La historia es muy simpática…  es muy profunda.

Los espectadores lo tenían en menos. Sus competidores también. ¿Qué podía hacer aquél  delicado jovencito siendo tan delgado, de tan débil complexión? ¿A quién ganaría? Moriría en la carrera u obtendría el último lugar.

Y sonó el disparo. Como potros liberados del corral hacia los pastizales, salieron los esquiadores. ¡Qué majestuoso espectáculo! ¡Qué belleza de movimientos! A gran velocidad descendían la pendiente serpenteando los obstáculos. La carrera se les imponía y la sorpresa los asaltaba. ¡Qué fuerza de piernas! ¡Qué inmediatez de reflejos! Así era la carrera: ignorada por los competidores. Trampas y tramoyas se escondían bajo sus pies; el ganador todas debía sortearlas. ¿Sería ese débil jovencito?

El helicóptero que sobre los esbeltos esquiadores planeaba divisó una gran calamidad. La pista pronunciaba una curva dejando a su izquierda un imponente precipicio. Solo un pequeño banderín lo indicaba; pero… ¿quién sería capaz de divisarlo?

Y sin más dejar pasar unos segundos, el primero, el segundo y el tercero no supieron frenar y cayeron por el precipicio. Los que venían detrás tampoco pudieron: la velocidad era mucha, el espacio muy corto. Y de entre aquella catástrofe de muerte solo aquél jovencito pudo frenar. Doblando a su derecha la cintura y poniendo perpendicular los esquíes a su cuerpo, lo logró. Por un segundo la respiración de todos se paró. Y fue en el segundo siguiente cuando comenzaron a decirse: − ¿Cómo pudo?, ¿Quién lo iba a decir? ¡Qué magnífica destreza!

Diarios, revistas, programas de televisión y canales de radio alabaron al jovencito. Ente las innúmeras preguntas y entrevistas sobresalía ésta: − ¿Cómo lo lograste?, ¿Qué técnica usaste?− Y siempre su respuesta era –la práctica, la constancia− Y agregaba –desde muy pequeño me entrené, y conocía lo peligroso de estos precipicios. Primero en lugares llanos con nieve muy blanda practicaba y practicaba. Luego en pendientes algo pronunciadas; luego en las más verticales. Lo que me hizo frenar fue la práctica, fue el haber probado una y otra vez mi fuerza, mi capacidad, mi voluntad.

Esta historia nos la contó en un sermón el p. Jean Casamayor durante el campamento de jóvenes, mientras el sol se escondía en el montañoso horizonte. Y exhortaba a los jóvenes a que así debían hacer con sus vidas: vivir forjando la voluntad, vivir practicando en las pequeñas cosas, con ahínco y perseverancia; para que cuando llegue el momento de la verdadera prueba ya sean señores de sí mismos capaces de decir no al mundo, al demonio, a la carne; y a Dios, a su santa Voluntad.

Y quizás sin darse cuenta dio en la tecla con el verdadero fin de nuestro campamento: ser escuela de vida, de virtudes, que sea una práctica, que sea una herrería donde se forje y fragüe la voluntad para transformarse en grandes santos y héroes.

Y gracias a Dios así fue. Eran 65 jóvenes y casi diez religiosos. Fueron los padres José Vicchi, Germán García y Jean Casamayor, que, como siempre, nos consigue el lugar en San Martín de los Andes, en la estancia de José María Steverling y asiste espiritualmente a los jóvenes. Ciertamente el lugar era espectacular. Un río atravesaba el predio con su andar ondulado, y un puente, que se convertían en trampolín, unía sus dos orillas. Y en una de sus riveras: el campamento. La capilla, el altar, la sede, la cruz y el ambón en la arena del río. Y un poco más internado en el bosque, el Santísimo en una pequeña carpa; literalmente, puso su carpa entre las nuestras.

Sonó el silbato y a formarse. Son las 7:30 de la mañana. El sol ya se asoma de entre las laderas del valle… ¡qué frío hace! Y dentro de los corazones se siente el golpear del martillo que forja la voluntad… es sólo una pequeña práctica.

Se iza la bandera, se canta el Aurora. Y luego, la Misa… lo más importante debe ser lo primero. Con la mente despejada y el corazón atento.  Es en ella donde se engendran los grandes santos. ¡Y cuánta necesidad de ella tienen los jóvenes! Porque es el baluarte contras sus tentaciones y es el ámbito donde Dios les comunica el plan que para ellos tiene. Y después, a desayunar. Luego un tiempo para ordenar las cosas, un rato de trabajo y los juegos.

Eran tres equipos, tres patrullas. Con tres reyes santos como patronos: San Luis, San Fernando, San Esteban; identificados con tres colores. Reinó así un sano espíritu de competencia. Involucrados con el equipo, todo era motivo para ganar puntos… o restar. Y así forjaban su voluntad. Una y otra vez luchando por ganar los juegos, por levantarse rápido y llegar a la formación, por vencer las dificultades típicas de todo campamento, por vencer las comodidades, el sueño, el desgano, la pereza, la ociosidad, etc.

En la siesta, luego del distendido almuerzo, un tiempo para hacer el estandarte, escribir el himno y ponerle melodía, preparar la representación de una parábola, estudiar el catecismo, pensar un lema para el equipo y memorizar la vida del patrono… así siempre estaban ocupados… practicando vencerse a sí mismos, forjando sus voluntades… y lo más grandioso: que no se daban cuenta porque lo hacían disfrutando, en alegría, con generosidad.

Y más a la tarde, los juego más importantes: la guerra de banderas, que bien la podríamos llamar homérica o ciclópea. Duró unas 3 horas y media, y con el río como principal escenario… todo un espectáculo digno de ser narrado; la carrera con obstáculos, la carrera de balsas, las olimpíadas, y el imperdible fulbacho. Y a la noche los juegos nocturnos, con la famosa cacería del ciervo.

Un día subimos a la montaña. Ascendimos al cerro Falkner. Es uno de los cerros más altos de San Martín. Salimos temprano y llegamos alrededor del mediodía a la cima. Tuvimos la Misa y luego el almuerzo a base del Pate de Foie… una exquisitez. Durante toda la subida uno iba viendo el forjar de la voluntad… cada paso que hacían parecía despedir las chispas del hierro al rojo vivo. Era un volver constante a decir: sí, vamos para delante.

Así transcurrieron los diez días. Con vencimientos, pero con enormes satisfacciones y alegrías. Con mucha recreación y juegos. Y por sobre todas las cosas, con mucho contacto con Dios a través de los sacramentos de la Eucaristía y de la Confesión, a través de las visitas al Santísimo, de las prédicas, de las buenas noches, de los consejos,  de la vida de oración.

Y paso a paso fueron practicando vencerse a sí mismo, mientras forjaban su voluntad para poder decir siempre a Dios y no al demonio, al mundo y a la carne.

Sem. Bernardo Ibarra

26/01/2014

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