¿Una restauración milagrosa?

¡Consagrados al Sagrado Corazón de Jesús!

El P. Gustavo Nieto, nuevo Superior General del IVE, antes de la clausura del reciente Capítulo General, consagró, junto a todos los miembros de nuestra Congregación (las Hermanas SSVM, ya lo habían hecho) al IVE, al Sagrado Corazón de Jesús (foto 2).

Pero nosotros tenemos una historia con la imagen, que desde hace ya tres años preside el corredor de las celdas y nos protege. La imagen había estado en un Hogar de Ancianos dependiente de una comunidad irlandesa de La Plata, y al desocuparse la casa, nos la donaron. Pero los dejo con el protagonista principal de esta historia, nuestro padre superior, el P. Pablo:

“La imagen estaba un tanto deteriorada, pero era muy hermosa, sobre todo porque los ojos eran de vidrio y tenían un brillo especial. Para una fiesta del Sagrado Corazón, hace tres años atrás, la llevamos a la Iglesia para su veneración y, un monje, al ver su mal estado, me dijo que quizá no convenía que la expusiéramos. Yo le respondí, “es lo que hay”… y esas palabras quedaron dando vueltas en mi alma y fueron motivo de oración por varios días. “Es lo que hay”, pensaba, es lo que hay en nuestras almas cuando ofendemos al Corazón de Jesús, lo vamos deteriorando, afeando, y de algún modo vamos borrando su imagen en nosotros. Pero sus ojos, su ojos siempre vivos, expectantes de que alguno vuelva a Él su mirada y se deje penetrar por esa mirada de Jesús, siempre dispuesto a derramar su gracia en nuestras almas.

Un día, al cerrar la puerta del corredor, el pasador enganchó el mantel que adornaba el soporte de la imagen, y ésta se cayó, haciéndose trizas…eran pedazos diminutos, de no más de dos o tres milímetros, no podía creer lo que estaba viendo. Ni siquiera tenía tiempo de recoger los pedazos con cuidado, pues tenía que ir a celebrar misa a un convento. Sólo atiné a juntar un par de pedazos más grandes, la corona, la cabeza con los ojos que seguían mirando, las manos… y el resto, casi astillas, lo puse sobre un papel de diario.

Cuando volví de la Misa, quise tirarlo, pero al ver que lo más importante de la imagen, estaba casi sano (la cabeza y las manos), me atreví a llevarlo a la celda. Allí las “piezas”… cada tanto las miraba y sin ser artista, sentía la necesidad de, al menos, intentar una restauración, lo cual parecía casi imposible, pues era como armar un rompecabezas tridimensional y con piezas pequeñísimas.

Comencé la obra de a poco, por la base hasta llegar a la cabeza, que había dejado aparte. Al romperse la imagen, descubrí una hoja de un diario español, que el artista había escondido dentro del Sagrado Corazón. Era del diario “El Mercurio” (1936), con noticias de la Guerra Civil Española, y daba cuenta de iglesias incendiadas. Pensaba cuántas imágenes del Sagrado Corazón habían sido fusiladas sacrílegamente en esa época tan triste de la Iglesia en España (como la imagen de la explanada del Santuario del Pueyo -foto 3-), y hoy nos encontrábamos restaurando esa imagen…

Finalmente logré la restauración, para admiración mía y de los monjes. Era increíble… luego cubrí las grietas, coloqué en su interior un trozo del mismo diario hallado, y coloqué en su interior una lista larga de intenciones encomendadas al Sagrado Corazón de Jesús…, sellé la imagen y luego la pinté, según luce actualmente (foto 1). Si los otros quedaron asombrados de mis capacidades artísticas, mucho más yo… porque, armar esa imagen con pedazos muy pequeños, era casi un milagro… a veces, me levantaba de la silla y veía un pedazo de la imagen, de no más de dos o tres milímetros, que instintivamente me llevaba al lugar justo donde encajaba.

En fin, una historia que viví en primera persona, y que vivimos tantas veces, cuando, como sacerdotes, colaboramos con la gracia de Dios a reconstruir la imagen de Jesús en las almas, y también, cuando nosotros con nuestros numerosos pecados hacemos pedazos su imagen. Pero recordemos siempre que, al igual que esta imagen, casi imposible de restaurar, el Corazón de Jesús siempre puede hacerlo, con su deseo de derramar en tantas almas, esa mirada que sigue viva para mirar con amor a los pecadores esperando que se acerquen a las fuentes de la Misericordia; ese corazón ardiente para quemar nuestras miserias, y esas manos firmes y seguras para perdonar mil veces”.

Oh, Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme (Sal 50)

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