Queridos todos

Quisiera comenzar esta crónica paragonando el entusiasmo de los discípulos de Emaús después del encuentro con el Señor: “¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las escrituras?” (Lc 24, 32), con lo que ha sido la visita del Santo Padre a Prato.

¡Hemos visto al Papa! ¡Y lo pudimos saludar personalmente! El alma, al recordar el momento, se llena nuevamente de una alegría inmensa. ¡Qué gracia!

Muchos piensan (entre los cuales me incluyo, antes de llegar y vivir en Italia) que estar en Italia y ver al Papa son dos cosas que van de la mano, algo casi que se da como un hecho evidente. Pero no es así, es más, diría que son los que vienen de paso los que han tenido y tienen la posibilidad de poder saludarlo personalmente. En definitiva, todo es don y gracia, sin duda alguna.

Han pasado algunas horas de la tan esperada visita del Santo Padre a Prato. “Peregrino de paso” como èl mismo se declarara. Un encuentro de una hora solamente.

Los preparativos

Todo se iba disponiendo para la visita. Al principio, muy sutilmente, tanto que parecía que la ciudad se mostraba como ignorando, o mas bien, como indiferente al acontecimiento. Pero, al acercarse la fecha, vimos que en las calles se ponían los anuncios de la visita, se iba arreglando todo para el gran día. 

Particularmente en la catedral, han sido días de mucho trabajo. A lo que habitualmente hacemos, se le agregaron otras actividades, en modo de poner todo a relucir para la llegada de una visita que se hacía cada día más deseada y esperada.

Lavar, planchar, limpiar, lustrar, adornar, ordenar, han sido de los verbos más utilizados durante los últimos días. Para llegar a tiempo hubo también que utilizar los verbo renunciar y sacrificar. ¿A qué cosas? A los demás tiempos del que ordinariamente se disponen, pero que dada la circunstancia y sobre todo por Quién se lo hace, valía y vale mil veces la pena. Pasados algunos días de un ritmo intenso, lo que costaba, era el acercarse de las 13.45 y sacrificar la siesta…un argentino entiende de estos tipos de sacrificios, pero hecho el acto de renuncia por amor a Cristo, vale la pena.

Preparación de la Sacra Reliquia

El día lunes 09, después de cerrar la Catedral, tuvimos la gracia de preparar y disponer la reliquia del Sacro Cíngulo de la Virgen, colocándola en el altar para que fuese venerada al día siguiente por el Papa Francisco. Debo aclarar que no es algo que suceda ordinariamente, ya que cada vez que se expone la reliquia deben estar presentes las autoridades civiles y de la Iglesia. Aprovechamos el momento único para venerar la reliquia cuanto quisimos, y bajo excusa de una minuciosa limpieza del cristal de roca que la protege, para que fuera lo más dignamente presentada al día sucesivo.

La dejamos “lustradísima”, aprovechamos para venerarla, cantamos algunos cantos corales que, a esa hora, fue buena voluntad solamente, y nos sacamos fotos para inmortalizar el hermoso momento.

Los días del triduo.

Providencialmente, la semana anterior tuvimos la gracia de que todos los días celebrase la Santa Misa nuestro obispo en la Catedral. El dia 01 de noviembre por la Solemnidad de Todos los Santos, luego el de los fieles difuntos, después otra más. Los días jueves 5 hasta el sábado 7 se realizó un triduo de oración como preparación para la visita del Papa Francisco, el cual ayudó muchísimo a preparar a los fieles.

Cada día un grupo diferente se encargaba de organizar el rezo del Santo Rosario meditado, luego el canto solemne de las Vísperas y finalmente la celebración de la Santa Misa. El primer día fue dedicado a los religiosos de la diócesis, el siguiente, al seminario diocesano, y el día sábado a las diferentes asociaciones laicales.

El lunes por la noche convocaron a los jóvenes a una vigilia de oración, dicho encuentro se realizó en la Iglesia de San Francisco, en la que participaron aproximadamente unos 1000 jóvenes.

 El Día

Nos levantamos temprano para poder preparar el desayuno al Papa. Lo divertido fue el hecho de tener que hacer un termo de café grande, con una cafetera pequeña para tres tacitas.

Bajamos a las 6.00 y ya estaba llena la catedral, los enfermos, los sacerdotes, el coro, faltábamos nosotras, y las hermanas de clausura. Mientras dos hermanas tenían por oficio ayudar en lo que faltara para ultimar detalles, las otras dos teníamos por oficio no movernos de las sillas,  o sea, estar sentada en dos sillas, por las que faltaban. Oficios son oficios. Y lo cumplimos al pie de la letra.

A las 7.45 comenzaron a sonar las campanas que daban el anuncio de que había llegado el Santo Padre al estadio en el helicoptero. De ahí en más, fue un torbellino de emociones, el corazón que cuanto más se acercaba el momento, más se aceleraba. El ir y venir de un sin fin de posibles cosas que podrías llegar a decirle y que en realidad, no se atina a decir ninguna, llegado el momento.

A las 8.00 vimos el papamóvil acercarse hacia la plaza del Duomo. El Santo Padre comenzó a saludar a los enfermos, se lo veía muy cansado, pero siempre sonriente.

Mucho más breve aún fue el momento en el que pudimos saludarlo. Nos encontrábamos dentro de la catedral. El número de las personas que debíamos estar era seleccionado: ancianos, enfermos y discapacitados. Sacerdotes ancianos, religiosas, solo las contemplativas de la diócesis y nosotras, algunos sacerdotes, la mamá del obispo y su acompañante. Los seminaristas, un coro, dos de los caballeros del Sacro Cíngulo y dos de la Orden de Malta se encontraban dentro, pero no pudieron saludarlo. Nos ubicaron al ingreso de la catedral, formando un cuadrado, donde en principio, saludarían los que se encontraban en la primera fila. Pero la Providencia quiso que hubiese más enfermos de los que debían ser, lo que hizo que se agrandara el cerco, quedando todas en primera fila y “selladas” a la silla esperando el momento de la llegada del Santo Padre.

Fue una gracia, ya que casi pasa de largo, después de saludar los enfermos, para continuar con los sacerdotes, pero gracias a Dios, Monseñor Agostinelli, nuestro obispo, le hizo un gesto indicándonos como “le Suore della Catedrale”, éramos las hermanas de la comunidad y la Madre Araní, después seguían las hermanas contemplativas benedictinias y dominicas. Brevísimo. Apenas para decirle “bienvenido Santidad, rezamos por Ud” y él nos respondió, también en español: “recen por mí”…y nada más. Luego continuó saludando a las contemplativas, los sacerdotes, finalmente a la mamá del Obispo. Seguidamente ingresó a la Capilla de la Virgen, veneró la reliquia del Sacro Cíngulo que se encontraba expuesta sobre el altar. El paso siguiente fue subir las escaleras que llevan al púlpito. Al llegar al balcón interno, nos dio la bendición desde allí. En ese momento, quise dar un fuerte: ¡Viva Il Papa!, me salió una mezcla perfecta de grito, aullido y viva, entrecortado, emocionado, tímido, un poco de todo, pero los presentes lo contestaron con un: ¡viva!

En el Púlpito de Donatello (del lado de afuera de la catedral) dio un breve discurso. Los fieles se habían convocado en la plaza desde muy temprano, eran alrededor de 30.000 personas en total. En más de una ocasión era interrumpido por los vivas: “¡Francisco!, ¡Francisco!”. Al finalizar el discurso, se dirigió a la sacristía donde se le había preparado todo para que desayunara. Cuando terminó, volvió al templo, donde lo esperaban algunas autoridades y representantes de la ciudad para saludarle. Minutos después salía de la catedral, subía al papamóvil y lo vimos desaperecer entre los vivas y banderas flamenando. Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos, y sin embargo fue tan intenso, tan emocionante, que ha dejado no solo en lo personal, sino también en la cuidad, un entusiasmo, una alegría que contagia, que llena… Ha sido el Dulce Cristo en la tierra que nos ha visitado.

Es verdad, el tiempo fue muy poco, el encuentro con el Papa, un instante; sin embargo, nos ha dejado el alma llena de gozo, pero comparándolo con aquel instante sin fin, perfecto y pleno, del encuentro definitivo, ya sin sombra ni velo alguno, con Aquel por el cual lo hemos dejado todo y le hemos seguido, ¡cuánto mayor será la dicha, que será perfecta, que no pasará jamás! Nos hace desearlo más y pedir la gracia de ser fieles en nuestra consagración y servicio.

Dando gracias a Dios por todos los beneficios y gracias recibidos y por recibir tras la visita del Papa Francisco, nos encomendamos a sus oraciones.

Desde la Ciudad de María,
Hermanas de la Comunidad: “Santa Caterina de’ Ricci”
Misioneras en Prato, Italia

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