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