Monasterio “Beata María Gabriela de la Unidad” (Italia)

El 10 de Enero de 2014 se cumplieron 10 años del  re-inicio de la Asociación de oración por la unidad de los cristianos, especialmente en Rusia, a pedido de S.E.R. Mons. Andrea María Erba, Obispo emérito de la Diócesis de Velletri-Segni.

Al acercarse la Semana de oración por la unidad de los cristianos, queremos por medio de esta crónica contarles algo de la historia e importancia de esta Asociación espiritual.

* Damos gracias a Dios por las bendiciones que ha concedido a Su Iglesia por medio de esta obra, fruto de la oración, sacrificio y arduo trabajo de dos pioneros del ecumenismo pertenecientes a la Congregación de los Padres Barnabitas: los sacerdotes Agustín María Schouvaloff y César Tondini, dignos hijos espirituales de S. Antonio Maria Zaccaria.

* Agradecemos también, de modos especial a Mons. Andrea María Erba, por darnos la posibilidad de poder continuar esta obra de sus hermanos Barnabitas y por su incondicional apoyo durante estos 10 años;

* A nuestro Padre Fundador, P. Carlos M. Buela, por haber confiado esta intención de oración a nuestro Monasterio y porque en las líneas principales del apostolado de nuestra Familia Religiosa en nuestras Constituciones ha dado gran auge al empeño ecuménico[1];

* A nuestra Superiora General, M. María de Anima Christi, quien generosamente aceptó en nombre de nuestro Instituto el continuar con esta Asociación.

  P. Agustín Schouvaloff y P. César Tondini, pioneros del ecumenismo

El P. Agustín María Schouvaloff (su nombre de pila era Gregorio), nació en San Petesburgo (Rusia) el 25 de octubre de 1804, de familia noble. Educado en la fe ortodoxa, quedó huérfano de padre cuando era pequeño. Realizó sus primeros estudios en el Colegio de los Jesuitas en S. Petesburgo y aunque las leyes prohibían toda enseñanza religiosa, al menos no se la despreciaba. En 1818, expulsados los Jesuitas de Rusia, pasó al Colegio protestante de Hozwyl (Berna, Suiza). Aquí tuvo contacto con la obra y el pensamiento nihilista del poeta alemán Schiller, por el cual se distanció de Dios totalmente. Luego siguió sus estudios de filosofía y economía política en Pisa y estudió el italiano. Durante este período se entrega a una vida mundana. Su anhelo de cultura lo lleva a Florencia, Roma y otras ciudades de Italia.

Habiéndose inscripto en el servicio militar, obtuvo a los 18 años el grado de capitán de los Usares del Zar Alejandro I. En la corte del Zar conoció a Sofía Soltikoff, joven profundamente religiosa con quien se casó a los veinte años y de la que tuvo tres hijos.

Al poco tiempo, la muerte de su segundo hijo y más tarde, de su cuñada, a quien él quiso asistir hasta el final, lo impresionó profundamente[2] y vino a aumentar en él un sentimiento de disgusto y desilusión de todas las cosas.

Transferidos a Paris con su esposa y su primer hijo, Pedro, intentaron comenzar una nueva vida. Allí nació su hija, Helena. Pero pronto la cruz llegó nuevamente a su familia: su hijo Pedro se enfermó gravemente. Ante la impotencia de la medicina, Sofía ofreció su vida a Dios a cambio de la de su hijo. Poco tiempo después, su hijo se cura y una enfermedad comienza para la madre, quien finalmente muere en Venecia en 1841. La muerte de su esposa y el ejemplo del sacrificio ofrecido por la curación de su hijo, contribuyeron enormemente a la conversión de Gregorio. Desde entonces, escribe él, “creí que debía creer en otra cosa más que la materia; y desde lo profundo del corazón exclamé: su alma existe, es inmortal. Desde ese instante una nueva luz entró en mí, un nuevo mundo se abrió a mis ojos”[3].

Desde aquel momento dos verdades se quedaron impresas en él: – el cuerpo desaparece, pero el alma es eterna; – la belleza del cuerpo se desvanece, pero existen las virtudes, bellezas sobrenaturales que no pueden morir jamás. Comenzó desde entonces una búsqueda incesante por la Verdad y por alcanzar las virtudes. La misma tarde de la muerte de Sofía, el doctor le recomendó buscar alivio a su sufrimiento en algunos capítulos del Evangelio de San Juan. No habiendo leído nunca los Evangelios, quedó desconcertado, por primera vez comprendió que la verdad es una, por lo tanto no puede haber más que una fe, una doctrina, y si el cristianismo es verdad, no puede haber más que una Iglesia. Un momentáneo retorno a la religión de su infancia (Ortodoxia) y el contacto con el protestantismo no le satisficieron.

Oración y estudio fueron paralelas en esta búsqueda. La lectura de la Biblia, los Santos Padres, en especial de San Agustín, fueron de gran luz. En París conoce al P. Ravignan, s.j. quien fue el instrumento de la gracia de Dios, su padre y guía.

Finalmente el 6 de Enero de 1843 en Paris, en manos del P. Ravigan, entró plenamente en la Iglesia Católica. Siguió una época de apostolado entre los más pobres y necesitados, con especial predilección por los jóvenes. A partir de sus Ejercicios Espirituales en París creció en él el deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa. En 1853 es presentado a los Padres Barnabitas (Clérigos Regulares de San Pablo) de Milán y comienza su amistad con el Padre Provincial, P. Alejandro Piantoni.

El encuentro con el joven César Tondini en Milán, fue decisivo para su ingreso en los Padres Barnabitas, que se concretará el 17 de enero de 1856. Al recibir el hábito cambió el nombre Gregorio por el de Agustín. Fue durante su noviciado, que “el verdadero amor a la patria entró en mi corazón…en aquella vida de silencio y recogimiento comprendí que el objetivo de mi oración, además de mi salvación debía ser ya para toda la vida, el regreso de aquella grande y generosa nación (Rusia) a la unidad religiosa”[4]; al mismo tiempo nutría un filial amor por la Santísima Virgen. El 2 de marzo de 1857, junto al joven César Tondini, hizo su profesión religiosa

Un encuentro digno de mención es el que tuvo el P. Agustín con el Papa. El 14 de marzo de ese mismo año llegó a Roma y pocos días después tuvo el privilegio de ser presentado al Papa Pio IX. En su diario quedarán impresos los sentimientos de ese encuentro: “En mis viajes precedentes, había estado más de una vez junto a Gregorio XVI y de Pio IX y mi corazón católico siempre había exultado de estar a los pies del Vicario de Jesucristo. Pero esta vez no era un simple fiel arrodillado delante del Pontífice, era un religioso alegre de postrarse ante su soberano espiritual, y feliz de contemplar a su Padre…. Pio IX, el intérprete de la verdad sobre la tierra, se dignó decirme cosas que no podré olvidar. Me habló de la Rusia con aquella fe, con aquella esperanza, con aquella convicción que tiene como sostén la palabra de Cristo, y con aquella caridad ferviente, de cuyas entrañas se conmovían, pensando en sus hijos lejanos, pobres huérfanos voluntarios. Sus palabras me inflamaban el corazón. El Papa me comunicaba su ardor y acrecentaba mis deseos. El aprobó nuestras fundaciones en Francia, las bendijo y nos animó[5].

El sacerdote que acompañaba al P. Schouvaloff cuenta que éste habló al Santo Padre acerca de las buenas disposiciones del pueblo ruso, de sus deseos y el de sus hermanos religiosos de poder dedicarse un día eficazmente a esta gran obra, agregando que él estaba dispuesto desde ese momento a hacer el sacrificio de su vida por la conversión de Rusia. “Entonces– le dijo el Santo Padre conmovido- repetid siempre delante el crucifijo tres veces al día este ofrecimiento. Tu es vir desideriorum. Estad seguro que vuestro deseo se cumplirá; sí, se cumplirá aunque pueda suceder que las semanas se cambien en años: pero de todos modos se cumplirá[6].

Las palabras del Papa fueron un aliciente para la nueva misión y la nueva etapa que comenzaba para el P. Agustín. El 19 de setiembre de 1857 fue ordenado sacerdote en Milán. En el momento de la Elevación, rezó: “Dios mío, hazme digno de entregar mi vida y mi sangre, junto a la tuya, por la glorificación de la Virgen Inmaculada en la conversión de Rusia”.

Un mes después parte para París, donde desarrolló durante dos años un intenso ministerio sacerdotal: Confesiones, conferencias, prédicas, misiones populares, Ejercicios Espirituales, prédicas en Seminarios, Casas religiosas, y fundaciones de otras casas de su congregación en Francia. En París sentó las bases para la fundación del Colegio e Iglesia de San Pablo y preparó la misión ecuménica para sus hermanos Barnabitas.

En febrero de 1859 pudo publicar su libro: “Mi conversión y mi vocación”, que sería luego su testamento, no sólo para sus hermanos en religión, sino especialmente para sus compatriotas a quienes dedica dichas páginas siguiendo la voz de su conciencia que le decía que era su deber iluminar a sus hermanos sobre las razones que le indujeron a entrar en el seno de la Iglesia Católica[7], manifestando así, la obra misericordiosa de Dios en su alma y a lo largo de su vida.

Pero el deseo ardiente del P. Agustín de atraer a Rusia al seno de la Única Iglesia no lo iba a ver en esta tierra, Dios quiso aceptar pronto el ofrecimiento de su vida por esta causa.

Fue asi que, al regreso de una predicación en Amiens, se desmejoró inexplicablemente su salud en pocos días hasta que el 2 de abril de 1859, rodeado de sus hermanos religiosos de su comunidad en París, en medio de una gran serenidad, pasó a la casa del Padre murmurando: “Rezad por Rusia”. Tenía 55 años. “Así – escribe un religioso de su congregación – se cumplió en él mismo lo que había escrito en la historia de su conversión: “El hombre puede, elevándose siempre más, día a día hacia Ti, oh Dios mío, hacerse semejante a Ti, de tal manera, que al momento de abandonar la tierra, no tenga que dar sino un paso para lanzarse en el seno de vuestra eternidad”[8]. Su muerte inesperada produjo en París una gran impresión. Todos lo tenían por santo.

Fundación de la Asociación

El P. Agustín Scouvaloff había sembrado, pero Dios quiso que otros recogieran el fruto de su misión. Poco después de su muerte, el P. Almerici (Barnabita) instituyó una asociación de Comunión Reparadora a favor de los hermanos separados de Rusia, que tenía lugar cada 8 de mayo, fiesta del Arcángel San Miguel. A esta asociación se inscribieron muchas personas y algunas comunidades religiosas en Italia y Francia.

En mayo de1862, el P. César Tondini  (1835-1907), siguiendo el espíritu del P. Scouvaloff, redactó el programa oficial de otra Asociación de oración en honor de la Beata Virgen Inmaculada por la unidad de los cristianos. Las palabras de su antiguo compañero de noviciado eran como una profecía: “Regresarán, sí, regresarán mis queridos hermanos… No por nada ellos han conservado entre los tesoros de su fe, el culto a María; no por nada ellos la invocan, creen en su Inmaculada Concepción y celebran su memoria… Si, María será el nexo que unirá las dos Iglesias y que hará de todos aquellos que la aman, un pueblo de hermanos”[9].

Como oración de esta Asociación, al inicio se usó la misma que recitaban los novicios Barnabitas diariamente, más tarde sería modificada por el P. Tondini.

Es de destacar que el P. Tondini, desde hacía tiempo estaba imbuido en la causa del ecumenismo, siendo profeso había tenido la inspiración de hacer por Rusia, lo que el P. Ignacio Spenzer había hecho por Inglaterra. En su diario escribió: “Persuadido de que la fuerza que tiene la oración sobre el corazón de Dios, y que por lo tanto es eficaz la oración cuando nace de un corazón santo, me siento movido a no ahorrar nada por alcanzar la perfección, a mortificarme, a rezar para que Dios se digne conceder a mis oraciones, la conversión de Rusia”.

Consagrado sacerdote el 2 de febrero de 1862, hizo el propósito de recitar en cada Santa Misa, durante la elevación del cáliz la siguiente jaculatoria: “Dios mío, hazme digno de dar la vida y la sangre en unión con la Vuestra, por la glorificación de la Virgen Inmaculada en la conversión de Rusia[10]. Luego repetirá esta jaculatoria tres veces al día: al despertarse, en la S. Misa y por la noche, antes de dormir.

La Asociación fue aprobada por el vicario general de Milán, Mons. Caccia Dominioni, el 28 de mayo de 1862, y ya en junio aparecieron en Milán los primeros folletos dando a conocer esta obra. Pronto comenzó a difundirse, no solo en Milán, sino en Lombardía, Piemonte, Veneto, etc. El trabajo del P. Tondini por esta causa fue incansable y su difusión se proyectó con los medios de comunicación más modernos. Al inicio fue ayudado por el P. Adeodato di San Luigi, carmelita. Luego colaboraron en la difusión de esta Asociación: Santa Magdalena Sofía Barat, San Juan Bosco y San Pedro Julián Eymard.

El 2 de setiembre de 1862, la Congregación obtuvo un breve de Pio IX que confirmaba las indulgencias para quienes recitaran la oración. En Noviembre, el P. Tondini fue destinado a París, donde se convirtirá, junto al P. Almerici, en un gran promotor de la causa ecuménica y concretamente de la Asociación: artículos en revistas, diarios, conferencias, etc.

Después de 5 años de peregrinaciones apostólicas, tuvo la alegría de instituir oficialmente su obra, el 22 de diciembre de 1867, en la capilla de los Padres Barnabitas, eligiéndola como sede central.

Durante su vida como misionero viajó en diversos países de Europa (Francia, Italia, Alemania, Noruega, Ingalterra, etc) y pudo presentar la Asociación a numerosos sacerdotes y obispos, religiosos y laicos. Muchos adhirieron a esta iniciativa espiritual. Además pedía que se celebraran Misas por esta intención cada primer sábado de mes, en los grandes santuarios marianos e Iglesias de Europa.

Lleno de proyectos, se puso en contacto con el P. Ratisbonne, convertido del judaísmo, y fundador de las Hermanas de Sión; y con el San John Newman, convertido del anglicanismo. El Card. Langenieux, después de escucharlo en una conferencia en el Congreso Eucarístico de Reims, lo presentó al Papa León XIII, como un hombre capaz de hacer preciosos servicios a la Iglesia en el campo ecuménico.

Su obra, no se difundió solo en Occidente, sino también en Oriente. Su obra literaria fue enorme, de entre ellas, quizá la más importante es: “El Primado de San Pedro demostrado con textos de la Liturgia greco-rusa” y “El Papa de Roma y los papas de la Iglesia Ortodoxa de Oriente”.

Re-inicio de la Asociación

 Después de la muerte de P. Tondini en 1907 no hubo nadie en la Congregación de los Barnabitas que continuara este empeño y poco a poco el fervor de esta causa comenzó a extinguirse, hasta que Mons. Andrea Maria Erba, como vicario del Seminario de los Padres Barnabitas buscó darle impulso nuevamente. Pero desde que tuvo que dejar su trabajo en el Seminario y dedicarse a otras actividades por el bien de la Iglesia, no pudo continuar con la Asociación, si bien siempre conservó el interés por ella como por el trabajo ecuménico.

El 10 de Enero del 2004, por el deseo expreso de Mons. Andrea Maria Erba, entonces Obispo de la diócesis de Velletri-Segni, manifestado al Consejo General de las Servidoras, se reinició en nuestro Monasterio la Asociación de oración por la unidad de los cristianos, especialmente en Rusia. Ese día, estando presente la M. María de Anima Christi, Mons. Erba dio una conferencia sobre los Padres Schouvaloff y Tondini y luego ambos firmaron el decreto.

Del todo providencial fue la fecha de re-inicio ya que en el 2004, se cumplían 150 años de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, patrona de la Asociación y el 2° centenario del nacimiento del P. Schouvaloff (1804-1859).

¿En qué consiste la Asociación?

Esta asociación es de carácter puramente espiritual y consiste en ofrecer y hacer ofrecer Misas y oraciones, pidiendo la unidad de los cristianos, especialmente en Rusia.

A nivel personal, se podrá ofrecer cada primer sábado de mes, la Santa Misa y la comunión en honor de la Virgen Inmaculada y recitar la siguiente oración, compuesta por el P. Tondini en base a textos de la liturgia greco-eslava:

“Llenos de confianza en Ti, Madre de Dios siempre Virgen, junto a nuestros hermanos separados, veneramos en tu Inmaculada Concepción el fundamento de la salvación, la base de la gracia, el sostén de nuestra esperanza. Escucha oh María, la plegaria que te dirigimos por estos hermanos que, a una con nosotros, te llaman Toda Santa, Árbitro de los dones de Dios y Dispensadora de todos los dones.

Haz que comprendiendo la divina autoridad de Pedro, fundamento de la Iglesia, fundamento supremo de los Apóstoles, Custodio del Reino de los Cielos, base inquebrantable de la fe, reconozcan finalmente la autoridad del Sumo Pontífice y lo llamen también ellos su Pastor, Heredero del trono y del primado de Pedro, Cabeza de la Iglesia. Asi sea”.

La Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen, cada 8 de diciembre, reviste aun mayor importancia para la Asociación, ya que nació propiamente bajo su Patrocinio.

En nuestro monasterio se lleva un registro de las personas que quieren libremente participar de esta Asociación.

Importancia de una Asociación de Ecumenismo espiritual

Considerando que la intención confiada por nuestro Fundador a nuestro Monasterio, es la de rezar por la unidad de los cristianos y por la conversión de todos los que atentan contra dicha unidad; consideramos un signo de la Providencia Divina el ser herederas de una obra de ecumenismo espiritual y poder continuar así, la obra de los Padres Shouvaloff y Tondini.

Parafraseando a M. Raymond, también nosotras podemos decir: La causa es demasiado grande para regatear el precio y el caudillo demasiado soberano para no entregarle toda la bravura de nuestras almas[11]. La causa es verdaderamente grande: la unidad de todos los cristianos en la Única Iglesia; y el caudillo, Jesucristo, demasiado soberano…

La causa o intención de oración que nos ha reunido en este monasterio es verdaderamente grande y magnánima porque nació del mismo corazón de Nuestro Señor, quien ardientemente pidió a Su Padre la noche antes de morir: “Que todos sean uno” (Jn. 17, 11). Y porque es verdaderamente grande, no podemos regatear su precio, sabiendo que Cristo ya pagó por esta causa el precio de su Preciosísima Sangre derramada en la cruz. ¿Cómo no unirnos, entonces, todos los cristianos para testimoniar ante el mundo que hemos sido comprados a tan alto precio?

La falta de unión entre los cristianos es un escándalo ante los no creyentes, por eso, son valiosas hoy más que nunca las palabras del Beato Juan Pablo II, quien hace casi 20 años decía: “Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese.

A nadie escapa el desafío que todo esto supone para los creyentes. Ellos deben aceptarlo. En efecto, ¿cómo podrían negarse a hacer todo lo posible, con la ayuda de Dios, para derribar los muros de la división y la desconfianza, para superar los obstáculos y prejuicios que impiden el anuncio del Evangelio de la salvación mediante la Cruz de Jesús, único Redentor del hombre, de cada hombre?”[12].

No podemos permanecer indiferentes ante los ruegos de Nuestro Señor. ¿Cómo podríamos ignorar deseo tan sublime? ¿Cómo no empeñarnos en ofrecer nuestro pequeño contributo a la gran causa ecuménica y ser testimonio con nuestra unidad, de aquella Unidad por excelencia de Dios Uno y Trino?

La causa es demasiado grande… por esta razón es necesario y urgente acudir a la oración, porque sin Él no podemos nada. Por eso “la Iglesia pide al Espíritu la gracia de reforzar su propia unidad y de hacerla crecer hacia la plena comunión con los demás cristianos.¿Cómo alcanzarlo? En primer lugar con la oración. La oración debería siempre asumir aquella inquietud que es anhelo de unidad, y por tanto una de las formas necesarias del amor que tenemos por Cristo y por el Padre, rico en misericordia. La oración debe tener prioridad en este camino que emprendemos con los demás cristianos hacia el nuevo milenio”[13].

Esperamos que estas pocas líneas, con la gracia de Dios, puedan atraer a muchos a empeñarse por la santa causa del ecumenismo espiritual, rezando y difundiendo esta Asociación, en la medida de sus posibilidades.

Nos encomendamos a sus oraciones, para que seamos fieles en esta gran obra como lo pide el Directorio de espiritualidad de nuestra Congregación[14]: “Debemos abrazar la santa causa del ecume­nis­mo, de por medio hay una promesa-profecía del Señor: Habrá un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16) y una ora­ción del Señor: Que todos sean uno (Jn 17,21). Debemos empeñarnos para lograr con la oración, la penitencia, el estu­dio, el diálogo y la colaboración, llegar a la plena comunión en la unidad de la Iglesia, “que Cristo concedió desde el principio a su Iglesia, y que creemos que subsiste indefectible­mente en la Iglesia Católica y esperamos que crezca hasta la consuma­ción de los siglos”[15], con el fin de que “en una renovada conversión al Señor se haga posible a todos reconocer la per­manencia del Primado de Pedro en sus sucesores, los Obispos de Roma, y ver realizado el ministerio petrino, tal como es entendi­do por el Señor, como universal servicio apostólico, presente en todas las Iglesias desde dentro de ellas y que, salvada su sustancia de institución divina, puede expresarse de modos diver­sos…”[16]. El compromiso ecuménico es “rezar y trabajar por la reconciliación y por la unidad eclesial según la mente y el corazón de nuestro Salvador Jesucristo”[17].

Que Nuestra Madre Inmaculada y la Beata María Gabriela de la Unidad, víctima ofrecida a Dios por la unidad de los cristianos, nos guíen desde el Cielo hasta que efectivamente lleguemos a ser un solo rebaño, bajo un solo Pastor (cf. Jn. 10, 16).

En Cristo y María, Hermanas del Monasterio “Beata María Gabriela de la Unidad”

* Todos aquellos que están interesados en formar parte de esta Asociación o de mayor información, pueden escribirnos a: mon.gabrielladellunita@servidoras.org



[1] Cf. Constituciones, N.16.

[2] P. Agustin Schovaloff, Mi conversión y mi vocación, Graffica Dehoniane, Bologna, 2004, p. 72.

[3] P. Agustin Schovaloff, Mi conversión y mi vocación, Graffica Dehoniane, Bologna, 2004, p. 168.

[4] P. Agustin Schovaloff, Mi conversión y mi vocación, Graffica Dehoniane, Bologna, 2004, p. 317.

[5] P. Agustin Schovaloff, Mi conversión y mi vocación, Graffica Dehoniane, Bologna, 2004, p. 336.

[6] Cf. P. Inocente Gobio, Vita de Agostino Maria Schouvaloff, Bologna, 1867, p. 252.

[7] P. Agustin Schovaloff, Mi conversión y mi vocación, Prefazione, ed. Dehoniane, Bologna, 2004, p. 30.

[8] Cf. P. Inocente Gobio, Vita de Agostino Maria Schouvaloff, Bologna, 1867, p. 364.

[9] P. Agustin Schovaloff, Mi conversión y mi vocación, Prefazione, ed. Dehoniane, Bologna, 2004, p. 338.

[10] Mons. Andrea Maria Erba, P. Cesare M. Tondini De’Quarenghi , Un pionere del ecumenismo, p. 9.

[11] M. Raymond, Los tres Monjes Rebeldes, Ed. Herder, Barcelona, 1992, p.178.

[12] Beato Juan Pablo II, Ut Unum Sint, 1.

[13] Beato Juan Pablo II, Ut Unum Sint, 102.

[14] Directorio de Espiritualidad,  N. 278.

 [15] UR, 4.

 [16] IC, 18.

[17] Beato Juan Pablo II, Discurso durante el encuentro ecuménico en la Catedral de Canter­bury, Gran Bretaña (29/05/1982); OR (06/06/1982); p. 7.

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