San Francisco abraza a Jesús Crucificado
San Francisco abraza a Jesús Crucificado

Hoy, 15 de septiembre, día de la Dolorosa, cumplimos con los compañeros de curso el segundo aniversario de la profesión perpetua (y el primero después de la Ordenación), que tuvo lugar aquel 15 de septiembre de 2011, el día de nuestra muerte al mundo.

Pero, más que compañeros de curso o de profesión, somos compañeros de holocausto. Porque, como dicen nuestras Constituciones, los votos perpetuos son precisamente eso: un holocausto[1]. Y esto tiene implicancias radicales, entre las cuales está la de que tenemos que estar absolutamente dispuestos a ir a misionar a cualquier lugar, en cualquier momento, en cualquier circunstancia, por todo el tiempo que sea necesario… Y ¿esto por qué? Sencillamente porque el profeso perpetuo ya no se pertenece sino que fue inmolado en holocausto para así ser entregado como ofrenda al Dios Omnipotente. Y acá ya nos ponemos de frente a otro de los aspectos de los votos: por la profesión, nos hacemos propiedad exclusiva de Dios –ya no nos pertenecemos- y, como Dios puede poner Sus cosas donde Él quiere, por eso Dios nos puede mandar a donde Él quiera.

Por todo esto, a su vez, se ve claro que es absurdo el pretender “recuperar” algo de lo ya inmolado en el día de la profesión… Es absurdo porque desde aquel día, el religioso es propiedad de Dios. Querer “recuperar” algo, aunque sea un poco, es querer robarle algo a Dios.

Pero, no solo se ve claro el absurdo de toda pretensión de robarle a Dios, sino que se ve claro la urgencia del religioso de actualizar continuamente, cada vez más radicalmente, el heroico holocausto ofrecido a Dios aquel día de la profesión. Cada nuevo día de vida religiosa, es un día para actualizar y radicalizar más el holocausto. Y esto es posible, e imperioso, porque siempre se puede crecer más no solo en la muerte al proprio yo sino en el fervor de la caridad, cuya perfección es el fin de la profesión religiosa.

Siendo, desde hace unos días, Misionero “en tránsito” en Lituania (de Argentina fuí a Italia, de Italia vine a Lituania, de Lituania iré pronto a Taiwán), ya se experimenta la libertad del Misionero Religioso, en cuanto éste tiene la libertad total para ir de un lugar para otro ya que no tiene nada que lo “ate” a un lugar: no tiene bienes, no tiene esposa, no tiene hijos, no tiene casa… no tiene nada…

Y es esta libertad misional en grado pleno, libertad para vivir la caridad sin límites lo que le permite ir a misionar al cualquier lugar: Siria, Lituania, China, Groenlandia… sin que nada lo pueda frenar… ¡nada!… Libertad obtenida gracias a los votos, por los cuales el hombre “se libera así de los impedimentos que podrían apartarlo del fervor de la caridad”[2].

Y, por eso, lejos de toda bohemia giróvaga y de todo cómodo aburgesamiento, el Religioso puede viajar a misionar adonde Dios quiera, sea donde sea, acatando solo el divino designio que lo llama siempre a aquel confin de la tierra donde más bien pueda hacer –aunque le parezca que no puede hacer nada (como sucede cuando uno no sabe ni decir los números para contar los tantos en el ping pong con los niños del Oratorio)-.

Desde la Tierra de las Cruces,

P. Federico



[1] Cf. Constituciones del Instituto del Verbo Encarnado, no 51.

[2] Ibid, no 49.

Deja un comentario