Por: P. José Sylvester, IVE

 

Con ocasión de los campamentos de verano en Argentina, en agradecimiento a todos los que nos precedieron en este apostolado

Desde San Martín de los Andes, escenario del campamento de jóvenes, vayan unas rápidas líneas (porque si no me quedo sin batería…), a modo de reflexión, como un agradecimiento a todos los que fueron parte de esta historia, la historia – me refiero – de la gestación y constitución de nuestro modo de hacer campamentos para niños y jóvenes. Son líneas que brotan del asombro de la genialidad y de la eficacia pastoral que ellos llevan en sí, y que he podido constatar mucho más de cerca ahora que me toca estar “del otro lado”.

Creo que podemos contar por decenas y hasta centenas a los que, por gracia de Dios, hemos descubierto nuestra vocación gracias o a partir de nuestros campamentos de verano, ¡y con cuánta alegría lo recordamos! Y pienso que esto es uno de los signos más elocuentes de lo que quería hacer notar, y es que nuestros campamentos buscan lograr como el fruto más maduro una profunda conversión de todos los que participan en ellos: niños, jóvenes, adultos colaboradores, y hasta de los mismos religiosos que los llevan adelante… En este sentido, creo que podemos hablar de ellos como de verdaderos “retiros espirituales”, que así es como varios de los papás de los chicos, en su ignorancia, los llamaban, …y no se equivocaban.

Por eso quería dar gracias a Dios por ser ahora, como sacerdote, más protagonista de esta historia que me permite experimentar tan de cerca y recoger, como quien pesca en la pecera, hermosísimos frutos espirituales de conversión. Y dar gracias también a todos los que nos han precedido desde los comienzos y a lo largo de estos años, y que han ido dándole forma cada vez más acabada a los campamentos, de modo que se logre que ellos sean no sólo un espacio de recreación, sino de verdadera transformación interior. ¡Gracias porque nos han legado una herramienta poderosísima de apostolado! Como me comentaba un joven – de muy buena formación por cierto –: “Me invitaron a muchos campamentos de otras instituciones en las que de un modo u otro participo, pero yo prefiero los del IVE por el espíritu tan particular con que se viven”. Esto para nosotros es fácil de entender: es la fuerza del carisma concretado en unas de nuestras actividades más propias.

Si bien todas las obras humanas son perfectibles (y debemos siempre buscar mejorarlas y no “dormirnos en los laureles”), pienso que, sin embargo, – por pura gracia de Dios – hemos llegado a un estilo de campamentos que podríamos decir “inmejorable”… Es la opinión generalizada de los religiosos, de los laicos que nos ayudan, y también de los papás de los niños, muchos de los cuales, al oír los cuentos de sus hijos decían agradecidos: “Padre, ¡este campamento mejor no puede ser!”. Pero no es ése en realidad el argumento más fuerte, porque podrían ser simples opiniones provenientes del entusiasmo del momento. El argumento más importante es lo que percibe el sacerdote en el trato íntimo con las almas durante esos días de intensa vida espiritual vivida con auténtica radicalidad en un clima de profunda alegría cristiana…

¿Y qué percibe el sacerdote…? Percibe con toda claridad la fuerza con que obra la Gracia en esas almas produciendo frutos desproporcionados a los esfuerzos humanos, en la breve duración de los días del campamento. Lo que percibe el sacerdote es cómo la Gracia entra en el alma como la gota en la esponja, para dejarla fresca, renovada y transformada. Es ahí donde uno queda como desarmado ante el asombro de lo que un simple clima de alegría y sana vida cristiana puede producir en tan pocos días y con instrumentos tan frágiles como son un puñado de religiosos… ¡Y lo que veríamos si fuéramos todavía más fieles a lo que se nos ha transmitido y al carisma que debe imbuir todas nuestras obras!

Unos advierten defectos a corregir, otros virtudes en las cuales deben crecer, otros hacen una buena confesión incluso después de varios meses o años, otros hacen verdadera dirección espiritual con muchos deseos de adelantar, hay quienes se llevan firmes propósitos concretos para vencer ciertos vicios o pecados, muchos deciden dejar malas compañías, otros salen de su tibieza espiritual y agradecen el que se les haya hecho ver una vida cristiana distinta, más radical y comprometida, la mayoría se va con el firme deseo de volver simplemente porque se dan cuenta de que el campamento, además de ser sumamente divertido, les hace mucho bien al alma… Son, en fin, todos frutos que se recogen también en un retiro espiritual.

Varios de los frutos visibles de los campamentos nos los hicieron llegar por whatsapp los papás de los niños y jóvenes, como:

  • “Primer fruto del campamento: mi hijo se hace sólo la cama a la mañana”
  • O “mi hijo reza las oraciones de la mañana y de la noche del Devocionario que le regalaron en el campamento”
  • O “mis hijos más grandes no querían ir al campamento de jóvenes, pero los más chiquitos vinieron tan entusiasmados del campamento de niños, que ahora no se lo quieren perder”
  • Y también “mis hijos no paran de cantar las canciones del campamento”
  • “Mi hijo me dijo que lo que más le gustó fueron los sermones de las misas”
  • “Mi hijo ahora se levanta temprano”

Y así muchas otras cosas. Pero hubo una cosa que realmente nos sorprendió: dos niños, hermanitos de 8 y 11 años volvieron tan deseosos de hacer el bien al finalizar el campamento, que cuando sus papás estaban planeando con quién pasar Navidad, se les ocurrió a ellos proponer pasarla con los niños que nada tienen… Lo concretaron yendo pasando la Nochebuena en un hogarcito de niños de su ciudad a los que les regalaron prácticamente todos sus juguetes…

…Y, por otro lado, ni qué decir, de la enorme gracia que es para muchos el poder descubrir para siempre su vocación consagrada… ¿Cómo no agradecer a Dios semejante fruto de nuestros campamentos?  Allí, en el campamento, y tal vez mejor que en ningún lado, los niños y jóvenes tienen un conocimiento cercanísimo de la vida consagrada – e incluso muchas veces el primer contacto con la misma –, que les permite poder vislumbrar que también existe una posibilidad real de que Dios los llame a consagrarse totalmente a Él. Es que recién ahí muchos se enteran de lo que es un seminario, un seminarista, de lo que hay que hacer para ser sacerdote, de lo que hace un sacerdote, etc. etc. ¿…Y podrían conocer todo eso, y se podrían despertar esas vocaciones si esos niños y jóvenes nunca hubieran llegado a nuestros campamentos…? Dios tiene sus caminos, pero muy probablemente muchos no hubiéramos concretado nuestra vocación si antes no hubiéramos pasado por una experiencia viva y tan natural y atractiva de la consagración total a Dios…

Por gracia de Dios hemos tenido cerca de 140 niños en El Nihuil en el campamento de este diciembre que pasó, y unos 75 jóvenes en San Martín de los Andes en el campamento de enero. Y, si bien no estuvieron exentos de cruces, se desarrollaron con total normalidad y con muchos frutos visibles, y sin poder contar los invisibles que los conoce sólo Dios.

No describo en detalle lo que hicimos en ellos, para no extenderme más, pero también porque son todas cosas ya conocidas y practicadas en nuestras misiones por el mundo: Santa Misa por la mañana con temas de sermones delicadamente elegidos, el Rosario por la tarde con alguna charla apropiada a la edad, equipos y patrullas, formación, camaratti-atenti, “peinatti”, juegos y más juegos, diurnos y nocturnos, hora de patrulla, himno, lema, estandarte, catecismo, vida del patrono del equipo, competencias culturales de canto, recitado, fábulas, zapateo, representaciones teatrales, etc., etc. Y mucha, mucha alegría, espíritu de familia y oratorio y la Gracia obrando en las almas imperceptiblemente en medio de todo ello…

Por todo esto damos gracias a Dios, que nos permite ser una herramienta concreta para la evangelización de la cultura y la transformación de las almas.

Damos gracias al P. Buela por su fidelidad a la gracia y al carisma que se plasma de modo genial en estos campamentos.

Y damos nuevamente gracias a los que durante años vienen organizando y perfeccionando esta hermosa actividad de la que ahora nosotros cómodamente nos servimos para mayor gloria de Dios.

¡Y viva el campamento!

P. José Sylvester