“No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien” (Rom 21, 21)

Parecía una misión ad gentes, quizás en alguna ciudad lejana de Asia. Pero no… fue en el mismo Buenos Aires, en Villa Ballester, en el gran Buenos Aires.

Hicimos en diciembre, previo a la Navidad, una misión popular de 12 días. La zona, bastante tranquila, pero sembrada de miedo por la inseguridad reinante en toda la ciudad. Casas chicas donde se aprovechaba mucho el espacio. Dos o más familias viviendo en una misma casa: una arriba, otra abajo, una atrás, otra adelante. La situación económica de los habitantes no es tan mala pero no tampoco muy buena.

Lo más delicado de todo era el descuido y desorden moral de muchos de quienes se hallaban en el radio de la parroquia (droga, sexualidad vivida con mucho desorden, etc.). Y lo que más aún nos sorprendió fue la ignorancia y enorme indiferencia de muchos. Nada los motivaba. Tanta gente viviendo sin ideales, sin metas que despierten entusiasmo. Lo único que cuenta parece ser el poder sobrevivir a la inseguridad, a la mala economía y hacer todo lo posible para pasarla algo bien… y nada más. Y cuando se les hablaba de Dios, de la gracia, de los novísimos, muchos nos miraban como diciendo: “¿y a mí qué?”.

Pero gracias a Dios, se pudo hacer mucho bien, muchísimo bien, porque un granito de bien y de gracia vale más que todo el pecado del mundo, que todos los pecados de la historia del mundo. ¡Y cuánta gracia vimos esparcirse en esos días!

Hubo confesiones de muchos años y algunos sacramentos. Se renovó el fervor a la gente buena de la parroquia (que no son pocos) y se le comunicó la esperanza y alegría, propias del Evangelio.

Al principio la gente no entendía qué hacíamos, incluso no faltó quien dijera—esto es algo nuevo, ¿no?…, y además, mirá cómo estás vestido—, indicando la sotana.  Creo que la misión no es algo nuevo… como que tiene casi dos mil años, pero para aquel lugar sí lo era. La última había sido hace 30 años, por los padres redentoristas, alguna que otra viejita se acordaba… pero el resto nada de nada.

Los misioneros fueron dos sacerdotes: el p. Daniel Cima y el p. Jorge Montagna, varios seminaristas y hermanas y varios jóvenes que nos dieron una importante ayuda. En total el grupo fue de unos 30 evangelizadores.

La parroquia se llama María Madre de la Iglesia y el párroco era Mons. Antonio Baseotto, obispo emérito castrense, ayudado por un sacerdote vicario (Padre Campos) quien a pesar de sus años sobrellevó con gran paciencia los trabajos y líos propios de toda misión.

Los fieles de la parroquia fueron muy buenos con nosotros. Había mucha gente mayor, en los grupos parroquiales no hay casi jóvenes, y muchos menos niños. Se destacó por su trabajo y abnegación a lo largo de toda la misión una chica llamada Marcela Abidin, alma mater de la misión (fue ella quien propuso al párroco que pida la misión y quien la preparó con todo detalle). Ella puso su casa a disposición de las hermanas misioneras, nos cocinaba, participaba de las diversas actividades, etc. Siempre estuvo atenta a todo lo que necesitábamos.

Se visitaron las familias y se bendijeron las casas, cosa que dio mucho fruto. Al principio la gente estaba muy reacia a abrir las puertas a los misioneros, pensaban que éramos ladrones o asaltantes y, lamentablemente, no sin fundamento (pues hay muchos robos en el barrio); pero luego nos empezaron a abrir las puertas y mucha gente se fue acercando a la parroquia, pidiendo que los misioneros le bendijesen las casas.

También se hizo un buen trabajo con los niños. Todos los días nos juntábamos en la plaza cercana a la parroquia, para jugar con ellos. Gracias a Dios hubo muchos niños, que no faltaban ningún día. Primero jugábamos en la plaza y después los llevábamos a la parroquia para la procesión; en ésta nos ubicaban unos metros más adelante para que recemos y para hacer el tradicional santo lío. Lo más lindo era que muchos padres comenzaron a venir a las actividades de la misión sólo por sus hijos, quienes tanto insistían en ir a la parroquia. Y los padres, en su mayoría, al no quererlos dejar solos, los acompañaban. Así fue, entre otros, el caso de un hombre que la mujer lo había dejado recientemente. Sus tres chiquitos comenzaron a venir con nosotros a los juegos de la plaza y luego a la parroquia, y así fue que el papá los iba a buscar, y comenzó a sumarse a las actividades de la parroquia. Al final los tres chiquitos se bautizaron y él se confesó!

Lo impresionante era ver cómo muchas familias estaban formadas, o mejor dicho, como estaban deformadas… Les preguntábamos a los niños cuántos hermanos tenían y comenzaban a nombrar hermanastros, hermanastras, etc. Muy pocos vivían con el papá y con la mamá, se turnaban. Recuerdo dos chiquitas hablando con la mayor naturalidad de las novias de sus papás, de sus nuevos hermanastros, etc. Y en estos momentos uno se pregunta ¿cómo podrán salir adelante estos chicos? ¿Cómo podrán tener una vida sana, con buena formación?, ¿Cómo podrán llevar adelante una vida cristiana seria y perseverar en la gracia? ¿Cómo no van a tener luego problemas afectivos y psicológicos?

Hemos visto una generación de gente que, por varias situaciones tristes y dolorosas, se va desintegrando; estamos viendo a la misma familia destruida,  al orden natural tergiversado y contestado… ¿Cómo hablar entonces de orden sobrenatural? El panorama con el que nos hallamos es frecuentemente muy caótico y desesperante, más cuando uno lo vive tan de cerca en estas circunstancias, que nos enseñan lo de San Pablo: “Con los débiles me hice débil, para ganar a los débiles; con todos me he hecho todo, para que por todos los medios salve a algunos” (1 Cor 9, 22). Intentamos de mil modos y parece que la victoria fuera un sueño irrealizable, que las almas se pierden, que el mal es enorme y el bien ínfimo que propusimos no prendió… Uno se cuestiona si no habría que implementar nuevas tácticas, nuevos métodos, para buscar de salvar a muchos más…

Y ante este mal tan difundido y que nos pareciera que nos aplasta, San Pablo nos insta: “No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien” (Rom 21, 21). Es el bien el que es, el mal no es. Esto es lo que vivimos en estos días de misión y de lo que hemos sido testigos (en la fe): ¡Que el mal sólo se vence a fuerza de bien, ya que el mal no es! Sólo el bien es y aplasta todo mal.

Damos gracias infinitas a Dios por el bien que nos permitió hacer, por habernos hecho testigos de su amor infinito para con los hombres, por mostrarnos la grandeza del bien divino y lo efímero del mal. Creo que es la misma gratitud que brota del corazón del resto de quienes en este último periodo hemos tenido el privilegio de misionar en diversas regiones: en San Maximiliano Kolbe -San Rafael-; en Trelew -Chubut-; en Los Juríes -Santiago del Estero-; en Camaná -Perú-, en Calama -norte de Chile-; en Angol -sur de Chile; con los niños y jóvenes en los campamentos en el Nihuil -San Rafael- y en San Martín de los Andes -Neuquén-, etc.

Agradecemos a Dios por habernos dado la fortaleza de no dejarnos abatir por el mal sino, más bien, de ir poco a poco disipando las tinieblas del mal a fuerza de bien.

Sem. Bernardo Ibarra

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