25 años de Episcopado de Mons. Andrea María Erba

 El Obispo, enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28; Mc 10,45) y a dar la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,11)[1].

El 6 de enero se cumplieron 25 años de la Ordenación Episcopal de nuestro querido Mons. Andrea Maria Erba, Obispo emérito de Velletri-Segni. Ese día él vino a Roma desde Segni, donde reside, para pasarlo con la comunidad de la Curia Generalicia de su congregación religiosa, los Padres Barnabitas. Por la mañana una delegación del gobierno general del IVE y otra del gobierno general de las SSVM nos hicimos presentes allí para acompañarlo y llevarle nuestros regalos: un cáliz con su patena, y varios otros objetos para uso personal.

Mons. Erba presidió la santa Misa en la capilla de los Barnabitas, recordando emocionado la ordenación recibida de manos del Beato Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro aquel 6 de enero de 1989. Posteriormente nos reunimos en un salón de la casa para conversar, cantar y festejar. Él estaba sumamente contento y la alegría aumentó cuando a un cierto punto lo llamaron por teléfono desde el Obispado de Velletri-Segni para avisarle que había llegado una felicitación para él del mismísimo Papa Francisco[2].

Ese día mientras regresaba a casa pensaba en la admirable Providencia de Dios, que con excelso arte todo lo dispone para nuestro bien (Rom 8,28), y todo según número, peso y medida (Sab 11,20). Su ciencia y su providencia son realmente una “sublime novela policial”, como dice G. K. Chesterton[3]. Efectivamente la Ordenación episcopal de Mons. Erba hace 25 años, cuando él ni siquiera había escuchado hablar de nosotros ni nosotros de él, sería de trascendental importancia para la vida de nuestras congregaciones, marcándolas para siempre. Porque fue él quien en el año 2004, después de un atento seguimiento de nuestra vida y de las vicisitudes por las que atravesábamos, erigió de forma solemne nuestras dos congregaciones como institutos de vida religiosa: las Servidoras el 24 de marzo y el IVE el 8 de mayo. Ese acto formal y solemne, que había sido animado y movido por el mismo Beato Juan Pablo II, ha marcado para nosotros un antes y un después de profundas implicancias en nuestro ser y en nuestra historia.

Efectivamente el reconocimiento de un instituto no es un mero paso jurídico. Implica mucho más desde el punto de vista teológico, y por eso debe ser hecho por un Obispo. No se trata sólo un acto de gobierno –es decir, que se sigue de su potestad de jurisdicción-, sino que es también un acto magisterial ejercido en cuanto Obispo, es decir, como sucesor de los Apóstoles en comunión con los demás Obispos del mundo y con el Sucesor de Pedro[4]. De aquí que, entre otras consecuencias, la erección tenga validez universal y no sólo en la diócesis del obispo que erige. Es un acto magisterial porque implica el reconocimiento de la autenticidad del carisma recibido y transmitido por el Fundador y del modo de vivir los consejos evangélicos contenido en las Constituciones, considerado apto para la consecución del fin de la vida religiosa (la perfección de la caridad). Implica también el reconocimiento del patrimonio del Instituto, es decir, de las sanas tradiciones y de todo aquello que dice relación con la mente y el propósito del Fundador, y que ha sido corroborado por la Autoridad eclesiástica competente[5]. En este caso el Obispo que erigió el instituto.

Además por tal acto recibimos la misión canónica: el Instituto, que pasó a ser una persona pública en la Iglesia, es enviado por la Iglesia para ejercer nuestros apostolados propios. Este reconocimiento y envío caracteriza nuestra vocación y nuestra misión apostólica porque es la misma Iglesia quien nos manda vivir este particular modo de consagración y desarrollar estos apostolados concretos. No se trata de algo privado, sino de una vocación y misión públicos, vividos y ejercidos en nombre de la misma Iglesia, como enseña el Concilio Vaticano II[6].

Por estos motivos, entre otros, la erección canónica de un instituto religioso es un acto trascendente que beneficia a toda la Iglesia. Y por eso compete que lo haga un Obispo. Se puede decir con toda seguridad que con la erección canónica Mons. Erba ha sancionado el hecho de que nuestros Institutos forman parte del patrimonio espiritual y apostólico de la Iglesia Universal[7].

En nuestro caso particular todo esto fue posible por aquella elección y consagración episcopal realizadas por Juan Pablo Magno el 6 de enero de 1989. ¡Cómo no estar agradecidos a la Providencia de Dios, que suscitaba y consagraba así a quien con su exquisita caridad, bondad y seguimiento de nuestros institutos llegaría a plasmar para nosotros la imagen que del Obispo delinea el Concilio Vaticano II:  pastor, padre, maestro, amigo y hermano[8]!

¡Muchas gracias querido Mons. Erba! Todos los miembros de nuestra Familia Religiosa y de la Tercera Orden, nuestros familiares y amigos, nuestros feligreses, los beneficiarios de todas nuestras obras de apostolado y de misericordia, todos y en todas nuestras misiones le agradecen su solicitud por nosotros, que sabemos no estuvo exenta de cruces. Hoy desde los cinco continentes lo acompañamos con nuestras oraciones y nos unimos a su acción de gracias al Padre de las luces, de quien procede todo don perfecto y toda dádiva celestial (St 1,17).

Ad multos annos querido Mons. Erba! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

Rev. P. Gonzalo Ruiz Freites, IVE

Roma, 9 de enero de 2014.



[1] Lumen Gentium 27.

[2] La carta dice: “Al Venerable Hermano Andrea M. Erba, otrora Obispo de Velletri-Segni: Nos congratulamos tanto por el fructífero camino espiritual como por la labor pastoral desarrollada en favor del progreso cristiano de los religiosos de la Congregación de Clérigos Regulares de San Pablo (Barnabitas) como también de los sacerdotes y fieles de la comunidad de la diócesis de Velletri-Segni. Mientras que con ocasión del Jubileo Episcopal de Plata le deseamos todo bien, en reconocimiento a sus méritos le otorgamos la Bendición apostólica como auspicio del premio divino. Al mismo tiempo nos encomendamos a sus oraciones para que podamos diligentemente llevar a cabo nuestro ministerio Petrino”. Ciudad del Vaticano, 18 de Diciembre de 2013. Francisco.

[3] The Thing, cap. 9; cfr. The Collected Works of G.K. Chesterton, Vol 3, Ignatius Press Ed. (1990) 191.

[4] Cfr. V. De Paolis, La vita consacrata nella chiesa (Bologna 1992) 63.

[5] Código de Derecho Canónico, can. 578.

[6] Cfr. Decreto Perfectae Caritatis 8,1; CIC, can. 675,3.

[7] Cfr. E. Gambari, Vita Religiosa secondo il Concilio e il nuovo Diritto Canonico (Roma 1985) 50.

[8] Lumen Gentium 18, 21, 25 y 32; Decreto Christus Dominus 2 y 28; Decreto Presbyterorum Ordinis 7.

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