Queridos todos, unas breves líneas para hacerles llegar alguna noticia de la fiesta de Santa Rita de Cascia, junto al Monasterio del Verbo Encarnado, en San Rafael, y agradecerles su colaboración y oraciones por los frutos de la misma.

Hemos celebrado a la santa de las rosas. ¡Sí! ¡La Santa de las rosas! Nombre que recibe por el episodio milagroso de las rosas –conocido por todos sus devotos- recogidas en pleno invierno en el jardín de su pueblo natal, Roccaporena, ante el pedido de la santa a su pariente, quien la visitaba en el Monasterio agustiniano de Santa María Magdalena en Cascia. Al mismo tiempo santa Rita nos es conocida por aquella espina que se desprendió de la corona de espina de la imagen de Cristo ante la cual Santa Rita rezaba en una celda de aquel Monasterio, y que dolorosamente llevó en su frente hasta la muerte.

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Acerca de la fiesta, les cuento que los festejos y las actividades se repitieron al igual que todos los años con una numerosa participación de fieles devotos, gauchos de a caballo, religiosos y religiosas de nuestra Familia Religiosa del Verbo Encarnado, niños, niñas, abuelos, abuelas, jóvenes de nuestras obras de caridad en San Rafael.

Un año más, la Santa de los imposibles nos regaló un espléndido día de sol, a pesar que durante varios días previos a su fiesta había llovido como nunca habíamos visto, según el testimonio de muchas personas de la zona.

El sol brillaba y sus rayos hacían sentir su cálida presencia. Las montañas de fondo, nevadas desde los pies a las cumbres, la calle embarrada conservaba algunos charcos de agua, que se nos presentaban como obstáculos a sortear para llegar al fin de la procesión, donde los peregrinos muy recogidos y emocionados ante los repiques de campanas, quienes se callaron para dar lugar a la actuación de la banda de música de la Policía de la Provincia de Mendoza. De ese modo recibíamos en su en su casa a la Santa de las rosas y de las espinas…entre oraciones, vivas, pañuelos al aire, lágrimas en los ojos, y mucha gratitud en el corazón de todos.

En esta crónica, quiero recordar las palabras que  en el  año 1982, San Juan Pablo II dirigió en una carta al entonces Arzobispo de Spoleto y obispo de Norcia, Mons. Ottorino Pietro Alberti  con motivo del sexto centenario del nacimiento de Santa Rita. En la misma el Santo Padre, se preguntaba “¿Por qué Rita es santa?” -Y respondía- “No tanto por la fama de los prodigios que la devoción popular atribuye a la eficacia de su intercesión cerca de Dios omnipotente, como por la estupefacta “normalidad” de la existencia diaria, que ella vivió primero como esposa y madre, luego como viuda y finalmente como monja agustiniana”

Pero no es la normalidad de una vida el motivo de la santidad, sino la normalidad vivida con amor a la voluntad de Dios.

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Santa Rita, nos enseña, que la santidad podemos encontrarla en la estupefacta “normalidad” de nuestra existencia y que alcanza la cima de la perfección en nuestra asociación serena con la pasión de Cristo, es decir, aceptando con alegría los sufrimientos y cruces que el buen Dios nos envía. Nuestras rosas y espinas, las que todos debemos llevar. Conocido nos es por todos la experiencia mística de aquella espina de la corona de espinas de Jesucristo que ella llevó en su frente, como un signo de su íntima unión con la Pasión del Señor. Afirmaba en la misma oportunidad San Juan Pablo II: “precisamente por aquella espina dolorosa la Santa de las rosas se hizo símbolo viviente de amorosa coparticipación a los sufrimientos del Salvador. ¡La rosa del amor está fresca y fragante, cuando es asociada con la espina del dolor![1] Y continuaba el Papa Magno: “En verdad, también ella ha sufrido y amado. Ha amado a Dios y ha amado a los hombres, ha sufrido por amor a Dios y ha sufrido a causa de los hombres”[2]

Este es el secreto de su fecunda y poderosa intercesión por nuestras necesidades ante el trono de Dios: su amorosa unión con la Pasión de Cristo y no puede ser distinto el motivo de nuestra devoción confiada a la dulce imagen de la mujer que sabe de sufrimientos y de amores en los distintos estados de su vida. Esto mismo es lo que atrae la mirada de Dios sobre santa Rita y le concede las gracias, por imposibles que nos parezcan, para derramarlas sobre cada uno de nosotros.

Queridos todos, quisiera terminar esta crónica con las mismas palabras con las cuales terminaba San Juan Pablo II la carta mencionada, “Por esto, a todos sus devotos, esparcidos por todas partes del mundo, he deseado proponer de nuevo la dulce y doliente figura con el deseo de que, inspirándose en ella, quieran corresponder – cada uno en el estado de vida que le es propio- a la vocación cristiana en sus exigencias de caridad, testimonio y coraje: sic luceat lux vostra coram hominibus… – Así debe brillar vuestra luz ante los hombres… – (Mt 5, 16)”[3]

Que todos nosotros sepamos conservar la frescura de nuestro amor a Dios y a los hombres, protegiéndolo con el cerco de las espinas del sufrimiento con los cuales Dios nos bendice.

[1] Ídem
[2] Ídem.
[3] Ídem.

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