«Dios le manda a cada época un santo que la contradiga» decía Chesterton; es decir, un santo que destaque por vivir con intensidad y hasta el heroísmo los valores más olvidados de su tiempo; un santo que sea una piedra en el zapato para los hombres mundanos de tal o cual momento de la historia, porque los interpele directamente; un santo, en fin, que con sus obras despierte a los cristianos que hemos heredado, como una endemia, el sueño de los apóstoles en Getsemaní, y no somos capaces de velar ni siquiera una hora con el Señor, que agoniza hasta el final de los tiempos. Puede decirse que Juan Pablo II, llamado el Magno, esto es, el Grande, es el santo para nuestro tiempo, el detalle que Dios tuvo para con nosotros los cristianos de hoy.  

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Busto del Beato Juan Pablo II presente en el monasterio de El Pueyo de Barbastro.

1. Juan Pablo II y el mundo moderno

Juan Pablo II es el santo que necesitamos en el mundo moderno. No es cierto que la santidad cristiana pase de moda, como dicen, ya que su origen, su cumbre y su meta la cifra toda en Jesucristo, que es «el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Heb 13,8). Sin embargo, y sobre todo a primera vista, puede haber modelos de santidad que nos parezcan en cierto modo anacrónicos, lejanos en el tiempo y en el espacio, que sortearon obstáculos para nosotros desconocidos y que quizás ni podían imaginarse los obstáculos que afrontamos nosotros. Por esto es que permite Dios que la vida cristiana se renueve y que sus frutos se perciban en las más inverosímiles circunstancias. De este modo nos acerca la santidad, nos la hace próxima y hace crecer nuestra esperanza de ella. En este sentido, nadie como Juan Pablo II conoció los problemas de nuestra época, tanto los del mundo como los de la Iglesia. Víctima en su juventud de las grandes catástrofes totalitarias del siglo pasado, a él nadie iba a venir a enseñarle lo que era el comunismo ateo, porque lo había padecido en carne propia. Tampoco desconoció las influencias que éste iba dejando en occidente, que se volcaba casi insensiblemente hacia un izquierdismo que hoy nos invade, que se expresó de modo paradigmático en el tristemente famoso «Mayo francés de 1968» y que trajo una ola de odio a todo lo que represente orden, con un ensañamiento especial en el plano moral familiar: aborto, divorcio, libertad sexual, el (mal) llamado «matrimonio» homosexual y toda otra clase de aberraciones. A él, al Papa venido del este, le cupo la tarea de echar abajo el poder comunista, lo que le valió el título de «titán que torció el brazo de la historia»; y también le tocó enfrentarse con aquella nueva cultura de libertades desmadradas que no tiene otro resultado que el odio y la muerte, porque no se funda en amores verdaderos sino en un único amor, egoísta, de sí mismo. Él, que había sido parte activa en la redacción de la encíclica de Pablo VI Humanae Vitae, escribió algunos años más tarde en su propia Evangelium Vitae (1995) que «no puede haber verdadera democracia, si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos. No puede haber siquiera verdadera paz, si no se defiende y promueve la vida» (n. 101).

Momento de la bendición del Busto del Beato Juan Pablo II presente en el Santuario de El Pueyo de Barbastro
Momento de la bendición del Busto del Beato Juan Pablo II presente en el Santuario de El Pueyo de Barbastro

«Para Juan Pablo II tanto el comunismo cuanto el aborto están penetrados por el mismo espíritu del mal que conduce a la “cultura de la muerte”, un concepto acuñado por él, que hoy se ha vuelto corriente». Esta «cultura de la muerte» es la misma que proclama los derechos humanos y la democracia, pero lo hace al margen de Dios, llevando a nuevos enfrentamientos y a innúmeros desprecios de la dignidad del hombre; el Papa lo había ya dilucidado: «Hoy se habla mucho de los derechos del hombre. En muchos países son violados. Mas no se habla nunca de los derechos de Dios. Sin embargo, los derechos del hombre y los de Dios van de la mano. Allí donde Dios y sus leyes no son respetados, el mismo hombre no será respetado» (Homilía en la beatificación de Rupert Mayer, 5). Pese a todo, Juan Pablo II sabía que el mayor mal del hombre de hoy no está en ninguno de todos estos desórdenes, sino justamente en aquella inversión de valores que hace que se conculquen los derechos de Dios; porque las sociedades están compuestas de individuos y la pérdida del orden en la sociedad procede indefectiblemente de la pérdida de jerarquía al interior de cada uno de nosotros. El gran mal del hombre moderno y con el que más luchó el Magno Pontífice es la pérdida del sentido del pecado. Así decía en su exhortación Reconciliatio et poenitentia (1994): «Disminuye fácilmente el sentido del pecado también a causa de una ética que deriva de un determinado relativismo historicista. Puede ser la ética que relativiza la norma moral, negando su valor absoluto e incondicional, y negando, consiguientemente, que puedan existir actos intrínsecamente ilícitos, independientemente de las circunstancias en que son realizados por el sujeto. Se trata de un verdadero “vuelco o de una caída de valores morales”» (n. 18). Y él, que antes de dirigir la Iglesia desde la silla de san Pedro había colaborado activamente con ella, especialmente con una intensa participación en el Concilio Vaticano II, el mayor don que recibió la Iglesia de nuestra época, sabía que la renovación empieza por la Esposa de Cristo. Es ella la que debe transformar el mundo y no dejarse transformar por él, porque la Iglesia se encuentra hoy, como decía el p. Fabro, a la cabecera del lecho de un mundo agonizante. Juan Pablo II, que como nadie sabía la situación del mundo y de la Iglesia, aun «contra toda esperanza» (Rom 4,18), nos animaba a no desfallecer en esta misión y exclamaba lleno de entusiasmo en su encíclica Redemptoris Missio (1990): «Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo» (n. 92).  

2. Juan Pablo II y Barbastro

Juan Pablo II es un santo también especial para Barbastro. En primer término por todo lo que ya se dijo. Porque nosotros somos hijos de nuestro tiempo y nos contamos entre los hombres y los cristianos de hoy, sujetos a los cambios y modas de esta bendita época. Como tales, Juan Pablo II tiene mucho que decirnos. En segundo lugar, y de un modo más específico, sabemos que Juan Pablo II conocía nuestra ciudad y la quería de modo particular, con su nombre y su historia singular. Con ocasión de las Jornadas martiriales que se realizaron este año en el Salón del Museo de los mártires claretianos de Barbastro, tuve la oportunidad de oír el testimonio de don Ángel Huguet, luego publicado en el Diario del Alto Aragón del domingo 14 de abril de 2013 (pp. 16-17), sobre el protagonismo de la diócesis de Barbastro-Monzón en beatificaciones y canonizaciones. En aquella intervención se recogían tres palabras dichas por el Papa en las que se transparentaba un afecto peculiar por esta tierra de mártires y santos. En especial es significativa una, que oyó el propio Ángel, con ocasión de la beatificación de Mons. Asensio y del Pelé: «… un minuto fue suficiente para escucharle la frase: “Barbastro, tierra de santos”».

El Obispo de Barbastro lleva en procesión la reliquia de la sangre del Beato Juan Pablo II que se encuentra en el Santuario de Nuestra Señora de El Pueyo
El Obispo de Barbastro lleva en procesión la reliquia de la sangre del Beato Juan Pablo II que se encuentra en el Santuario de Nuestra Señora de El Pueyo

La realidad de Barbastro como «ciudad mártir» ha sido ciertamente la causa de este amor de parte de un Papa que jamás olvidó el valor redentor del sufrimiento y que estaba convencido de la fuerza que tiene en las almas el testimonio de la sangre vertida por los mártires, convencimiento que demostró, por ejemplo, en aquella importante decisión de 1983: «Tan solo unas horas después de que el Papa recibiera en audiencia al presidente González, manifestándole la preocupación de la Iglesia por las medidas contra la religión católica adoptadas por el Gobierno socialista, se ha anunciado que Juan Pablo II ha levantado la suspensión del estudio de las causas de beatificación de los mártires de la guerra civil española» (Hispania Martyr, boletín n. 61 [octubre de 2012], 10). Sabía qué es lo que verdaderamente puede transformar la sociedad, y eso es algo que nos vuelve a repetir hoy.

3. Juan Pablo II y el Instituto del Verbo Encarnado

También el Papa Juan Pablo II es un santo para el Instituto del Verbo Encarnado. Nosotros, los religiosos de este Instituto, somos también hombres y cristianos de hoy, deudores de nuestro tiempo. Somos además barbastrenses por adopción, y esto no sólo desde que hemos llegado a hacernos cargo del Monasterio de El Pueyo por petición de don Alfonso Milián; ya desde nuestros años de formación en Argentina hemos aprendido a honrar al grupo de 51 misioneros cordimarianos, los «mártires de Barbastro», a quienes tenemos como co-patronos de nuestra «casa madre» en San Rafael, Mendoza. El himno que ellos cantaban camino del sacrificio supremo sigue hoy enardeciendo a nuestros seminaristas, para quienes Barbastro es tierra en la cual no hay más que heroísmo y un ideal: «Y ¿qué ideal? Por Ti, Rey mío, la sangre dar». El año pasado el beato Juan Pablo II fue introducido al número de los patronos del Instituto. Pero él no es sólo un patrono para nosotros sino que es «padre» de nuestra pequeña Familia religiosa: porque hemos nacido bajo su Pontificado, el mismo día en que consagraba a todo el mundo al Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen, porque ha tenido intervenciones directas en favor del Instituto, porque su Magisterio «no es un elemento “decorativo” de nuestra legislación sino que por el contrario “anima” los aspectos fundamentales del carisma» (P. Carlos Buela, Juan Pablo Magno, IVE Press [Nueva York 2011], 517) y porque, como ha escrito el 20 de febrero de 2012 el padre Carlos Walker, nuestro Superior General, cuando lo proclamó patrono del Instituto, «ejerció efectivamente durante su pontificado la paternidad de modo explícito y constatable sobre nosotros […] Por lo mismo, lo consideramos como patrono nuestro por su especial relación de paternidad».  

4. Juan Pablo II y El Pueyo de Barbastro

Y porque la Providencia de Dios ha querido regalarnos la atención del Santuario de El Pueyo, y porque El Pueyo es el fondo del alma barbastrense, «atalaya espiritual de sus comarcanos y fuente perenne de aguas santificadoras» (Carta pastoral Ut omnes unum sint del beato mártir Mons. Florentino Asensio), entonces hemos querido traer al beato Juan Pablo II aquí, casi como una necesidad. Fue el domingo 31 de marzo, Pascua de Resurrección, apenas dos fechas antes del octavo aniversario de su partida a la casa del Padre. Con gran asistencia de fieles, y la presencia del Superior General del Instituto del Verbo Encarnado, p. Carlos Walker, nuestro obispo Mons. Alfonso Milián bendijo en la explanada oeste del Monasterio (desde entonces, plaza de Juan Pablo II), un busto que perpetúa para todos los que suben a este santo monte la mirada del santo Papa polaco. Y su sonrisa. Más tarde, y enmarcado por unas vísperas solemnes, seguidas de las letanías al beato Pontífice, se realizó la entronización de una reliquia de su sangre, de la sangre con que también él confesó la fe, y que viene a recordar que «no hay redención sin efusión de sangre» (Heb 9,22) y que si la Iglesia continúa en su empeño de sacar al hombre de la miseria en la que lo inmerge el pecado, entonces ha de sangrar todavía mucho. papa instituto verbo encarnado Esta también, aunque modesta, es una de las misiones póstumas del gran santo Papa del siglo XX. Como a tantos otros rincones a los que no pudo llegar mientras vivía, llega ahora, muerto para el mundo, pero vivo para Dios… y para nosotros, a quienes su presencia, aun en figura y en memoria, nos interpela a no renunciar a la esperanza de salvar al mundo por medio de una vida cristiana vivida con entusiasmo. Juan Pablo II se hubiera sentido seguramente muy a gusto en El Pueyo, porque esta es tierra de mártires, y porque El Pueyo es de Barbastro; pero sobre todo porque es la casa elegida por María Santísima para habitar. Y aquí él, hijo predilecto de la Madre de Dios, a la que confió todo su Pontificado y todo lo suyo («Totus tuus ego sum»), hubiera podido repetir aquellas palabras de súplica que una vez le dijera a la vista del mundo entero: «la humanidad posee hoy instrumentos de potencia inaudita. Puede hacer de este mundo un jardín o reducirlo a un cúmulo de escombros. Ha logrado una extraordinaria capacidad de intervenir en las fuentes mismas de la vida: puede usarlas para el bien, dentro del marco de la ley moral, o ceder al orgullo miope de una ciencia que no acepta límites, llegando incluso a pisotear el respeto debido a cada ser humano. Hoy, como nunca en el pasado, la humanidad está en una encrucijada. Y, una vez más, la salvación está solo y enteramente, oh Virgen Santa, en tu hijo Jesús» (Acto de consagración del nuevo milenio a María Santísima del 8 de octubre de 2000).

P. Juan Manuel del Corazón de Jesús Rossi, IVE

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Artículo preparado para  el “Extra” de las fiestas de la Natividad de la Virgen, publicación perteneciente a “El Cruzado Aragonés”, diario de Barbastro, España.

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