Por: P. Diego Cano, IVE

 

Ushetu, Tanzania, 4 de abril de 2020

Espero que se encuentren todos muy bien, y rezamos por eso. Estas pocas líneas son para contarles un poco sobre la fiesta del Verbo Encarnado en Tanzania. Ése día estuvo marcado por la alegría de poder utilizar la nueva iglesia del noviciado para celebrar junto con toda la familia religiosa en estas tierras. Era la primera vez que podíamos hacer todo en nuestra querida «Finca» de África. Todos nuestros laicos estaban felices y nos felicitaban por el trabajo. Pudimos entrar todos muy bien en el templo, salvo un grupo de niños que participó desde uno de los costados de la iglesia. Los novicios y seminaristas se habían esforzado mucho en dejar todo el parque muy prolijo, y la iglesia realmente estaba radiante.

Un grupo de laicos, niños, jóvenes y adultos, se había preparado para ingresar oficialmente en la Tercera Orden del Instituto. Recibimos en nuestra familia religiosa a diecinueve nuevos miembros laicos. Durante la misa leyeron la fórmula de ingreso y luego la firmaron sobre el altar. Al terminar la misa realizaron su consagración a María con la oración de San
Juan Pablo II. Les entregamos un devocionario con las oraciones propias de nuestra Familia del Verbo Encarnado y la medalla con el escudo del IVE y la cruz de Matará.

Es verdad que esos días estaban marcados por el inicio de las recomendaciones del gobierno acerca de la pandemia. La gente estaba un poco preocupada, sobre todo porque comenzaban a ver que es un problema que puede tocarnos de cerca, aunque sabemos que hay muy pocos casos actualmente en nuestro país. Como les comentaba en la crónica anterior, en esos días se cerraron todas las escuelas en todos los niveles. Y llegaron muchas órdenes a todos lados sobre el cuidado de la higiene. También fueron escuchadas las palabras del presidente, y de los ministros de salud. Por esa razón, nos pareció conveniente, además de la oración por los enfermos que rezamos todos los días, difundir la devoción del «¡Detente!». Les contamos brevemente sobre la historia del mismo, y cómo había detenido una peste en España. También les recordé la historia de San Juan Bosco y la peste en Turín, cómo la Virgen protegió a todos sus jóvenes, a pesar de estar ellos atendiendo a los enfermos. Para todos la recomendación era que vivieran en gracia de Dios, que usen la medalla, y que recen todos los días, encomendándose a Nuestra Madre. Es el modo de ponerse bajo la protección divina. Luego distribuimos medallas con la imagen de la Virgen y de los Sagrados Corazones, enseñándoles la jaculatoria en swahili: «¡Detente! El sagrado Corazón de Jesús está conmigo».

Luego de la misa, pasamos a la fiesta, allí mismo, en el noviciado. Otra cosa muy buena, porque en las anteriores fiestas había que trasladarse a pie desde la parroquia hasta «la Finca», que queda a casi dos kilómetros de distancia. Allí ahorramos tiempo, y en preparación del almuerzo vimos dos vídeos elaborados por el P. Jaime Martínez y los seminaristas. Uno sobre la Tercera Orden, y otro sobre el proyecto «Rege, oh María!», que al estar explicados en swahili, captaron toda la atención de nuestros terciaros. Felices de aprender más sobre su espiritualidad, y la devoción a la Virgen en nuestra familia religiosa. Luego del almuerzo, como siempre, tuvieron lugar los cantos de diversos grupos: niños, jóvenes, laicos de alguna aldea en particular, las hermanas, los novicios.

Un gran día de alegría, que en medio de la preocupación que comenzaba a desplegarse, sirvió para distenderse y alegrarse como es debido. Un gran regalo de Dios, que nos da estos consuelos. ¡Es tan necesaria la fiesta para nuestro espíritu! Nos alegramos mucho de poder festejar y encontrarnos. También nos acordábamos de todos los miembros de nuestra Familia Religiosa que en ése día debían celebrar la misa sin fieles, o sin festejos con toda la gente… y rezamos por ellos. Damos gracias a Dios que en estas tierras las iglesias siguen abiertas, y las celebraciones se siguen haciendo, con todas las precauciones necesarias. Pero encontrarse, rezar, y recibir la Eucaristía sobre todo, es el mayor regalo, que muchos en estos días no pueden gozar. Damos gracias a Dios por esta riqueza… incomparable. Más valiosa que todos los bienes de esta tierra.

¡Viva el Verbo Encarnado!

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE