Patrono de los estudiantes católicos
Patrono de los estudiantes católicos

Hay cosas que no se venden por la falta de demanda, es decir, porque no hay gente interesada en el producto. Esta es la suerte de la vida de un estudiante en Roma.

Por eso, las noticias y las crónicas que enviamos son generalmente acerca de peregrinaciones, paseos y otras cosas más o menos relevantes (festejos, celebraciones con el Papa y hasta campeonatos de fútbol) pero nunca sobre la vida propiamente estudiantil.

Pero yo creo que sí hay un público interesado en estas cosas.

1º: Los Obispos y Superiores que envían sus sacerdotes o sus religiosos a estudiar. Ellos “pierden” manos para el trabajo. Saben que en realidad es una “inversión”, pero, mientras tanto, no pueden contar con ellos y, más aún, tienen que ver cómo cubrir los gastos que todo esto necesariamente implica. Ellos, por un lado, sufren y, por otro, tienen esperanzas, planes, proyectos. A ellos los consideramos entonces, “público interesado”.

2º: Los sacerdotes, seminaristas y religiosos, en cuya vida es posible el destino de “estudiar en Roma”. Así como uno se interesa por todas las misiones, porque son posibles destinos, así también por este.

3º: Todo cristiano que quiera conocer un poco más el camino de formación de sus pastores. Pocos saben cuántos y cuán largos son los años de formación que están detrás de todo sacerdote. Para ellos también van estas líneas.

Roma

Roma reúne tanta cultura, historia y tradición, que no puede dejar que sus visitantes (y cuánto más sus habitantes) queden imbuidos por su espíritu. Un buen sacerdote me aconsejó que aprenda de Roma la “universalidad de sus aspiraciones” y en verdad que, de esto, no adolece para nada la Ciudad eterna.

Roma es caput mundi, capital del mundo, del mundo imperial primero, y capital del mundo católico, casi ininterrumpidamente, desde Pedro hasta Francisco. Es en ella en donde, “bajo Pedro y con Pedro”, se aglomeran todas las razas, lenguas y culturas, y es en esto donde uno palpa, ve, experimenta, la catolicidad de la Iglesia.

Sobre Roma numquam satis, pero pasemos ya al mundo académico.

Las Universidades Pontificias

Una primer cosa que estamos obligados a presentar son las Universidades pontificias, nacidas todas bajo la tutela de grandes Papas, dirigidas por diversas Órdenes y Congregaciones y marcada cada una por algún cariz especial.

Por nombrar algunas, podemos destacar a la Pontificia Universidad Gregoriana y el Pontificio Instituto Biblicum (ambos a cargo de los Jesuitas), la Universidad Santo Tomás de Aquino (más conocida como el Angelicum, en manos de los Dominicos), el Instituto Patrístico Augustinianum, la Pontifica Universidad Lateranense, la Pontificia Universidad della Santa Croce (Opus Dei), el Pontificio Ateneo Regina Apostolorum (Legionarios de Cristo), etc.

El IVE tiene, en la Diócesis de Viterbo, un incipiente Centro de Altos Estudios (san Bruno) que tiene como fin propio un estudio científico del pensamiento de Santo Tomás de Aquino.

Basten estos ejemplos para mostrar la variedad y la riqueza, aunque, también al interno de cada una de estas universidades, hay que remarcar la variedad de procedencia de los estudiantes. Países distintos, culturas lejanas, congregaciones con sus propias espiritualidades, diócesis de todo el mundo, todos unidos tratando de congeniar entre sí y buscando conocer en profundidad los fundamentos de nuestra santa Fe.

El plan de estudios

                  Para estudiar una Ciencia Eclesiástica (filosofía, teología, biblia, moral, derecho canónico, liturgia, etc.) se puede pasar por estas etapas consecutivas:

                  1º ciclo: el Bachillerato: unos 3 años introductorios a todas las ciencias.

                  2º ciclo: la Licenciatura: de 2 a 4 años de especialización en la “ciencia elegida”.

                  3º ciclo: el Doctorado: un mínimo de 3 años, para una seria profundización sobre un tema específico dentro de su campo.

 En la Licenciatura – a diferencia del Bachillerato- ya no hay “introducciones generales”, sino que, a través de diversos cursos y seminarios se trata con mayor profundidad y detención algunas cuestiones particulares (que obviamente suponen y ponen a prueba los conocimientos generales).

 Todo termina con un examen sobre una lista de temas, la presentación de una Tesina y la defensa de la misma. La Tesina consiste en desarrollar por escrito, con cierta profundidad y orden, un tema a elección del alumno. Debe tener también cierta originalidad, pero debe, sobre todo, demostrar que el alumno es capaz de manejar las herramientas de su ciencia ya sea para investigaciones posteriores, ya sea para la preparación de sus clases.

Luego de todo esto, la Universidad concede la “Licencia para enseñar”.

En el Doctorado, el candidato debe, por un lado, fundar rigurosamente sus afirmaciones y, por otro, tiene que aportar algo “nuevo” al mundo de la ciencia. No puede ser un repetidor ni un simple comentador; para eso tiene que estudiar, leer y pensar mucho. Esta etapa se concluye con la presentación y defensa de la Tesis doctoral.

Ni la Tesina, ni la Tesis son necesariamente el punto final de los estudios. Más aún, ellas son a menudo una simple credencial para presentarse ante “el mundo de la ciencia”. Estas etapas intensivas son como una plataforma desde la cual se programarán los estudios y ministerios posteriores, cada cual según su propia vocación y capacidad.

Quisiera terminar esta atípica crónica con algunos puntos, útiles Dios quiera, para una  “espiritualidad” de un estudiante en Roma (y en todo el mundo).

 La ciencia hincha, la caridad edifica

Decía el Cardenal Roncalli (luego Papa Juan XXIII) a los seminaristas: “Estudien mucho, estudien mucho; pero sobre todo sean buenos”. Si san Pablo nos recordó que la ciencia hincha (Cf. 1Cor 8,1), el estudiante debe prestar mucha atención, porque esta hinchazón ataca al fundamento de la vida espiritual: la humildad. Y dañados los cimientos, la estructura poco puede hacer por más fuerte y alta que sea. Si los estudios deforman la vida de virtud y santidad de los “hombres y mujeres de Dios”, no hay fruto intelectual o apostólico que justifique tal monstruosidad.

La ciencia es un instrumento, no un fin

Cuando medio y fin intercambian sus roles, corren grave riesgo el equilibrio y la constancia de la vida espiritual. Si los estudiantes entendieran que “vale más un mínimo grado de Gracia que toda la ciencia del mundo” (a decir de san Leopoldo Mandic), sopesarían más sus preocupaciones intelectuales. Parece mentira pero pocos son los que hacen el esfuerzo por discernir cuál fuese el grado de ciencia al que Dios los ha llamado. Si uno pierde de vista la razón de instrumento que tiene el saber, terminará aplastado con el peso de sus propios conocimientos. Por eso, si un cristiano (laico, religioso o sacerdote) cree tener “vocación intelectual”, debe incluir armónicamente este perfil dentro de la vocación primera que Dios le ha marcado.

La ciencia es una herramienta para trabajar

El tiempo de estudios en Roma no es tiempo de vacaciones o de turismo religioso, sin que es tiempo de armarse para trabajar en el futuro ministerio. Por eso el empeño del estudiante debe ser constante y magnánimo, incluso si el alumno no encontrara mayores dificultades para superar los diversos cursos y exámenes. Es necesario activar el ingenio para sacar frutos de las más mínimas oportunidades porque, en el futuro, todo será útil.

Piénsese en los que estudian ciencias profanas: ¡cuántos desvelos, cuántos sacrificios, cuántas privaciones pasan para perfeccionarse el máximo posible! Y… nosotros, que estudiamos a Dios y sus cosas, ¿podemos ser menos?

Piénsese en los enemigos de Dios: ¡cómo se encarnizan por buscar el apoyo de todas las ciencias y autoridades posibles en contra de todo lo que tenga que ver con Dios! ¡Cuánto trabajan por difundir sus obras, cuánto persiguen las inteligencias y las voluntades de los hombres!

Y todo lo hacen por fines humanos los primeros, demoníacos los segundos.

¡Nosotros somos “empleados de Dios” y, como tales, nos urge el trabajo!

Es imperioso entonces, poner manos a las obras estudiando con ahínco y perseverancia, no en busca de consuelos intelectuales o por ambiciones de alabanzas y ventajas, sino movidos por el celo de la gloria de Dios y la salvación de las almas.

Los estudios deben ser Cruz

Como consecuencia de lo anterior, queda decir que si no se busca encuadrar la vocación intelectual dentro de aquella más noble de “crucificarse con Cristo”, los frutos serán escasos y mundanos.

Sin Cruz, el hombre es como una mentira, y toda apariencia de verdad sin Cruz, es necedad delante de Dios, es decir, es necedad en serio.

Ciertamente que suelen haber grandes goces, y de los mejores, a lo largo de la carrera. Pero no son ellos los que manifiestan la sustancia y la consistencia de nuestros estudios. Es en las cruces en donde Dios nos purifica y perfecciona como hombres de ciencia, del mismo modo que purifica y perfecciona en otros caminos.

Por eso es necesario sobrellevar con generosidad la aridez de las clases y las largas horas de estudio, las angustias de los exámenes y de las varias obligaciones que impone la carrera. Es preciso por otra parte no caer en la tentación del escepticismo ante la complejidad de algunas cuestiones o debates (en donde ni los grandes eruditos no llegan a un acuerdo). Pero tampoco hay que moverse, en estos debates, por respetos humanos, sin perder obviamente el respeto por los demás, y para todo esto urge saber humillarse y tener un alma desapegada de los juicios propios.

Es verdad que no es fácil todo esto; hacen falta grandes y constantes sacrificios, hace falta abnegación y generosidad; pero estos sacrificios son los que nos unen al Crucificado, y no dudamos que es desde la Cruz que brotan los frutos más auténticos y duraderos.

Que María, Sede de la Sabiduría Eterna, guíe siempre a sus hijos estudiantes.

P. Martín Villagrán, IVE

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