PONTINIA – Monasterio “Beata María Gabriela de la Unidad”

La Hna. María del Corpus Domini falleció el miércoles 22 de marzo. El deseo tan vivo de contemplar a Jesucristo y que Él la llamara el 21 de marzo, día de su aniversario de profesión religiosa, la llevó a preparar todos los detalles de su funeral. Con ese anhelo se dormía los últimos días. Una de las hermanas que la cuidó contaba que durante la noche se despertaba y preguntaba: ¿Aun no llegó el Esposo?”.

Nuestro Señor Jesucristo también había preparado desde toda la eternidad los mínimos detalles de este momento único y misterioso. Bien sabemos que nada es casual en la obra divina, sino que todo está perfectamente determinado por la Providencia amorosa del Creador.

No fue casualidad que la Hna. Corpus Domini falleciera un día después de cumplir los 25 años de su profesión religiosa; tampoco fue una coincidencia que momentos antes de partir de este mundo pudiera participar del Santo Sacrificio del altar, ofreciéndose con Cristo Víctima y recibirlo por última vez en la comunión. Tampoco fue una eventualidad que alcanzara a recibir la unción de los enfermos con indulgencia plenaria, y que antes de expirar, sus padres allí presentes, junto a la comunidad del monasterio pudieran acompañarla en su agonía con el rezo de la coronilla de la Divina misericordia.

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Aun podríamos señalar otro signo que ciertamente no escapó a la Providencia divina: la primavera, que había iniciado el día anterior. Podríamos pensar que este detalle no fue algo meramente “accidental”, sino un signo de la llegada de Aquel que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Efectivamente, para Corpus Domini “su invierno” ya había pasado. El invierno de sus pruebas interiores y de sus dolores, de sus luchas y esfuerzos por ser fiel a su vocación religiosa y al carisma de nuestro Instituto; su misma enfermedad y todo lo que para ella fue “invierno” había pasado y era el momento de recibir el consuelo eterno prometido por Jesucristo. “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y la vida eterna” (Mt 19,29). Por esto, bien podríamos poner en boca de nuestra querida hermana, las palabras de la esposa del Cantar de los Cantares cuando dice: “¡La voz de mi amado! Miradlo aquí llega…mirad como se para oculto tras la cerca, mira por las ventanas, atisba por las rejas. Habla mi amado y me dice: Levántate, amor mío, hermosa mía, y vente. Mira, ha pasado el invierno…la tierra se cubre de flores… Anímate, amor mío, hermosa mía y ven!” (Cantar de los cantares 2,14).

El ataúd con sus restos fue puesto en la Iglesia, frente al altar. Vistieron a la Hna. Corpus Domini con el hábito indicado por ella y con una corona de flores naturales, la misma que usó durante la Santa Misa de celebración de sus 25 años de profesión, como lo había pedido. En sus manos tenía el infaltable rosario, la Regla monástica y un crucifijo con una reliquia de Tierra Santa, para recordar otra cruz que tenía entre sus manos antes de expirar. Su rostro, marcado en otro momento por el dolor estaba hermosamente sereno, como esbozando una sonrisa.

SSVM-CORPUS-DOMINI-FUNERALESEl mismo 22 de marzo, por la noche tuvo lugar en el Monasterio una vigilia de oración ante sus restos. La gente que ya había comenzado a llegar apenas supo la noticia, se fue sumando por la tarde hasta las 22,30 hs, en que se cerró la puerta del monasterio y quedaron rezando las hermanas contemplativas.

Las hermanas apostólicas que habían ido para ayudar desde la Provincia, la Procura Generalicia y el Estudiantado Internacional, se turnaron para continuar velando su cuerpo durante la noche, con cantos, el rezo del via crucis y el rosario.

Por la tarde del día 23, a las 17 hs tuvo lugar el funeral. La Santa Misa fue presidida por Mons. Mariano Crociata, obispo de la diócesis de Latina-Terracina-Sezze-Priverno. Concelebraron varios sacerdotes del IVE y algunos diocesanos, entre quienes estaba Don Romano, quien fuera párroco de la Hna. Corpus Domini y que, cuando ella contaba once años recibió su confidencia de que quería ser una gran misionera.

La Iglesia estaba llena de gente, entre familiares, amigos, benefactores del monasterio y religiosos; incluso había gente afuera. Sus padres, Marisa y Alberto, estaban en el primer banco, con un patente pero resignado dolor en sus rostros.

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Se siguió el orden de la liturgia que la Hna. Corpus Domini había preparado minuciosamente: la Misa gregoriana pro defunctis, el introito In Paradisum, la lecturas del libro de la sabiduría, el salmo 25, el Evangelio que invitaba a estar preparados para la llegada del Señor. Parecía que, por medio de la liturgia, ella quería hacer su último llamado a quienes estaban presentes para hablarles del valor de la vida eterna; esta vez no con su voz, sino con la del Esposo, Palabra del Padre.

Mons. Crociata predicó una homilía muy hermosa sobre nuestro último fin, destacando el intenso deseo de la Hna. Corpus Domini de alcanzar el Cielo, de contemplar a Dios. Por otro lado se refirió también a su ejemplo de religiosa contemplativa, y que su vida totalmente donada a Dios en el silencio y la oración fue un gran testimonio de lo trascendente.

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Al final de la Misa sus hermanos Vincenzo, Anabella, Stella y su sobrina Sara, dijeron unas palabras de “despedida” muy emotivas. Luego la gente comenzó a acercarse uno a uno al ataùd, para agradecerle, para hablarle, para despedirse, para pedirle sus oraciones desde el Cielo.

Finalmente llegó el auto de la funeraria que trasladaría sus restos a Tuscania. Los padres de Corpus Domini la saludaron por última vez, mientras que las Servidoras presentes entonaban diversos cantos a la Virgen. Luego se pidió a todos los que estaban en la Iglesia que salieran por un momento, para que pudieran pasar a saludarla las hermanas de la comunidad del monasterio, antes de cerrar el ataúd.

Se abrió la reja del coro de la Iglesia y se acercaron las hermanas de su comunidad, que con tanta caridad la habían acompañado y atendido sus últimos momentos. Los cantos, ya con voces entrecortadas, se sucedían uno tras otro honrando a la Santísima Virgen y encomendando a sus manos, el alma de nuestra querida hermana. Luego los hombres de la funeraria, muy respetuosos, se persignaron y comenzaron a sellar el ataúd. En medio de los cantos se volvió a abrir la puerta de la Iglesia, esta vez para sacar sus restos y subirlo al auto que la llevaría al Monasterio de Tuscania.

La Hna. Corpus Domini había llegado a su amado Monasterio de Pontinia dos meses antes y se dispuso a vivir cada día como un don que Dios le hacía para prepararse al encuentro definitivo con Él. ¡Cuántas veces habrá meditado y hecho suyas las palabras del Salmo 84: “Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor. Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre”. Ese era su deseo, morir en su celda contemplativa, rodeada de su comunidad, morir en la Casa del Señor.

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TUSCANIA – Monasterio “San Pablo”

SSVM-CORPUS-DOMINI-FUNERALES-TuscaniaPocas horas después llegaron sus restos mortales a Tuscania. Un arco de flores y un camino de velas encendidas decoraban el ingreso de la Iglesia del Monasterio “San Pablo”. Todo estaba adornado con flores blancas, para recibir el cuerpo de la esposa de Cristo.  Los cantos de la comunidad monástica y de las hermanas del Estudiantado Internacional acompañaron el ingreso de los restos de María del Corpus Domini a la Iglesia. Ante imágenes tan sugestivas vienen a nuestras mentes las palabras del Salmo 44: “Ya entra la princesa, bellísima, vestida de perlas y brocado; la llevan ante el rey con séquito de vírgenes, la siguen sus compañeras, entre alegría y algazara van entrando en el palacio real”. Este texto se aplica hermosamente a la Santísima Virgen, pero también se suele usar como canto en la liturgia de toma de hábito o profesión religiosa (Audi Filia), precisamente porque describe a quien olvida su pueblo y la casa paterna para seguir al Rey Divino.

Así, todo estaba dispuesto armoniosamente, con sencillez y solemnidad: El gran crucifijo sobre la pared, debajo el coro monástico y las rejas, el tabernáculo, el altar y adelante, el ataúd cerrado con el cuerpo de nuestra querida hermana, y sobre él una cruz de Matará, su foto y la corona de flores naturales.

Veintitrés años atrás, la Hna. María del Corpus Domini se postraba en una alfombra ante el altar de la Iglesia de San Pedro (Sezze), como signo de su entrega perpetua a Dios, dando testimonio que ella amaba a Jesucristo como su único Esposo. En Tuscania, el ataúd con sus restos fue apoyado directamente en la alfombra, como si fuese una segunda postración, esta vez para decirnos con un silencio elocuente (parafraseando a Santa Teresita), que no se arrepentía de haberse entregado al Amor, Jesucucristo, y que ahora ya nada podía separarlos.

En esta Iglesia ambas comunidades, contemplativas y estudiantes, pasaron la noche acompañando sus restos, entre cantos y oraciones.

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A las 11 hs del 24 de marzo tuvo lugar el funeral. La Santa Misa fue presidida por el R. P. Diego Pombo, padre espiritual de las Servidoras. Estuvieron presentes 17 sacerdotes y cuatro diáconos. Además de las Servidoras estaban presentes los seminaristas del IVE, del Seminario “San Vitaliano”, de Montefiascone y numerosos laicos, amigos y familiares.

La Santa Misa fue cantada por la comunidad contemplativa, siguiendo el libro de exequias preparado por la Hna. Corpus Domini.

Todo era solemne en la liturgia y hacía pensar en la grandeza de la liturgia celestial de la cual gozaba ella.

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En el sermón el R.P. Arturo Ruiz Freites habló del alma, de la inmortalidad, de la eternidad. Se refirió a la extraordinaria entrega de nuestra hermana, la primera que atravesó el océano para vivir la pobreza, habló de su amor a nuestra Congregación, su oración fervorosa por la unidad de los miembros, su especial oración por los sacerdotes.

Después de la última oración, mientras se cantaba el Iesu corona virginum se bendijo el ataúd. Entonando el canto Salve de los cielos, los seminaristas cargaron el ataúd sobre sus hombros y comenzó la procesión en dirección al cementerio: cruz procesional, el incienso, los sacerdotess, sus familiares, las SSVM… todos avanzaban paso a paso, mientras se cantaban los salmos que la misma Corpus Domini había elegido. Había un sol espléndido y el azul del Cielo hacía pensar en su destino eterno. Las campanas tocaban a fiesta…

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Casi llegando al cementerio su cuerpo pasó a los hombros de las hermanas…

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Llegados al mausoleo de las Clarisas, donde se enterraría su cuerpo, se hicieron las últimas oraciones del rito: “Al paraíso te lleven los ángeles, a tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén.  El coro de los ángeles te reciba, y junto con Lázaro, pobre en esta vida, tengas descanso eterno”. Siguieron los cantos a la Santísima Virgen, polifónicos y populares, mientras con cuerdas fueron bajando el ataúd. Entre contemplativas quedó sepultada la que quiso vivir y morir como tal.

De regreso al monasterio con el alma llena de agradecimiento al Señor por los momentos de Cielo que nos permitió vivir, se compartió un pequeño ágape. Nuestra Familia Religiosa se preparaba para celebrar las primeras vísperas de la Solemnidad del Verbo Encarnado y los 33 años de fundación del IVE. María del Corpus Domini que por 25 años había celebrado esta Fiesta en la tierra, contemplaba ahora este misterio cara a cara, en medio de la solemne liturgia celestial, unida en Dios, a los hermanos y hermanas de su amada Congregación, que Él le había dado en esta tierra.

Dijo que había entendido por fin lo que Dios quería de ella. Que ya no era que se ocupara de las cosas de esta tierra, sino de ser intercesora. “Aun cuando esté en el Cielo – me dijo- pídanme muchas cosas” (Testimonio de la Madre M Siempre Virgen).

 

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 A.M.D.G

Escrito póstumo de la hermana Maria del Corpus Domini: “Historia de un Cirineo. Reflexiones sobre la enfermedad y la perseverancia”.

“Cuando salían, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón,
y le obligaron a llevar su cruz ” (Mt 27,32)

Quisiera iniciar estas reflexiones a partir de la figura de Simón el Cirineo, porque cuando empezó la enfermedad de la leucemia en el mes de mayo del 2015, fue todo tan de improviso e inesperado que me sentí de golpe con una cruz en la espalda, la cual no había buscado…exactamente como el Cirineo!…

Me pidieron que escriba algo sobre la segunda parte de mi vocación ya que sobre cómo la descubrí y el ingreso al convento y a la vida contemplativa ya había escrito en otro momento. La segunda parte serían mis 25 años desde la primera profesión de votos, que se cumplen el próximo 21 de marzo. Sin embargo, quisiera referirme a mis dos últimos años marcados por una grave enfermedad, un tumor a la sangre llamado leucemia linfoblastica aguda.

Ha sido un camino casi como aquel a Santiago de Compostela…lleno de etapas, de sacrificios, de dolores, pero también de momentos de reposo y de consuelo hasta llegar al gozo de la aceptación…de la enfermedad, pero más aún de la Adorable Voluntad de Dios, aunque misteriosa; considerando realmente la enfermedad como un don, un don sublime del Esposo enamorado que quiere embellecer y preparar a la Esposa para las bodas, enriqueciendo de este modo a quien la vive y a quienes están alrededor, empezando por los familiares.

También la Beata María Gabriela de la Unidad experimentó algo semejante cuando escribía en una carta a su mamá el 06 de julio del año 1938: “…El Señor, como usted sabe, me ha siempre favorecido con gracias especiales, pero ahora con esta enfermedad me ha dado una más grande todavía. Me he abandonado totalmente en las manos del Señor y he ganado muchísimo…no hay felicidad más grande de aquella de poder sufrir algo por amor de Jesús y por la salvación de las almas. Esté feliz también usted, madre mía, y agradezca al Señor esta gracia grande que nos ha hecho a usted y a mí “.

Después de la aceptación, vino la confianza, el trabajo en la fe, en creer y en esforzarme por
creer en cada momento de estar en las Mejores Manos, aún sin comprender el designio del Señor: efectivamente, según los médicos he estado al final de la vida al menos dos veces. Después del inicio de la enfermedad, apenas había hecho las primeras sesiones de quimioterapia, decían los médicos que respondía bien y que todo iría bien…Sin embargo, después de exactamente un año de tratamiento intensivo (motivo por el cual me acogieron las Madres de la Procura y he vivido fuera del Monasterio) la enfermedad volvió agresivamente y en adelante no retrocedió ante ningún tratamiento, esto en junio del 2016, precisamente en los días de inicio de los Capítulos Generales de nuestros Institutos comprendí que el Señor pedía el sacrificio por los frutos de los mismos. Me dijeron que mi situación había decaído aceleradamente y que mi situación era grave…Cuantas veces me han
dicho que estaba grave…Cuantas veces he recibido la Unción de los Enfermos…cuanto tiempo me ha donado el Señor para prepararme al encuentro con El…todo Misericordia!!! El gran privilegio de ser llamada, de ser modelada según la imagen de Jesús Crucificado, esto es la enfermedad grave…poder decir con San Pablo: “
He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí” (Gal 2,20). Aunque si confunde nuestra inteligencia, porque no entendemos que cosa quiere el Señor, porque no podemos programar nada…cuando no se sabe si se vive todavía por un mes o no…realmente todo cambia.

Sí, realmente cambia todo delante de la posibilidad de la muerte, cambia completamente nuestro modo de pensar, nuestras preocupaciones, nuestro amor hacia los demás, la misericordia toma la prioridad ante todo…se entiende que cosa vale la pena y que no…Me vienen a propósito dos textos de libro del Eclesiástico: “como una gota del mar y como un grano de arena, son sus pocos años frente a la eternidad” (Eclo. 18, 10) y “en todas tus acciones, acuérdate de tu fin y no pecarás jamás” (Eclo. 7,36).

Ahora querría agregar una reflexión sobre la perseverancia, justamente porque más de una vez he pensado en lo maravilloso de poder morir habiendo perseverado por la gracia de Dios en la vocación que Él me había dado y en la Congregación donde Él me ha llamado y a la cual he amado tanto. Es una gracia inmensa que deseo para todos los miembros de nuestros Institutos, una intención por la cual he pedido, pido y pediré desde el Cielo…Me decía a mí misma cómo debe estar en el lecho de muerte el alma que ha sido infiel y ha abandonado el primer amor…Quien sabe cuántos remordimientos, aunque ciertamente la Misericordia de Dios no la abandonará.

Entonces me decía también cómo durante toda la vida debemos defender y luchar por conservar nuestra vocación, como decía San Pedro: “Por eso, hermanos, procuren consolidar cada vez más el llamado y la elección de que han sido objeto: si obran así, no caerán jamás y se les abrirán ampliamente las puertas del Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pe 1,10-11).

Esto no significa que durante nuestra vida no tengamos tentaciones, oscuridad, arideces, pruebas de todo tipo, en el fondo todos sabemos aquella cita del Eclesiástico “Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba” (Eclo. 2,1-2), pero cuando nos toca a nosotros, nos olvidamos…Así me permito de contar algo personal, muchas veces fui tentada de dejar la vocación pero el celoso Esposo de nuestras almas no permitió que cayese… Él siempre intervino con las mociones del Buen Espíritu, el pedir ayuda a mi director espiritual y a los superiores y más aún, y aquí cuento un pequeño secreto…la oración incesante pidiendo la gracia de la perseverancia en la vocación que he elevado al Señor desde los días de mi noviciado (1991) hasta hoy en cada Santa Misa, como me fue aconsejado en el mismo noviciado y no lo he olvidado ni un solo día. Es además de mucho fruto leer el artículo del Padre Buela sobre el tema de la perseverancia publicado en el libro Servidoras I, aconsejo vivamente leerlo o releerlo, a mí me ha hecho mucho bien.

San Pablo habla también de la batalla y lo podemos aplicar perfectamente a nuestra vocación y a la lucha para poder perseverar: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes” (Ef 6,12-13), y también a Timoteo: “Pelea el buen combate de la fe, conquista la Vida eterna, a la que has sido llamado y en vista de la cual hiciste una magnífica profesión de fe, en presencia de numerosos testigos” (1 Tim 6,12).

También podemos aplicar al tema de la perseverancia la exhortación de San Pablo a Timoteo: “Palabra fiel es esta: Si somos muertos con él, también viviremos con él; Si sufrimos, también reinaremos con él; Si le negáremos, él también nos negará. Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,11-13).

Pensaba, que maravilloso es acercarse a la muerte con los mismos sentimientos de San Pablo, que yo aplico a la gracia de la perseverancia en la vocación religiosa, escribía el Santo: “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim 4, 6-8).

Todos estos pensamientos vienen a la mente cuando se está cercano a la muerte, por eso es tan sabio lo que dice San Ignacio de Loyola en los ejercicios espirituales: antes de tomar decisiones nos hace pensar: en el momento de la muerte que cosa hubiésemos querido elegir, y es verdad, porque delante de la eternidad cada cosa adquiere un peso distinto.

En todo el tiempo de la enfermedad muchas superioras me han pedido rezar por las vocaciones y por la perseverancia y la unión de los miembros y la fidelidad a nuestro carisma, cosa que siempre he hecho, estoy haciendo y continuaré a hacer en el Cielo si el Señor me llama, creo que no habrá muerte más dulce (aún en medio de dolores físicos) de una Esposa de Cristo (esto es un religiosa y nada más) que caer finalmente entre los brazos del Esposo amado y buscado en la fe y en la esperanza durante la vida terrena.

Que el Señor me conceda la gracia sublime de encontrarme preparada cuando vendrá a llevarme, ya que desde el día de mi nacimiento en una familia cristiana y durante toda la vida (25 años de profesión religiosa) he sido objeto de predilección de la Infinita Misericordia de Dios…que Él lleve a término la obra que ha iniciado en mí, para que pueda cantar eternamente su Misericordia!

suor Maria del Corpus Domini SSVM
26 febbraio 2017

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