Islanda_Servidoras

“Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso…”

Querida Familia Religiosa,

Esta historia que quisiera compartir no es nada que pueda atraer la atención en un modo extraordinario.  Es una sencilla historia de cómo el amor delicado de Dios se manifiesta aquí en Islandia. Y para mí, es la respuesta a una pregunta que me hicieron hace siete años.

Cuando empecé a contar a mis familiares y amigos acerca de mi nuevo destino, que sería en Islandia, una de mis amigas me dijo: “¿Islandia? ¿Qué hay en Islandia?” Asombrada de que ella no supiera la respuesta, contesté inmediatamente: “Almas“.  Nuestro apostolado en Islandia no consiste en impartir grandes cursos ni bautizar a multitudes.  Estamos para llevar Cristo a los confines del mundo, y quisiera compartir una historia de un domingo, cuando experimentamos esta verdad de una manera especial.

Generalmente los domingos salimos de Stykkishólmur: viajamos una hora al oeste de nuestra península, Snæfellnes, hasta los pueblitos Grundarfjörður y Ólafsvík, donde acompañamos al Padre para ayudar con la liturgia y sacristía para la celebración de las Misas en polaco. Otras veces viajamos a Hafnarfjörður (unas 2 horas y media de camino) para visitar a nuestras hermanas y padres, o visitamos familias en nuestro pueblo.

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Hay un pequeño poblado, Búðadalur, aparentemente olvidado, donde nuestra península se conecta con la isla. Allí hay unos 270 habitantes y algunas de las familias son católicas.  Al igual que nuestro pueblo, están bajo la jurisdicción de la Parroquia de la Catedral (si bien la Catedral está en el capital, a dos horas de viaje, teniendo buen clima y calles limpias). Nuestra capilla en Stykkishólmur es la capilla católica geográficamente más cercana a este pueblo, pero el camino para ir de un pueblo a otro normalmente está cerrado o es peligroso para transitar en los meses del invierno (más o menos de octubre hasta abril). Tenemos una lista que se actualiza cada año de todos los católicos con sus direcciones. Durante estos años, las hermanas hemos tomado esta lista y visitamos a los feligreses que pudimos encontrar.  Personalmente nunca conocí a ninguno de ellos, pues algunas veces tuvimos que cancelar a último momento el viaje, a causa del clima, y las veces que logramos llegar, no los encontramos en sus casas y no pudimos contactarlos telefónicamente.

Dados estos preliminares, con pocas esperanzas de encontrar a alguna familia, partimos decididamente un lunes por la mañana. Manejamos durante una hora y media por una calle de ripio a fin de visitar durante el día este pequeño pueblo. Tal como pensábamos, no encontramos a nadie. Sin embargo, dejamos en cada casa una estampa con la reliquia de San Juan Pablo II.  Al llegar a una casa, una joven filipina que figuraba en la lista estaba justo yendo a su trabajo. Y resultó ser que, de todos los dialectos que hay en Filipinas -unos doscientos-, el dialecto de la joven era el mismo que el que habla la hermana Ngiti, que estaba con nosotras. Ella nos invitó a volver a su casa el domingo.  Nos pareció un poco ridículo hacer el viaje dos veces en menos de una semana. Pero, sabiendo que el invierno se acercaba y que habría entonces menos posibilidades de volver a visitar, el domingo después de la Misa juntamos nuestras cosas, y emprendimos el camino hacia nuestra aventura misionera.

Cuando llegamos a la casa de la joven filipina, resultó ser que ella estaba trabajando, y no nos podía recibir en ese momento, por lo que comenzamos a visitar las otras casas, ¡pero esta vez todos estaban en casa! Fue así como entramos en contacto con algunos de ellos y pudimos conocer sus realidades y rezar juntos. Es muy difícil para los habitantes de Búðadalur recibir los sacramentos o participar de la vida de la Iglesia, por eso los animamos para que aprovechasen los meses en que las calles están limpias para ir a visitarnos y entrar en contacto con la comunidad católica y además, les insistimos sobre la importancia de a rezar en casa.

En una de las casas, encontramos a una familia joven con dos hijos. El hijo más grande había recibido su Primera Comunión el año pasado. A fin de que su hijo pudiera tener experiencia de una comunidad católica, ya que es el único niño católico de su edad en ese pueblo, su papá ha viajado con él cada domingo hasta Reykjavík, es decir tres horas y media en total, ida y vuelta, cada domingo. Los padres expresaron las dificultades que encuentran al vivir en un pueblo tan aislado, especialmente durante los oscuros inviernos y nos explicaron que la razón por la cual se quedan allí es por el trabajo que encontraron. Pudimos charlar con ellos por un buen rato, animándolos a seguir haciendo todo lo posible por participar en la vida de la Iglesia, aun cuando ello implique grandes sacrificios. Hablamos sobre la posibilidad de tener clases de catecismo por Skype, y se mostraron particularmente interesados en llevar a sus niños para participar en las actividades en Stykkishólmur.  Ellos esperan que pronto la Misa pueda ser celebrada en alguna de sus casas. Han pasado diez años desde que la última Misa fue celebrada en su pueblo. Los animamos también a rezar en familia. Cuando los invitamos a rezar, la mamá fue inmediatamente a buscar una imagen de la Virgen y encendió una vela. Nos arrodillamos en su living y rezamos juntos otra coronilla de Divina Misericordia.

Terminamos nuestro día en la casa de la joven filipina. Mientras el arroz cocinaba para la cena, nos arrodillamos en su living y rezamos el rosario juntas.

Cada visita fue sencilla y, a simple vista, nada pareció extraordinario. Sin embargo, no fue la “coincidencia” la que trajo a tres misioneras de distintas partes del mundo y les pidió que abandonasen sus países, sus culturas, sus familias y amigos, para poder cuidar de estas almas en particular. Nada cae fuera de la Providencia de Dios. A un cierto punto, en nuestra conversación con la joven madre, ella nos dijo: “¿Saben qué?, éste último tiempo ha sido particularmente difícil para mí. Ayer, hablé con mi mamá y me dijo que rezaría por mí. Después, ustedes vinieron a visitarnos hoy. Ustedes son la respuesta a sus oraciones”. En ese momento pudimos ver cómo Dios no olvida ni a una sola alma y usa sus instrumentos para confortar y consolar.

Nosotras, como misioneras, no podemos más que maravillarnos ante el delicado amor que Dios tiene por las almas, un amor que busca a cada alma individualmente, como si fuese la única en el mundo.

Pedimos sus oraciones por todas las almas encomendadas a nuestro cuidado, y para que el Señor mande muchos obreros más para la cosecha en estas tierras, donde –esparcidas a grandes distancias- hay muchas almas sedientas de Dios.

“Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso: los ámbitos humanos y culturales, que aún no han recibido el anuncio evangélico o en los cuales la Iglesia está escasamente presente, son tan vastos, que requieren la unidad de todas las fuerzas (…) Hemos de fomentar en nosotros el afán apostólico por transmitir a los demás la luz y la gloria de la fe…” (Redemptoris Missio, 86).

¡Viva la misión!                                                                                                            M.Maria Porta Coeli, SSVM

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